La Academia de la Lengua es muy escueta en su definición de cooperativa, pues se limita a señalar, en sus dos primeras acepciones, “que coopera o puede cooperar a algo”, y “asociación, sociedad, mutualidad”. Y si miramos cooperativismo, se ciñe a apuntar, en sus dos acepciones, la “tendencia a organizar un régimen de cooperación, especialmente en el orden económico y social” y “movimiento tendente a promover sociedades cooperativas”.
Pero si tiramos de internet, el hilo de esos términos va más allá y nos ofrece una definición y características más prolijas, y que se acercan a la definición de lo que es la Cooperativa Pedro de Axular, propietaria de la ikastola Paz de Ziganda, de la ikastola que nosotros elegimos para la escolarización de nuestros hijos. Dos hijas y un hijo. De la que nosotros escogimos. De la que nosotros conocimos. En la que nosotros nos integramos. Hasta las trancas añadiría, pues su sistema nos lo permitió. Igual que a los cientos de familias que han pasado por la misma en sus sesenta años de existencia.
“Una sociedad cooperativa es una forma de organización social en la que un grupo de personas se asocia para satisfacer necesidades comunes mediante actividades productivas, de distribución y consumo, basándose en principios de solidaridad, ayuda mutua y gestión democrática. La sociedad cooperativa es una sociedad integrada por personas que buscan satisfacer necesidades individuales y colectivas a través de la cooperación y la realización de actividades de producción, distribución y consumo de bienes y servicios. Sus principios fundamentales incluyen solidaridad, democracia, igualdad, equidad en la distribución, transparencia y compromiso social. Además, promueve la libertad de asociación, gestión democrática y educación cooperativa, fomentando la participación activa de todos los socios”.
Solidaridad, democracia, igualdad, equidad… como valores definitorios de la ikastola
De un modelo educativo nacido en 1914, con la fundación de la primera ikastola. Años más tarde, en 1932, se creó la primera asociación de las mismas; antes, pues, del golpe de estado de 1936 y el triunfo del fascismo encarnado por el dictador Francisco Franco.
Esa victoria truncó el incipiente –pero floreciente– caminar de estos centros, que apostaron –recordemos, 1914– por el impulso del euskera. Previamente, incluso, al nacimiento de la propia Academia de la Lengua Vasca, de Euskaltzaindia, creada en 1918 –recordémoslo, también– por las cuatro diputaciones forales, incluida la navarra.
Y mención especial, y aplauso sincero, para aquellos grupos de padres y madres que escolarizaron clandestinamente a sus hijos en la casa –en su propia casa de Donostia, sí– de Elbira Zipitria a partir de 1943. En 1965 se abrió, de modo alegal, la primera de la posguerra en Navarra, en la que, nuevamente, jugó un destacado papel la propia Elbira Zipitria. Y de aquellas semillas, las flores de hoy… esa red de quince centros implantada en los cuatro puntos cardinales de la Comunidad Foral.
Es fundamental conocer nuestro pasado, saber de dónde venimos, para mirar dónde estamos y preguntarnos a dónde queremos llegar.
Porque las ikastolas son presente y futuro
Y quiero poner en valor su propia definición: cooperativas de educación en euskera; pues sobre eso tres ejes –cooperativismo, educación y euskera– es sobre los que pivotan el ser y el hacer de las ikastolas. Ejes a los que –igual que en la multiplicación el orden de los factores no altera el producto– no podríamos conferir un mayor o menor grado de importancia, porque conforman un todo indisoluble. No pertenecen a la red pública, si por ello se entiende exclusivamente la dependiente –propiedad– del Gobierno de Navarra; pero tampoco privados, pues no penden de una orden religiosa, empresa o grupo de empresas. Constituyen una tercera vía, surgida de la iniciativa social –como he mencionado al principio– hace ya más de cien años. Y lo destaco en unos tiempos en los que se ensalza la responsabilidad social empresarial y la economía social como alternativa a la empresa tradicional.
Afortunadamente, los tiempos han cambiado para el euskera. Ha crecido el número de hablantes, y de quienes conocen la lengua, y se ha incrementado su prestigio social en toda Navarra. Y cuenta con importante apoyo institucional, pues desde 2015 el sustento presupuestario desde Euskarabidea a la lingua navarrorum ha crecido exponencialmente: en apoyo a los medios de comunicación; en recursos para la alfabetización de adultos; en acciones para la inclusión del euskera en el mundo juvenil, especialmente en el tiempo libre; en su introducción en el comercio y en la empresa; en ayudas a las entidades locales para el desarrollo de sus programas…
Pero todavía hay puntos oscuros, y se nos sigue antojando imprescindible la labor que las ikastolas siguen desarrollando a lo largo y ancho de toda Navarra. Tejiendo una red entre todas ellas, compartiendo proyectos educativos, modelos de gestión y recursos económicos a través de su caja de solidaridad.
Han cambiado los tiempos, decíamos, pero las ikastolas siguen siendo imprescindibles. Como lo son AEK o IKA; como lo es Topagunea; como lo es Berria, o Argia; como lo son Ttipi-Ttapa, Pulunpe, Erran o Guaixe; como lo son Euskalerria Irratia o Xorroxin; como lo son Xaloa o Hamaika Telebista… y, por supuesto, EITB, que no invalida, sino que enriquece todos esos medios o asociaciones impulsadas también desde la iniciativa social.
Ya no está en nuestras manos, pero esperamos –nos gustaría al menos– poder acompañar un día, nuevamente, a nuestros nietos –si nuestros hijos deciden tenerlos– a las aulas de Paz de Ziganda. Se mantendría así el eslabón de aquella cadena que nosotros iniciamos.
Expresidente de Paz de Ziganda y de la Federación Navarra de Ikastolas y excooperativista de Paz de Ziganda, respectivamente