El pasado 1 de marzo asistí en la pequeña y bella localidad baztanesa de Amaiur-Maya, al acto organizado por la asociación cultural y memorialística Amaiur Gaztelu Fundazioa, donde tuve ocasión de presentar someramente mi último libro Manuel de Irujo: Amaiur y la historia de Navarra, editado al alimón por la Sociedad de Ciencias Aranzadi y el Gobierno de Navarra.
La cita, que contó con una amplia representación social, institucional y política (Amaiur Fundazioa, alcaldes del Baztan, presidenta de las Juntas Generales de Bizkaia, Napar Buru Batzar y EBB del PNV) tenía un doble objetivo. Por una parte, plantar un retoño del Árbol de Gernika, dando continuidad y plasmación práctica al proyecto que, según Arturo Campión, fue ideado por un respetable vecino de Maya “de trasplantar a las ruinas (del castillo de Amaiur) el arbolito de Gernika arrancado en Estella”. Aquella alusión a Lizarra hacía referencia, tal como relató Manuel Irujo Ollo, “al retoño del Árbol de Gernika plantado en Estella por iniciativa de mi padre y que, a consecuencia de una reacción carlista, asistida por los liberales, acabó siendo arrancado por el Ayuntamiento y devuelto a su procedencia”.
El episodio histórico, que ha sido descrito formidablemente por el historiador navarro Ángel García-Sanz Marcotegui en su obra Daniel Irujo Urra (1862-1911), remite a cómo el padre de Don Manuel, elegido concejal de Estella en 1906 dentro de la candidatura carlista, trasladó a su corporación, la oferta de Estanislao Aranzadi –que anotaba la circunstancia de que Iruña ya contaba con otro–, para plantar en la ciudad del Ega, un retoño del Árbol de Gernika que el Centro Vasco de Bilbao había acordado distribuir “por las distintas regiones del País Vasco”.
Tras la aceptación de la propuesta de Daniel Irujo por sus compañeros concejales y la celebración de los actos festivos de plantación del retoño en el jardín de las nuevas escuelas municipales –no sin polémica porque algunos vecinos avisaron a Irujo de que protestarían si su discurso “acusaba la más remota tendencia bizkaitarra o si hablaba en carlista”–, periódicos como el pamplonés El Demócrata Navarro solicitaron que “ese arbusto” fuera devuelto al asegurar falsamente que al ayuntamiento estellés se le había ocultado la procedencia del retoño y manifestar “que se había engañado al pueblo de Estella sembrando en una tierra genuinamente española la semilla del separatismo”. Así fue cómo finalmente el retoño del árbol sagrado fue devuelto al Centro Vasco de Bilbao.
En segundo lugar, el encuentro en Amaiur, además de saldar aquella histórica que, desde una concepción de fraternidad vasca, había contraído Navarra con respecto al símbolo de las libertades de Euskalerria, buscaba rendir homenaje a aquel diputado foral de Navarra que en 1922 participó en el acto de inauguración del monumento a los defensores de Amaiur, héroes de la independencia de Navarra en 1522. Su nombre, Manuel Irujo Ollo, una de las figuras políticas más importantes de la historia contemporánea de Navarra.
El acto, que contó con las actuaciones musicales de Eñaut Elorrieta y del coro Gaztelu, fue presentado por Ixabel Alemán, en representación de Amaiur Gaztelu Fundazioa, que dio paso a los distintos intervinientes.
Juantxo Agirre Mauleon, secretario general de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, presentó la edición facsímil de la recopilación fotográfica del acto de inauguración del monolito en recuerdo y homenaje a los héroes de Amaiur celebrado el 30 de junio de 1922. La escritora Arantzazu Amezaga, en representación de la familia Irujo, destacó la grandeza de un pueblo, el vasco, que ha demostrado su capacidad de pervivencia a lo largo de siglos y milenios, y Xabier Ollo, alcalde de Alsasua y miembro del Euzkadi Buru Batzar, destacó el profundo sentido humanista de Irujo y su extraordinaria labor al frente del Ministerio de Justicia en la contienda bélica española.
