Hubo una mujer que aprendió demasiado pronto a bajar la voz, que entendió que su opinión pesaba menos y que su futuro tendría los límites que le impusieran otros. Creció en un tiempo en el que las mujeres no podían votar, en el que pedir igualdad era un atrevimiento, en el que la libertad femenina era sospechosa, y en el que necesitaba permiso para trabajar o para abrir una cuenta bancaria. Y pese a todo, empujó. Empujaron. Para que la siguiente generación viviera con más derechos y menos miedo.

Porque cada derecho que hoy parece normal fue una conquista y porque nada de lo que hoy tenemos las mujeres fue regalado, sino que se debe a generaciones enteras empujando para que sus hijas vivieran un poco más libres que ellas, tuvieran más oportunidades que ellas, y pudieran estudiar y elegir su profesión, votar y participar en la vida pública, decidir sobre su propio cuerpo o crecer con la certeza de que la igualdad no es un privilegio, sino un derecho que merece ser defendido y ampliado cada día.

Pero este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, lo que está en juego son precisamente esos derechos conquistados: derechos que creíamos consolidados, que durante años parecían fuera del debate político y que vuelven a situarse en el terreno de la negociación política. Porque hasta ahora existía un consenso básico: la igualdad no se discutía. Y hoy ese consenso se resquebraja: se intercambia por sillones y se sacrifica en pactos coyunturales.

Vivimos en Europa el avance de una ola involucionista que apela a la nostalgia de un pasado autoritario, que cuestiona consensos básicos, que desacredita el feminismo, que banaliza la violencia machista y caricaturiza la igualdad como si fuera un privilegio. Allí donde la ultraderecha gobierna o condiciona gobiernos, se recortan recursos, se paralizan leyes, se diluyen compromisos institucionales y los derechos de las mujeres se convierten en moneda de cambio.

Desde Geroa Bai llevamos años defendiendo que la igualdad no es un gesto simbólico a recordar solo el 8 de marzo, sino una política pública valiente y sostenida en el tiempo. Y así lo hemos demostrado en nuestra acción política. Defendemos la educación en igualdad, con programas educativos como Skolae y todas aquellas herramientas que trabajen desde la infancia para desmontar estereotipos y prevenir la violencia la desigualdad. Porque la desigualdad no nace de la nada: se aprende, se reproduce y puede desmontarse.

Defendemos recursos públicos suficientes y estables para que ninguna mujer víctima de violencia machista se quede sin acompañamiento psicológico, asesoramiento jurídico o autonomía económica, y apostamos por reforzar los servicios públicos, la coordinación institucional y las políticas que permitan a las víctimas convertirse en supervivientes, reconstruir su proyecto vital y vivir sin miedo.

Defendemos también la corresponsabilidad y la conciliación real, porque mientras los cuidados sigan recayendo mayoritariamente en las mujeres, la igualdad será incompleta. Reivindicamos medidas eficaces contra la brecha salarial, el techo de cristal y la precariedad que afecta de manera especial a las mujeres, y defendemos sin ambigüedades los derechos sexuales y reproductivos, el derecho a decidir sobre el propio cuerpo y el acceso a una información veraz y a servicios públicos de calidad.

Y defendemos instituciones que escuchen más y mejor, que dialoguen con el movimiento feminista y que sean firmes cuando se trata de proteger derechos, rechazando cualquier intento de banalizar la desigualdad y la violencia, y rechazando cualquier iniciativa e intento de limitar, recortar o cuestionar los derechos y libertades de las mujeres.

Este 8 de marzo no salimos a la calle por inercia. Salimos porque los derechos se sostienen con acción política, con movilización social y con compromiso institucional firme. Salimos porque sabemos que lo conquistado puede perderse, que los derechos solo se mantienen si se defienden, y que cualquier retroceso comienza cuando alguien acepta una cesión que consideró menor. Salimos porque no vamos a permitir ni un paso atrás: por las que nos precedieron, por nosotras, por las que no pueden, y por las que vendrán.

La autora es parlamentaria de Geroa Bai