Javier Ciga: arte, compromiso y memoria
La apertura el pasado viernes 13 de febrero de la colección permanente dedicada al pintor pamplonés Javier Ciga Echandi (1877-1960), en el nuevo civivox Pompelo, es una excelente oportunidad para redescubrir su obra y recordar también su compromiso político con el nacionalismo vasco a través de EAJ-PNV en Navarra, que le acarreó graves consecuencias. Ciga fue uno de los primeros socios del Centro Vasco o Euzko Etxea de Iruña, fundado en 1910, del que llegó a ser vicepresidente en 1936. Además, actuó como concejal en el consistorio pamplonés entre 1920-23 y 1930-31. Por otro lado, la familia de su esposa, Eulalia Ariztia, natural de Elizondo y también nacionalista, participó en la Red Álava, dedicada a labores de ayuda humanitaria, información y apoyo a la resistencia antifranquista a través de la frontera.
La guerra civil va a significar para el pintor, como para tantos otros, un punto de inflexión en su vida y trayectoria artística. En 1938, con 60 años y una salud ya delicada, es detenido y acusado de facilitar la huida a Francia de un comandante de la UGT. Conducido al depósito municipal –conocido como la Perrera y convertido en comisaría provisional–, situado tras la actual plaza de toros de Pamplona, denuncia sufrir malos tratos según consta en un escrito autógrafo presentado pocos días después de su detención y firmado por varios encausados. En los casi dos años que pasará encerrado, no deja de crear y produce la serie de Dibujos de la cárcel, hechos solo con una libreta y lápiz, donde se revela como cronista de la vida carcelaria.
En el Consejo de Guerra celebrado en 1939 se le acusa de “auxilio a la rebelión” y se le califica como “uno de los separatistas más contumaces de la ciudad”, si bien no faltan informes favorables, como los del alcalde Tomás Mata o el del director del Rosario de los Esclavos de la catedral que Ciga solía frecuentar. Logra la absolución, pero se le impone una multa por no haber denunciado las evasiones. El proceso represivo no termina ahí. El Tribunal Regional de Responsabilidades Políticas le acusa posteriormente de haber ostentado cargos en el partido jeltzale y de no haberse adherido al Alzamiento nacional. Se le inmovilizan los bienes, incluidos los de la funeraria familiar, y es finalmente condenado a una sanción económica de 2.500 pesetas. Para hacer frente a esta multa pinta el conocido como Cristo de la sanción (1940), obra que todavía hoy puede contemplarse en la iglesia del colegio de los Escolapios de Pamplona, edificio que durante la guerra había sido cuartel y prisión de la Junta Central Carlista de Guerra. La obra, ubicada precisamente muy cerca del civivox Pompelo, se ha convertido en un símbolo elocuente de aquel castigo. Sin embargo, no suele considerarse entre lo más destacado de su producción, como tampoco lo es, a juicio de muchos especialistas, la pintura realizada en los años posteriores, marcada por el desgaste personal y la censura interiorizada.
Conviene subrayar que Javier Ciga no es un artista de propaganda ni un pintor al servicio de consignas políticas. Su paleta –de fuerte raigambre costumbrista, atenta a la dignidad del mundo popular y rural navarro– responde más bien a una ética de la mirada que resulta coherente con su compromiso existencial de raíces humanistas y democráticas. Para él, la militancia política no sustituye a la vocación artística, aunque la primera le va a suponer un alto precio vital que condiciona decisivamente su última etapa creativa.
Por todo ello, junto al indudable valor artístico de su trabajo, resulta justo reconocer una biografía marcada por la coherencia entre ideales y actos, asumida con implicaciones personales muy duras. Este año, la ciudad que le vio nacer y morir destina, por fin, a Javier Ciga un espacio propio digno y merecido. Con ello se da un paso más para recuperar al pintor, preservar su obra y reivindicar su memoria y con él la de una generación de navarras y navarros que, en una tierra sin frente de guerra, padecieron ejecuciones, cárcel, sanciones y represión por el mero hecho de militar políticamente con fidelidad a sus convicciones.
La figura de Ciga, que no es patrimonio exclusivo de una tradición política concreta, interpela al presente como ejemplo de compromiso ético y responsabilidad cívica en tiempos de incertidumbre y de amenaza de nuevos autoritarismos. Su trayectoria compagina arte, conciencia y democracia, porque, como declarara en su día el poeta y filósofo José María Valverde, “sin ética no hay estética”, pero tampoco puede haber política si se reduce a mera lucha entre poderosos o a intereses corporativos contrarios a los derechos humanos y al bien común. En esa coherencia silenciosa entre vida y obra reside la actualidad más profunda del pintor Javier Ciga.
El autor es presidente de la Junta Municipal de Pamplona de EAJ-PNV / EAJ-PNVko Iruña Buru Batzarreko presidentea