Por mi parte, trasladé la consideración inicial de que al igual que a Cremes (personaje creado por Terencio en el 165 a.c.), “nada de lo humano le era ajeno”, a Manuel Irujo tampoco nada de lo navarro le fue ajeno en ningún momento de su vida: política, cultura, religión, autogobierno, el trabajo en el campo, los derechos de la infancia, el euskera, la foralidad, el folklore… formaron parte esencial de sus iniciativas y anhelos y también, por supuesto de sus fracasos y desdichas.
En aquella incansable labor del “León Nabarro”, así le llamaban, trató de rescatar del olvido la historia del pueblo libre: Amaiur, como símbolo de la independencia perdida al tiempo que recordatorio de los errores históricos y escuela de aprendizaje para no recaer en ellos; los Infanzones de Obanos como grupos cooperativos en defensa de las leyes del país y en contra de las demasías de los reyes; la salvación del expolio y la destrucción de monasterios como el de Irantzu; la reivindicación de la Asociación Euskara de Arturo Campión con su lema del Zazpiyak Bat, la divulgación de Navarra como reino marítimo que fundó la ciudad de San Sebastián, el concepto del Árbol de Malato como renuncia a cualquier afán expansionista por parte de los poderes vascos, o la constatación de que –y son palabras textuales– “si Navarra, apoyada en el Pirineo, no hubiese existido como Estado independiente durante varios siglos, es posible que las regiones de Euzkadi Occidental no hubieran llegado hasta el año 1839 en el disfrute de su soberanía foral”.
Para Irujo, la foralidad, cuyo origen situaba en los pactos locales alcanzados en Roma durante la época de las invasiones, era consustancial con la propia personalidad navarra (“los navarros sienten y vibran con sus fueros”), personalidad ésta cuya columna vertebral era el euskera o lingua navarrorum, idioma que, como verdad axiomática, había que entender como lengua nacional de los vascos y que suponía la razón de ser del nacionalismo vasco, sin la cual “las persecuciones, sacrificios, torturas y muertes de tantos patriotas, no tienen sentido, hubieran sido un absurdo”.
En aquel afán por el autogobierno de las tierras del euskera, quise recordar el fracaso que vivió Manuel Irujo cuando en 1932 los representantes navarros en la Asamblea de Municipios Vascos se opusieron al proyecto de Estatuto de Autonomía conjunto para Nafarroa, Araba, Bizkaia y Gipuzkoa y como también resultó inútil su viaje a Madrid junto con José Antonio Agirre en 1936 para tratar de incorporar al viejo reino al proyecto autonómico vasco.
Mi alocución, que quiso resaltar el hecho de que Irujo se consideraba navarro y vasco en pie de igualdad, ya que ambos conceptos constituían las dos caras de la misma moneda, “partes de un mismo todo, un todo que deja de tener sentido de plenitud si se anula uno de sus componentes”, resaltó asimismo la enorme labor humanitarista desarrollada por Irujo en la Guerra Civil, “sin reparar en ideologías”, salvando la vida, entre otros, a varios ciudadanos navarros: Javier Astrain, joyero y concejal carlista de Iruña; Antonio Lizarza, también carlista y farmacéutico de Leitza, en cuya casa se fraguó la sublevación y que se había reunido con Benito Mussolini; o Amelia Azarola, médico nacida en Doneztebe y de ideología izquierdista, cuya única culpa era ser esposa del jefe de Falange Española, Julio Ruiz de Alda, nacido en Estella.
Por último, mi intervención quiso reproducir un llamamiento realizado por el político estellés y que, por múltiples razones, entiendo tiene plena vigencia: “nunca los vascos debemos luchar contra los vascos, bendita sea la unidad vasca y maldita nuestra separación histórica”.
El autor es doctor en Historia Contemporánea