14-F: acabar con las tensiones centro-periferia

02.02.2021 | 01:08

El próximo 14 de febrero se celebran en Catalunya unas elecciones cruciales, quizá las de mayor importancia no solo para el futuro de esa comunidad, también para España en su conjunto.

El tsunami nacionalista, o independentista, desatado desde septiembre de 2017 en aquel nefasto pleno desarrollado en su Parlament, la ha dejado sumida en un periodo de desgobierno e incertidumbre a pesar de la cómoda mayoría absoluta que obtuvieron en las últimas elecciones. Recordar para que el análisis sea completo que todo comenzó con la injusta e inoportuna sentencia del Tribunal Constitucional cercenando partes importantes, al menos para la sociedad catalana, de su Estatuto. Un Estatuto de autonomía que había sido aprobado por la inmensa mayoría de ese Parlament y refrendado del mismo modo en el referéndum celebrado posteriormente. Hasta ese instante todo parecía encauzado y controlado.

En aquel momento alguien medianamente informado, y se debe exigir a nuestros dirigentes políticos que lo estén, debería haber detectado que el malestar provocado en la población catalana, fuera ésta de uno u otro origen o estatus social, estaba provocando un profundo terremoto, como así sucedió. Sus consecuencias llegan hasta nuestros días. Los posteriores gobiernos del Estado español, el de Zapatero y el de Rajoy, PSOE y PP, no fueron capaces de darse cuenta de este peligro, ignorando de manera prepotente las demandas que de allí llegaban. Hacía falta ser muy sordo y ciego para no ver todo lo que estaba sucediendo en una sociedad harta de ser ninguneada y que se sentía vejada por el poder central. Se producía así una quiebra, sin que nadie en este tiempo haya sido capaz de construir puentes por los que comunicarse.

La sabiduría popular dice que a río revuelto ganancia de pescadores, y así, especialmente las gentes de Puigdemont con sus diferentes denominaciones y ERC, fueron lo suficientemente hábiles, ante la torpeza de sus contrincantes, para llevar el agua a su molino. El enfado provocado por esa sensación de estafa fue canalizado hacia su granero en las urnas, consiguiendo unas amplias mayorías.

La nefasta gestión del independentismo desde entonces, el retroceso en la sanidad, en la educación y en los servicios públicos en general, o la pésima labor desarrollada ante la pandemia, han quedado encubiertos, ocultados, por el maremágnum provocado por estos hechos. Hay que reconocer su habilidad para ser capaces de dar la vuelta a una situación que podía haber sido desastrosa para sus intereses, especialmente a través de una cuidada campaña de propaganda creando en la ciudadanía una sensación de victimismo, de que el Estado machacaba a Catalunya.

Resulta evidente que eso ha sido posible por los errores de sus contrincantes, en especial del grupo que ganó las elecciones anteriores, Cs, incapaz ni siquiera de plantarles cara, mucho más después del paso de Arrimadas a la política estatal. Pero también de un PSC inmerso en una profunda crisis de identidad, incapaz de encontrar su lugar en este perfecto bucle melancólico en el que les habían sumergido.

Desde que Pascual Maragall desapareció de la escena política catalana –según algunos por cuestiones de salud, pero especialmente por las maniobras canallescas de una parte de su entorno–, el PSC había caminado a la deriva, hasta que el denominado efecto Illa le acaba de dar la vuelta. Hasta ese instante todo parecía atado y bien atado, las encuestas señalaban el triunfo de ERC y una mayoría absoluta cómoda del independentismo, incluso sin la necesidad del apoyo de unas incómodas CUP.

Pero la vuelta del ya exministro de Sanidad a Catalunya, en una jugada maestra made in Iván Redondo, ha lanzado la piedra a un estanque demasiado tranquilo, revolucionando estas elecciones. Un Salvador Illa que llega con claros y oscuros en su gestión de la pandemia, pero que ha sabido salir vivo de una situación extrema que habría abrasado a cualquier otro.

Illa llega ahora en el pico de su popularidad como ministro más valorado junto a Margarita Robles, con un grado de conocimiento social elevado, y lo que resulta más importante, con fama de dialogante, educado, con talante, en un momento de máxima crispación en la política especialmente allí. Es su momento. Es posible que resulte victorioso, otra cuestión es que el resultado no le dé para gobernar y que tampoco sea suficiente con el apoyo de los partidos denominados constitucionalistas, Cs y En Comú Podem, PP, e incluso Vox. Ahí llegará su encrucijada, la de él, la del PSC y del PSOE, y por lo tanto de Catalunya. Falta saber si el discurso federalista del PSC puede contar a partir de ahora con el visto bueno del PSOE. Incluso clarificando su posición ante un asunto que preocupa a la sociedad catalana; el derecho a decidir, a la libre autodeterminación, un derecho, por cierto, que siempre ha figurado en los cimientos ideológicos de la izquierda y que jamás debió abandonar. Quizá sea éste el momento clave para solucionar una de las cuestiones vitales pendientes desde la Transición: eliminar las tensiones centro-periferia.

Con Euskadi ya está en vías de solución, con el PSE gobernando con el PNV en diferentes instituciones, comenzando por el Gobierno Vasco, y una relación que parece perfecta Sánchez-Urkulu, más aún después de la reunión mantenida entre ambos la semana pasada.

Ha pasado desapercibida, engullida por la situación de la pandemia, pero en ella se han tomado decisiones de gran importancia, entre otras el compromiso de traspaso de competencias como las de prisiones. Un nuevo tiempo parece que comienza. ¿La estrategia de Sánchez-Redondo pasa por la posibilidad, si dan los números, de gobernar con ERC y explorar esa vía? De ser así; ¿será estrategia o simplemente táctica? Quizá Pedro Sánchez sueñe que, al igual que Zapatero será recordado como el presidente de la paz por su valentía y audacia a la hora de afrontar aquel difícil reto, él pueda serlo por solucionar este complejo asunto.

España como nación de naciones es un viejo sueño. Un Estado Federal Plurinacional, casa común en el que todos, vascos, catalanes, andaluces o madrileños se encuentren cómodos. ¿Serán estas elecciones del 14-F el momento clave para ello? ¿Estamos esta vez condenados en entendernos?

Catalunya se encuentra en su encrucijada de cuatro caminos. Al sur seguir como está desangrándose en viejas cuitas, al oeste el vértigo de la independencia unilateral, en el este pactar con el Estado una fórmula federal incluyendo a Euskadi, y al norte un pacto generoso sobre fiscalidad. Ojalá acierten en el elegido, aunque bien podía ser una combinación de los dos últimos, o sea que la senda elegida sea dirección N-E. Veremos.

El autor es exparlamentario y concejal del PSN-PSOE