Como cada año, se ha publicado el Informe de Riesgos Globales 2026 del Foro Económico Mundial (The Global Risks Report 2026), basado en una encuesta anual a más de 1.300 líderes globales y consultas con expertos en riesgos, que sitúa al mundo en lo que llaman una “era de competencia”, marcada por la fragmentación y la confrontación. Un panorama de los que te hacen detenerte a pensar, un escenario donde el multilateralismo, esa red que mantenía el orden mundial, está bajo mínimos, en lugar de la cooperación y la confianza.
La incertidumbre seguirá siendo el tema definitorio del futuro cercano. La mitad de los encuestados prevé que 2026 sea un año turbulento o tormentoso. Sin embargo, si consideramos el riesgo a 10 años, este porcentaje se amplía al 57%, y casi una quinta parte anticipa riesgos catastróficos globales en el futuro próximo.
Algunas de las conclusiones clave del informe es que la confrontación geoeconómica amenaza el multilateralismo. Con el sistema multilateral global establecido bajo presión, la confrontación geoeconómica es ahora una prioridad para líderes y expertos en riesgos en 2026. Esto implica desafíos para el comercio, la inversión, las cadenas de suministro y el acceso a los recursos naturales.
El clima extremo, la polarización social y la desinformación completan los principales riesgos percibidos para este año.
La combinación es similar en las perspectivas a dos años de los encuestados, que están encabezadas por la confrontación geoeconómica, la polarización social, la desinformación y la información errónea, que también se percibe como un grave riesgo a largo plazo, seguido del temor a los resultados adversos de la IA.
A nivel social, el informe nos sitúa “al borde del abismo”. La narrativa de la “calle contra la élite” refleja una desilusión profunda, la gente siente que las instituciones ya no mejoran sus vidas, lo que dispara una polarización que fractura nuestras sociedades.
En una perspectiva de diez años, la percepción del riesgo cambia sustancialmente. En este contexto, las principales preocupaciones son los impactos del cambio climático, como las condiciones meteorológicas extremas, la pérdida de biodiversidad y los cambios críticos en los sistemas terrestres.
Una categoría que no ha faltado ni un solo año desde el año 2016, esa es la ambiental, la de la crisis climática, la pérdida de biodiversidad, el clima extremo... Las olas de calor, las inundaciones, los incendios e impactos sobre la salud muestran que el caos climático ya está aquí y que expone a cientos de millones de personas, pero la verdadera amenaza está en la inacción, la hipocresía y la codicia que bloquean las soluciones disponibles.
Los informes más recientes de investigación climática apuntan a un empeoramiento acelerado con consecuencias irreversibles a largo plazo si no se reducen drásticamente sus causas: océanos que se recalientan y desestabilizan fenómenos como El Niño o la circulación del Atlántico Norte definitivamente afectada por el calentamiento global con consecuencias desastrosas todavía por analizar en detalle, más metano en la atmósfera, infraestructuras críticas expuestas a inundaciones e incendios, y ciudades convertidas en hornos donde las olas de calor se multiplican. Pero, aparte de apuntar la lista de catástrofes climáticas recientes y próximas, hace falta acción ciudadana, movimientos sociales, consumidores conscientes y presión social suficiente sobre gobiernos y grandes empresas.
Fernando Valladares, investigador del CSIC y experto en ecología y cambio climático, viene a plantear cinco grandes ejes de solución. El primero es avanzar hacia una sociedad más igualitaria, porque la desigualdad alimenta la desconfianza y hace inviable cualquier transición justa: solo si la ciudadanía percibe equidad aceptará cambios profundos en energía, movilidad o consumo. El segundo es reducir de forma deliberada la producción y el consumo de energía hasta aproximadamente la mitad en países como España, demostrando que es posible vivir mejor con menos, ganando salud y tiempo. El tercero se centra en el sistema alimentario: producir menos alimentos, pero de mejor calidad ecológica, con menos químicos y menos excesos de regadío, liberando presión sobre el agua y los suelos. El cuarto eje es precisamente el agua, que debe dejar de tratarse como un recurso infinito. El quinto y último eje es pasar de la simple sostenibilidad a la regeneración: no basta con no deteriorar más; hay que mejorar activamente ecosistemas, suelos, ciudades y economías para dejar el mundo mejor de como lo encontramos.
Todo ello nos debería llevar a necesidad de una ciudadanía activa. No basta con confiar en que los políticos ya harán algo ni con quedarse en la preocupación pasiva. Hay que informarse con rigor, combatir la desinformación y los bulos, a organizarse y asumir, cada cual, a su escala, un papel activo en esta revolución climática y democrática que ya está en marcha. Todavía es posible evitar los peores escenarios, pero solo si una ciudadanía consciente, exigente y comprometida obliga a que el conocimiento científico se convierta por fin en acción política y cambio de modelo de vida.
El futuro no es un camino inamovible, sino una gama de trayectorias que dependen de nuestras decisiones de hoy. No podemos controlar la geopolítica ni los grandes mercados, pero sí nuestro entorno inmediato. Cada acto de transparencia, cada puente que tendemos frente a la polarización y cada decisión ética en nuestro día a día ayuda a cambiar el rumbo. El futuro no está escrito, lo escribimos nosotros y nosotras, paso a paso.
El autor es presidente de Fundación Clima y Premio Nacional de Medio Ambiente