Una conocida frase de Mahatma Gandhi, “sé el cambio que quieres ver en el mundo”, hoy resulta particularmente apremiante. Vivimos con la sensación de hallarnos en una crisis total. Una crisis sistémica que requiere de soluciones globales. El capitalismo en su variante neoliberal –único sistema socioeconómico existente, con ciertas modulaciones locales–, basado en la propiedad privada, la acumulación incesante de capital y la competitividad cada vez más salvaje, impone una lucha brutal por el poder entre países, empresas, personas, poniendo en riesgo algunos de los principios de nuestra propia civilización, sobre todo el respeto universal de los derechos humanos y el valor de la fraternidad. Por otro lado, amenaza la supervivencia del planeta porque esquilma todos los recursos naturales.

El mundo actual es crecientemente complejo. En algunos lugares se ha reducido la pobreza, mientras que en muchos otros se agudiza la concentración de riqueza en cada vez menos manos. El sistema productivo a menudo es excluyente, deja a muchas personas en la marginalidad; destruye las clases medias, crece la precarización y explotación de las clases trabajadoras y progresa en forma exponencial la desigualdad, tanto en el reparto de los bienes como del poder. No es eficaz en cuanto a resolver las necesidades del conjunto de la sociedad mundial, y no es sostenible ya que pone en peligro la supervivencia de las generaciones futuras.

El avance científico y tecnológico, que en otros tiempos se veía como puntal del progreso humano, muestra muy a menudo sus contradicciones y paradojas, como que el acceso aparentemente generalizado al conocimiento y a la comunicación ha puesto en crisis el propio concepto de la verdad (idea de la “posverdad”) y promueve una cultura basada en la deshumanización, el consumismo, la frivolidad y la prisa, la cual genera un incremento de las relaciones superficiales y de la soledad o nuevas enfermedades como la adicción a las pantallas.

Por otro lado, los regímenes democráticos se debilitan y parece que han perdido el control sobre las decisiones económicas, que retroceden hacia una configuración neofeudal o tecnofeudal. La aplicación del derecho internacional se ha venido ralentizado y las organizaciones multilaterales se ven impotentes. El genocidio en Gaza, la interminable guerra en Ucrania, la agresión de Trump a Venezuela, son palpable muestra de ello.

Pese a las dificultades, sabemos que no se puede vivir sin esperanza y queremos tener una esperanza activa. En particular, como cristianos, no podemos disociar la fe de la esperanza, ni ambas de la caridad/fraternidad. No hay vida cristiana sin compromiso con los demás. Nuestra esperanza no puede ser un idealismo abstracto, ni un optimismo simple, sino empeño en transformar la realidad, en vivir ya el mundo nuevo que nos anuncia el Evangelio.

La actualidad que nos llega por los medios de comunicación a menudo es desoladora, pero también ofrece brotes verdes, el empeño de tanta gente en trabajar por un mundo mejor, de muchos modos y desde distintas actitudes o creencias. Aparte de reconsiderar nuestro papel y actitudes en el ámbito profesional, familiar, cívico, hay muchas iniciativas cerca de nosotros –el tejido asociativo en Navarra es muy rico– a las que podemos prestar nuestra colaboración. Todos podemos ayudar económicamente o con nuestro trabajo con diversas instituciones, públicas y privadas, eclesiales y laicas. Y hemos de analizar críticamente nuestros hábitos de consumo y de ocio y apostar por modelos más sostenibles.

Somos conscientes de la urgencia de cambios profundos y queremos ser semilla, levadura, de un nuevo orden social y económico. Con arreglo a los valores evangélicos, hemos de perseverar en que el sistema económico avance en valores de amor, solidaridad y justicia, y no de egoísmo, ambición desmedida y competencia, de mercantilización incluso de las personas. Los bienes son un don divino gratuito concedido a la comunidad, a todos los seres humanos para su aprovechamiento en común. En tal sentido, acaparar recursos en perjuicio de otras personas que los necesitan es una desviación del sentido de la Creación. La opción preferencial por los pobres es una consecuencia inevitable del mensaje de Jesús.

Solasbide