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La carta del día

Cencerros, paja y memoria colectiva

Cencerros, paja y memoria colectivaJavier Arizaleta

El carnaval no empieza en el calendario, empieza en el sonido. En el golpe seco de los cencerros que rompen el silencio del invierno, en la paja que cruje al caminar, en las máscaras que no esconden, sino que revelan. Cuando los Momotxorros, los Zakuzarrak, los Palokis y tantos otros personajes del carnaval rural toman las calles de Estella-Lizarra, la sociedad se concede una licencia colectiva: cuestionar el orden establecido, reírse del miedo y recordar que toda comunidad necesita, de vez en cuando, sacudir sus certezas. Es la fiesta del revés: donde el orden se disfraza de caos y el caos, por unos días, nos resulta extrañamente revelador.

La lógica del carnaval, tradicionalmente acotada a unos días al año, parece haberse trasladado a la política internacional. Es la gran paradoja de nuestro tiempo: mientras en los despachos de Bruselas y Washington se mira a las pantallas esperando que los algoritmos resuelvan lo que la diplomacia ha congelado, la cruda realidad sigue avanzando, golpeando a los más vulnerables. El mundo parece atrapado entre una política que anda demasiado despacio y una tecnología que corre demasiado con la misión Artemis apuntando a la Luna y una inteligencia artificial en plena adolescencia: brillante, impulsiva y todavía por educar.

Frente a ese vértigo global, volver a la raíz es un acto de resistencia. En este contexto, que Lizarra Ikastola vuelva a sacar su kalejira de carnavales a la calle no es un gesto folclórico menor; es, en realidad, una declaración de principios. Esta celebración no se entiende sin el auzolan, sin la implicación de toda la comunidad educativa –alumnado, familias, profesorado, personal del centro y colaboradores culturales–. En ese entramado colectivo, el verdadero motor de la fiesta es el alumnado. Son ellos y ellas quienes, con sus comparsas, makilas y miradas cómplices, convierten las calles de la ciudad del Ega en un aula sin paredes.

Más de 18 comparsas diferentes, representando personajes de los carnavales rurales de distintos municipios navarros, desfilan juntas en una kalejira que es, al mismo tiempo, un libro abierto de cultura vasca y tradición navarra. Cada personaje, cada gesto exagerado, cada sonido de gaitas o tambores es una lección viva de identidad compartida. Aquí no se estudia la tradición: se camina con ella, se baila con ella, se suda con ella. Y así, casi sin darse cuenta, el alumnado aprende que la cultura no es una pieza de museo, sino algo que se transmite de mano en mano –o de palo en palo– generación tras generación. En esta fiesta rural, nada es accesorio y nadie queda al margen. La participación nace de manera natural, el trabajo colectivo se vuelve imprescindible y cada cual encuentra su lugar sin necesidad de protagonismos impostados. Bajo las telas, todas las voces pesan lo mismo; tras ellas, cada persona aporta lo que sabe y lo que es. La antítesis resulta reveladora: anonimato que construye comunidad, desorden que educa, juego que interpela.

Resulta especialmente significativo que este acto festivo sea fruto de décadas de esfuerzo compartido, investigación y amor por lo propio: una tradición cuidada y actualizada con el paso del tiempo, capaz de incorporar nuevas comparsas y personajes sin perder aquello que le da sentido. Quizá por eso, mientras el mundo parece debatirse entre algoritmos, misiones espaciales y decisiones incomprensibles tomadas en despachos lejanos, resulta reconfortante ver a niñas y niños ocupando las calles con personajes centenarios. Una imagen que conecta pasado, presente y futuro desde la memoria colectiva que lo sostiene.

La kalejira del carnaval rural de Lizarra Ikastola no solo anuncia que el invierno empieza a despedirse. Nos recuerda que educar también es celebrar, que la escuela puede y debe dialogar con su entorno, y que una comunidad que baila junta aprende a caminar unida. Y eso, en los tiempos que corren, no es ninguna broma de carnaval.

El autor es director de Lizarra Ikastola