Lamarckismo anunciado y tecnología
El siglo XIX trajo consigo una cascada de descubrimientos sin los cuales nuestra sociedad actual sería sencillamente inimaginable. Entre ellos, uno destaca por encima del resto: la teoría de la evolución de Charles Darwin. Una teoría que no estuvo exenta de controversia ni de opositores, pero que logró imponerse tanto al creacionismo (todavía vigente en algunas zonas del planeta) como a la propuesta de Lamarck. Y no por una cuestión ideológica, sino científica: ambas teorías no podían ser ciertas al mismo tiempo.
Para Lamarck, los seres vivos adquirían a lo largo de su vida las características necesarias para adaptarse al entorno, y estas se transmitían a la siguiente generación. El desuso de un órgano implicaba su desaparición; el uso continuado, su fortalecimiento. La ciencia ha demostrado que este mecanismo no funciona así. La evolución opera mediante pequeñas mutaciones aleatorias y es la selección natural la que preserva aquellas que mejoran la supervivencia y la reproducción.
Y aquí surge la pregunta incómoda: en un mundo donde la tecnología se encarga cada vez de más tareas por nosotros, ¿qué está ocurriendo con nuestras capacidades cognitivas? ¿No es legítimo preguntarse si las estamos ejercitando menos (y peor) que antes?
Recuerdo mi infancia, los viajes familiares en la Ford Galaxy de mis padres, cinco personas y un perro, con un mapa de carreteras de España siempre desplegado en el respaldo del asiento. Hoy propongo un experimento sencillo: tome usted un mapa en papel y trace la ruta desde su casa hasta su próximo destino vacacional en Mojácar. Sin Google Maps. Sin Waze. No es arriesgado suponer que muchos (probablemente también mis padres) tendrían serias dificultades para hacerlo.
La capacidad de orientación fue una de las primeras en verse desplazada por la tecnología. Más tarde llegaron los audiolibros. En los últimos años, la expansión de la inteligencia artificial ha comenzado a sustituir parcelas de la creatividad y del razonamiento. Pero hay una pérdida que resulta especialmente preocupante: la de nuestra capacidad de atención.
Las redes sociales han puesto en jaque un proceso cognitivo esencial. Reels de Instagram, Shorts de YouTube o vídeos de TikTok erosionan, poco a poco, nuestra capacidad de mantener la atención más allá de unos segundos. Lo que antes era normal, hoy se ha convertido en un reto.
Perdemos autonomía como individuos y nos volvemos dependientes del smartphone. Nuestro cerebro trabaja menos, se esfuerza menos y, como cualquier órgano, acaba perdiendo capacidades. Y entonces surge la pregunta final: ¿qué ocurrirá con las generaciones futuras? Ya sabemos que Lamarck estaba equivocado… ¿o quizá no del todo?
Las calculadoras sustituyeron el cálculo hace décadas, pero el sistema educativo siguió fomentando las operaciones mentales en el alumnado. Hoy existen generaciones que nunca han usado un mapa de carreteras y cuya orientación depende por completo del teléfono móvil. Si no somos capaces de compensar las facilidades que nos ofrece la tecnología, estaremos condenando a quienes vienen detrás a heredar nuestra propia atrofia mental.
El autor es psicólogo general sanitario (colegiado N-02234) y profesor asociado Universidad de Salamanca