Pamplona/Iruña, Intramuros

01.08.2020 | 00:05

hay territorios en los que el conocimiento previo de su historia, e incluso del paisaje y construcciones que existieron en otros tiempos, configuran para algunas personas un conjunto mucho más rico que su estricta realidad actual. Además, cualquier ciudad antigua –esa que nosotros percibimos como una unidad– es posible que fuera inicialmente, en gran medida, una simple acumulación de actuaciones individuales aisladas.

Aquí, una localidad vascona preexistente, fue transformada en ciudad romana, recibiendo su nuevo nombre del general Pompeyo. Pero, en ciertas épocas, existieron incluso varias poblaciones. Aún se conservan restos de las murallas medievales entre los burgos.

Tras la conquista del reino el año 1512, fue un lugar donde había un gran trasiego de soldados. Una placa en San Agustín nos recuerda que en 1523 armaron allí caballero de Santiago al "insigne poeta Garcilaso de la Vega". Creo que en toda la historia de la ciudad, Felipe II fue el monarca que con mayor intensidad marcó su desarrollo, al ordenar que fuera construido el inmenso cinturón de murallas que, en su mayor parte, aun pervive. Incluso vino a supervisar personalmente las obras. Concretamente la Ciudadela tiene forma de estrella de cinco puntas. Dos de ellas la defienden de la propia ciudad. Estimaban que gran parte de la población era proclive a la dinastía originaria. Como señaló un ingeniero militar italiano al rey, el año 1569, "la obra debe servir para defenderse del peligro extrínseco, pera tambíén intrínseco". Dentro de las murallas quedó un espacio cerrado en el que, a lo largo de muchas generaciones, la población civil fluctuó en torno a las diez mil personas.

Durante más de dos siglos sus autoridades esperaron el ataque francés. Este no llegó hasta 1808, cuando la poderosa ciudadela cayó de forma incruenta, gracias a una hábil estratagema. A partir de esa fecha y hasta hace pocos años, abundaron las violencias políticas de diverso signo, algunas de cuyas cicatrices pueden percibirse, por ejemplo, también en forma de placas.

Aun hoy, Intramuros suscita una doble sensación, de protección por un lado y de ahogo por otro. Las calles están flanqueadas por casa muy altas, ya que la ciudad no podía crecer a los lados. El casco viejo de Pamplona es muy distinto a otros bien conservados, de ciudades como Vitoria/Gasteiz o Soria.

Constituye una experiencia placentera la de recorrer a pie todo el perímetro de las murallas (en la medida en que esto resulta posible). Basta con disponer de hora y media. Mi punto favorito es el baluarte de Redín, sobre el portal de Francia. Creo que es el punto más fuerte. Desde aquí, algunos días pueden divisarse nítidamente unas cumbres nevadas pertenecientes al Pirineo de Huesca. Debajo, hay varios cinturones amurallados que protegen al portal de Zumalacárregui. Para acceder desde el exterior, resulta preciso franquear cuatro puertas, una de ellas protegida por un puente levadizo sobre el foso. A nuestras espaldas están las torres de la catedral, el espacio religioso por excelencia. Se trata también del edificio más suntuoso de la urbe.

En Intramuros se acumulan múltiples historias, que sobre el fondo antiguo de la ciudad, forman una especie de caleidoscopio enorme e inabarcable.

Algunas marcan a toda la población. El año 1599 Pamplona se vio afectada por la peste bubónica, que ocasionó muchas víctimas. Por ello el Ayuntamiento, en agradecimiento a Dios por disponer su fin, instituyó el voto de las Cinco Llagas. El emblema va en el reverso de sus medallas, al otro lado del escudo municipal. Ahora sucede algo similar por el coronavirus (covid-19).

Otras son pequeñas interrelaciones personales, por lo general rápidamente olvidadas. En un banco de la Plaza del Castillo me siento junto a dos desconocidas que hablan en ruso. Pero algunas palabras procedentes del romance o de la toponimia vasca me permiten aventurar que tratan sobre la emigración de aristócratas rusos, que se establecieron en Biarritz tras la revolución de 1917. Después de oírles un rato les pregunto y me lo confirman.

También circulan muchas historia familiares (que abarcan desde el siglo XIX hasta ahora) y sobre las que, por la existencia aun de descendientes, no se escribe. Por eso –como ha sucedido en todo el mundo, desde siempre– son objeto de transmisión oral. Es el cotilleo común, aunque en el caso de los aficionados a la historia, al relacionarlas con su contexto, hacen que se eleven a un nivel superior.

Aunque a principios del siglo XX parte del trazado de las murallas fue destruido, aún puede apreciarse en algunos lugares. La bajada de Labrit o el paseo de Sarasate son huecos acondicionados sobre él. Por ello, el tránsito entre la antigua fortaleza y la ciudad nueva, es aquí claro. Al cruzar esa línea, ahora invisible, tengo la sensación de estar ya en Extramuros. Un punto crucial es el inicio de la avenida Carlos III. Ahí podemos percibir, con una perspectiva bastante amplia, cómo la vieja Iruña se diluye rápidamente en la nueva.

En algunas otras ciudades antiguas he visto plazas donde, con una tira de granito o mármol cuyo color destacaba sobre el pavimento, habían marcado la planta de alguna edificación notable, ya desaparecida, y de la que sólo quedan algunos restos arqueológicos en el subsuelo.

No estaría mal que, también aquí, en determinados puntos (como en el Segundo Ensanche) el trazado de la antigua muralla fuera visualizado, señalado en el suelo. Con esto se rescata el recuerdo, sirve para hacer más visibles las capas de la ciudad, su profundidad histórica.