Estos días, a propósito del éxito de Los domingos en los Premios Goya, en cuya edición de 2026 ha sido considerada como mejor película, además de llevarse también los galardones a mejor guion original, mejor dirección y mejores actrices protagonista y de reparto, se ha suscitado un debate interesante sobre su argumento, un encuentro de opiniones muy diversas acerca de lo que supone este y otro tipo de llamadas vocacionales en el seno de una familia y de un entorno social concreto.

He ahí el mejor indicio de la calidad de un producto creativo, el hecho de que provoque un impacto mediático, que abra un amplio espectro de respuestas, desde posiciones diferentes, en relación con uno o varios aspectos abordados por la obra. En el caso de Los domingos, no se trata sólo de que haya conseguido eco en los medios, sino de que, gracias al acertado planteamiento de su guion, a la circunstancia de que, como destacaba Albert Camus en referencia a los buenos dramas, “todos los personajes de la historia tienen razón”, haya logrado que el asunto de fondo sea contemplado entre el público desde perspectivas muy variadas.

A este respecto, resulta inevitable que los espectadores se pronuncien en primer lugar sobre la religión en general y la confesión católica en particular, sobre cuestiones tan asociadas a ellas como el proselitismo, la acción pastoral, el adoctrinamiento o los distintos modos de captación de discípulos. No en vano, uno de los platos fuertes de la película de Alauda Ruiz de Azúa es el duelo entre Ainara, adolescente de 17 años que siente la llamada de Dios, y su tía Maite, que considera antinatural, injusto y nada saludable, el hecho de que una orden religiosa aliente esa vocación en una chica menor de edad, en alguien que aún no ha tenido ocasión de vivir, de conocer el mundo. En este debate inicial, puede decirse, incluso, que unos se han alineado con Ainara y otros con Maite. Y lo bueno es que, por mucho que nos empeñemos en defender una u otra postura ideológica, la cosa queda al final en una gran pregunta sin resolver, que es, precisamente, lo que pretendía la directora de Los domingos y, por otra parte, el rasgo que, según nos recuerda Javier Cercas en su ensayo El punto ciego, caracteriza a las buenas novelas.

Sí, cualquiera que haya visto la película y tenga cierto criterio, comprenderá que tanto Maite como Ainara tienen razón. La primera, por los motivos apuntados antes, porque una adolescente que se ha movido sólo en un determinado ambiente, que ha vivido siempre inmersa en él, carece, en principio, de la capacidad necesaria, de la suficiente visión panorámica como para saber lo que quiere, lo que le conviene, lo que va a hacerle feliz y, además de todo eso, para detectar la injerencia más o menos bienintencionada en su vida de las voluntades, los deseos y las ideas de otros.

Ainara, por su lado, también tiene razón, porque, desde el desarrollo mental propio de una persona inteligente a punto de terminar la enseñanza secundaria, se siente atraída por un mundo que ha ido conociendo poco a poco, seducida por un espacio espiritual basado en la devoción hacia un ente superior en cuya existencia cree, y organizado sobre una serie de ritos, de ceremonias, de actos que, practicados a solas o en comunidad, la interpelan directamente, apelan a su alma, la colman de una mezcla de plenitud y serenidad, y la llevan a sentirse un ser humano más completo.

Claro, es en este punto, en esa llamada de algo o de alguien, donde enlazamos con la cuestión de la vocación, otro de los grandes temas de Los domingos. Y es que lo que siente Ainara es vocación, una vocación religiosa. De acuerdo con ésta, Ainara experimenta una forma de revelación que le indica un camino concreto, el que ha de llevarla al convento, el que ha de convertirla en una monja de clausura. Pero, si lo pensamos bien, la suya no es una vocación muy distinta de las demás, de otras que levantan menos polémica, que quizá aceptamos con menos revuelo. Es muy parecida a otras en lo relacionado con el comportamiento del individuo llamado, en el modo en que se vive y se promueve o rechaza esa llamada en su círculo más cercano, pero también en la propia esencia del suceso, que siempre consiste en la sensación intensa e intransferible de haber nacido para desempeñar una labor en un entorno que le fascina. ¿O acaso es muy diferente la vocación del futbolista que abandona sus estudios para fichar por un equipo, la de un activista solidario que se alista en las filas de una ONG, la de un revolucionario que se marcha lejos de casa para cambiar el mundo, o la del artista que sacrifica todo en aras de su visión estética, que sólo es capaz de respirar dentro de su universo creativo?

En el fondo, estamos hablando de lo mismo. Sí, porque en todos esos casos, y en otros no mencionados, ocurre un fenómeno similar al protagonizado por Ainara, y, a menudo, a la misma edad. Sucede que la voluntad expresada por la persona, por ese individuo que ve algo que los demás no ven, que se sabe hermano de otros que a lo largo del tiempo experimentaron en su interior lo mismo que él, despierta incomprensión a su alrededor, o asombro, o recelo, o miedo, o resentimiento, o envidia. Y salvo unos pocos, capaces de entender y de apoyar, el resto reacciona siempre de acuerdo con sus propios sentimientos, de acuerdo con su propia situación, de acuerdo con sus propias convicciones, como también se aprecia en la película de Ruiz de Azúa. El resto proyecta hacia el titular de la vocación su propia naturaleza, con todas sus frustraciones y miserias, y a continuación hace lo posible por torpedear esa aventura ajena que su cabeza no concibe. Como escribe Nélida Piñón en Una furtiva lágrima, “ellos insistirán una y otra vez para que lo dejes, y tú deberás resistir”.

Una vez aquí, sólo cabe expresar estupor ante el dilema del ser humano. Cabe preguntarse si somos verdaderamente libres a la hora de tomar decisiones, si éstas son el resultado de nuestra libertad individual. Cabe preguntarse si lo somos a partir de una edad, o sólo en determinadas circunstancias o bajo ciertas condiciones. Cabe preguntarse a quién debemos acudir, qué voces exteriores e interiores debemos escuchar, de quién podemos fiarnos cuando llegue el momento de decidir lo que sea.

O a lo mejor es todo mucho más sencillo y basta con seguir, como Dylan, al hombre de la pandereta, más allá de las hojas heladas, de los árboles encantados, hacia una playa sacudida por el viento.

El autor es escritor