Instituto de Salud Pública y epidemia

15.10.2020 | 01:22
Una opinión de Luis A. Gimeno Saiz

Navarra, como otras comunidades, fue reticente en tomar medidas fuertes ante la pandemia. No actuó como la comunidad madrileña: incrementó los cribados y los tests, puso rastreadores, fue transparente y riguroso, con recursos económicos y profesionales. Pero desde mayo las infecciones aumentaron hasta tener las mayores tasas.

Lo conocido por los tests y rastreadores permite percibir la irresponsabilidad de la población navarra, que provoca gran daño a los más vulnerables y a la economía, siendo más responsable de la epidemia que su Gobierno, aunque le atribuye la culpa.

Gran parte de las infecciones proceden de la actividad relacional, familias y reuniones de amigos. Su expansión fue de la mano de las no fiestas, celebradas ahorrando su parte más ruidosa y visible, manteniendo almuerzos y algunos botellones. Lo dijeron diversas policías locales: las no fiestas en las casetas y huertos estuvieron muy concurridas. Tras quince días de una no fiesta muchos pueblos explotaron de infecciones, como en Pamplona, Leitza, Peralta, Tudela, Funes y demás. Navarra celebrando las no fiestas consiguió las mayores tasas de infección.

Junto a ello la relajación del control en las aglomeraciones tenemos los factores primarios de contagio en Navarra, distinto al de otras autonomías. Y ello nos refleja el punto más débil del control técnico de la epidemia.

Una epidemia es competencia de Salud Pública, que debe incidir en las condiciones relevantes para reducir la prevalencia de una enfermedad. Entre sus recursos se incluyen la propuesta de normativas jurídicas e impulsar la organización de las autoridades hacia ciertos objetivos. El Instituto de Salud Pública de Navarra depende de la Dirección General de Salud, jamás tendrá mejor ocasión para activarse que esta epidemia. Su actividad más proactiva y ajustada a la realidad local podría haber marcado la diferencia, contribuyendo de forma sustancial a desbloquear la Asistencia Primaria y a una menor tasa de infecciones.

Preguntémonos entonces solo algunas cuestiones:

-¿Salud Pública impulsó un plan de vigilancia real junto a los cuerpos policiales en cada no fiesta para prevenir reuniones de amiguetes y familias?

-¿Promovió una vigilancia de los aforos a supermercados y grandes superficies, etcétera, que fueron relajando los controles, sin respetar colas y distancias, aforos, sin exigir limpieza de manos€?

-¿Hizo algo para mantener vivas las indicaciones de prevención, insistiendo de forma proactiva y exigir su cumplimiento, sabiendo que es humano relajar tales conductas?

-¿Y dónde están la insistencia en que no se deben compartir botellines, vasos, cigarros, porros, o canutillos para esnifar estimulantes? Una forma de contagio de altísimo riesgo propia de muchas personas, no solo jóvenes.

En Salud Pública incluso hay epidemiólogos, pero no se tuvo presente que las personas de forma casi natural recuperamos nuestras conductas habituales satisfactorias previas, y lo hacemos negando la percepción del riesgo. El Instituto de Salud Pública podría haber tenido un papel más activo como era su obligación, pero puede que la epidemia le cogiera con el paso cambiado.

Además de señalar los puntos débiles, debemos felicitarnos porque las políticas de salud pública, en parte ajenas a esa sección sanitaria, ya se han puesto en marcha, aunque de haberlo hecho un par de meses antes podrían haber sido más suaves y más eficaces. Revertir la situación actual será costoso, y requerirá otras medidas que limiten más las reuniones y la movilidad en unos días, y el objetivo imprescindible de mantener la tasa de infecciones bajas, por ejemplo menor de 100 cada cien mil habitantes necesitará meses de sufrimiento. El Instituto de Salud Pública debe ponerse las pilas y asumir sin ambages su misión.

El autor es psicólogo clínico jubilado