La sociedad del siglo XXI es la sociedad del rendimiento (Byung Chul Han) por lo que todo está enfocado a dar réditos, a producir, a atraparte en sus redes de la continua actividad. La sociedad anterior se regía por la disciplina, por los horarios fijos, la gente era obediente con las normas y la lucha iba dirigida a mejorar las condiciones laborales y sociales. La sociedad del siglo XX ordenaba el tiempo entre lo laboral y lo ocioso, por lo que la gente tenía claro en cada momento y situación dónde estaba y cuál era su cometido. Las condiciones de mejora se luchaban en la calle frente a empresarios con nombre y apellido, en fábricas físicas donde la camaradería unía y el sindicalismo era potente. Se tenía claro a qué clase social se pertenecía y cuáles tenían que ser las reivindicaciones para mejorar no individualmente, sino como colectivo, como clase.
Poco a poco este modelo de sociedad se fue diluyendo, sociedad líquida, hasta convertirnos en títeres de un capitalismo radical inhumano, sociedad gaseosa. Cada vez más y más gente trabaja para corporaciones en las que no hay un jefe concreto, sino una gerencia que dice pertenecer también a la clase trabajadora. Cada vez más y más gente está teletrabajando y/o viajando de sede en sede a países que tienen sucursales las empresas para las que trabajan. Cada vez más y más gente no tiene un horario fijo, trabaja a tres turnos, fines de semana cuando les toca y más jornadas si hay necesidades de producción. Cada vez más y más gente cambia de empresa cada poco tiempo porque los contratos son cortos y la empresa evita la fijeza. Cada vez más y más gente cobra una miseria y no le da para adquirir una vivienda, asentarse y ahorrar mínimamente. Así, lo importante es tu rendimiento, no tu sabiduría ni tu capacidad de solucionar problemas (eso está en manos de subcontratas que están disponibles 24/7/365).
Antes, si abusaban de tu disponibilidad tenías la conciencia de que se estaban aprovechando de ti y denunciabas esa explotación, así que o te pagaban horas extra o se conseguía que contratasen a más gente. Hoy en día, parece que no hay un dominio externo, te sientes más dueño de tu trabajo, pero como la exigencia de rendimiento es altísima, hace que tu “libertad inducida” sea en realidad una autoexplotación que no la sientes como tal, sino como un sentimiento de liberación. Pero como dice Han: “El explotador es al mismo tiempo el explotado. Víctima y verdugo ya no pueden diferenciarse”. Y así, te llegas a autoexigir tanto, que no puedes parar y cuando paras te tienes que meter a un gimnasio, a un centro comercial o a viajar para intentar escapar o sentir la vida como una pequeña experiencia programada y dirigida para que nada salga mal. En una sociedad así, sociedad del estrés, cuesta dormir, descansar, desconectar, por lo que la ingesta de fármacos aumenta considerablemente.
La sociedad del rendimiento y del estrés hace que la responsabilidad de todo recaiga en el individuo, en cada uno/a de nosotros/as. Esta sociedad lanza un mensaje claro, contundente, malicioso, brutal y falso: que el éxito solo depende de ti mismo, si no triunfas es porque no haces las cosas bien, o porque no vales lo suficiente. Esto es una máquina imparable de crear fracasados que tomarán antidepresivos para aguantar su decepción (somos ya el 7º país europeo en consumo de antidepresivos). Esto retroalimenta a las grandes corporaciones (dueñas de las farmacéuticas) y elimina la lucha social, la respuesta colectiva. Si uno/a se termina creyendo que el éxito depende solo de tu valía, acabará siendo carne de cañón de terapias y enfermedades.
Nadie puede negar que a veces la suerte está en parte de la gente exitosa, pero sobre todo y de manera irrefutable, detrás de la mayoría de la gente triunfadora está su pertenencia a una clase social alta, con grandes coberturas detrás de sus proyectos y desvaríos. Una persona que tiene una red de protección alta puede probar lo que le dé la gana, y puede estar el tiempo que quiera ocioso, estudiando, viajando para aprender idiomas, experimentando, etcétera. No teme al fracaso porque su fracaso es no hacerlo, su máxima pérdida es su tiempo, y esto lo tienen de sobra. En cambio, la gente que no tiene esa cobertura, su tiempo de aprendizaje lo tiene que compaginar con su tiempo de producción, porque se tiene que costear su vida, su supervivencia. Un mal paso en esta gente es quedarse sin nada y sin posibilidad de volver a empezar.
Recientemente, en una mesa redonda en torno al arte, a la situación de precariedad, al abandono y la invisibilización de los y las artistas, una participante dijo: “algo hacemos mal para que no salgamos ni nos hagan caso”. Allí estábamos artistas con años de estudios, de obra hecha, de múltiples exposiciones, silenciados y olvidados por las instituciones, los medios de comunicación y por el público. No, no se está haciendo nada mal, es el sistema que está abandonando al arte a su suerte, que ha dejado de responsabilizarse en su labor pública de apoyo, promoción y difusión del arte y de los artistas. Somos una generación de artistas que salimos gracias al impulso de las artes, de los talleres creativos, de los centros de enseñanza artística y de los grandes referentes de artistas locales, cercanos, a los que queríamos emular a nuestra manera. Nos servían de guía, referentes que se cuidó, se potenció y se divulgó. Hoy en día, el mensaje que llega y cala es que si no eres artista es porque no quieres, y si no tienes éxito y triunfas es porque no haces las cosas bien o no tienes la calidad suficiente (lo mismo que se dice al resto de personas con su vida). Y así, se quitan responsabilidades, las referencias se diluyen, privatizan la gestión cultural y potencian solo aquello que les da un rendimiento político y/o económico.
Frente a esto, tan solo queda la unión, el asociacionismo (están surgiendo múltiples asociaciones de artistas) y la coordinación entre asociaciones para pedir, demandar, exigir cambios estructurales que devuelvan al arte al lugar que le corresponde, para que la gente, el público vuelva a sentirlo, a vivirlo, a necesitarlo.