Enhorabuena a la sociedad pamplonesa y, por extensión, a toda la sociedad navarra. Hemos visto cómo un hecho recurrente basado en insultos y agravios varios –incluso violentos–, ha pasado este año sin más incidentes (salvo algunos que se definen por sí solos, sea cual sea la consigna). Y la consigna la lanzó el actual alcalde remarcando la necesidad de convivencia. Es decir, y es el mensaje que al menos yo he percibido con toda claridad, dependerá de quién gobierne nuestra ciudad para que impere, o no, el respeto al que piensa diferente. Según sea, la bronca puede ir desde una ola irracional, como las que hemos visto años atrás, hasta una marejadilla para que quede clara la oferta de civismo predicada previamente por quienes en años anteriores se llamaron andanas. Una puñetera hipocresía. Para entenderlo de otro modo, y mira que me encantaría que siguiese el concepto, solo hará falta ver los comportamientos cuando vuelvan a lugares de oposición gubernamental. Habrá que esperar, pues las alternancias se darán. Coaliciones de sentimientos dispares suelen tener el recorrido corto.

Creo que debemos, como sociedad en general, aprovechar el mensaje y su resultado para no seguir concediendo aspecto de normalización a un espectáculo de humillación y de desprecio que se ha estado dando en la exposición callejera de la Corporación Municipal en su subida hacia la Catedral el 7 de julio (dan una imagen de nuestra Pamplona, y de nuestra Navarra en general, que no nos merecemos). Me da igual hacia quién se puedan dirigir los dardos, pero convendrán conmigo que, en su mayor expresión (por número de personas), siempre se han solido centrar en aquella formación que, hoy por hoy, sigue representando a una mayoría en relación con el voto unitario a partido político. Por lo tanto, los insultos, desprecios y humillaciones que representan esos gritos y los dedos enhiestos, van para esa mayoría. Y eso, lógicamente, no es ayudar a la convivencia.

Me resisto a pasar por alto este tipo de comportamientos, pues esa convivencia (la real) es un concepto ineludiblemente deseable, que algunos se empeñan en hacerla añicos cuando les conviene (desde los “púlpitos políticos a los cajones de calle”). Y no solo en situaciones específicas reseñables, sino ante cualquier oportunidad, pues “lo que hacen unos está todo mal y hay que echarse a la calle, para, a renglón seguido, observar cómo se pasa a una total ausencia de crítica social propia cuando son los míos los que pasan a hacer lo mismo”. Y así ni se construye una sociedad avanzada, ni se siembra lo deseable para nuestro futuro, pues los que vienen detrás no reciben el ejemplo debido (y hablo por todos nosotros en general).

Las ideas y los avances hacia cualesquiera de las que pueden ser nuestras ideologías particulares se deben conseguir a través de los votos ciudadanos y sólo con mayorías cualificadas. No hablo de coaliciones a conveniencia entre partidos que, realmente, están unos en las antípodas de los otros, al menos en el concepto general que subyace tras lo que todos sabemos se está buscando con afán de trabajo de hormiguita. Cuando esas mayorías, para ese concepto, se den, me quitaré el sombrero y aceptaré el resultado. Es el voto de la ciudadanía quien pone y quita rey. No las conveniencias políticas para el ¿qué hay de lo mío? Menos a través del insulto y la provocación. Estos solo siembran discordia y malas expectativas para el futuro de nuestros hijos en cuanto a esa deseable convivencia. A ver si vamos pensando en ellos y dejamos de mirarnos el ombligo.