Durante años, los centros residenciales de atención a personas mayores han vivido una transformación profunda en el perfil de las personas que acceden a sus servicios. Hace no muchos años, era habitual encontrar personas con cierto grado de autonomía que, por distintas circunstancias, decidían trasladarse a vivir a una residencia. Hoy, esa realidad ha cambiado de forma notable.
Las políticas públicas han apostado –acertadamente, desde mi punto de vista– por fomentar la permanencia de las personas mayores en sus hogares el mayor tiempo posible, mediante apoyos y recursos comunitarios. Esto ha provocado que quienes finalmente acuden a vivir en centros residenciales lo hagan en situaciones de mayor dependencia y, en ocasiones, ante la mayor pérdida de capacidad cognitiva, por decisión de terceros. A este escenario se suma otro fenómeno menos visible: la llegada de personas más jóvenes que acceden a estos recursos debido a problemáticas sociales como la falta de vivienda, la ausencia de redes de apoyo, el deterioro cognitivo asociado a consumos o incluso decisiones judiciales.
Pero el cambio no es solo de perfiles; también lo es de modelo. Las residencias han dejado atrás el antiguo enfoque hotelero, basado en servicios estandarizados y suplementarios que en gran medida promovía la dependencia. En su lugar, se abre paso un modelo humanizador y de acompañamiento centrado en la persona, inspirado en la idea de que cada individuo es único e irrepetible. Esto exige a los equipos profesionales una mirada integral, capaz de atender todas las dimensiones que conforman la identidad humana.
Y es precisamente aquí donde surge una cuestión incómoda, pero necesaria: ¿cómo estamos abordando la sexualidad en las personas mayores? Históricamente, la sexualidad ha sido un tema tabú en nuestra sociedad, y en el ámbito residencial no ha sido una excepción. La respuesta más sencilla ha sido, durante mucho tiempo, ignorarla. Actuar como si las personas mayores no fueran seres sexuados. Sin embargo, esa negación no elimina la realidad; solo la oculta.
Recientemente, el cine ha comenzado a poner el foco en esta cuestión. Películas como Maspalomas, de Jose Mari Goenaga y Aitor Arregi Galdos, invitan a reflexionar sobre la ocultación de la orientación sexual, la aceptación y la presencia –muchas veces invisible– de personas LGTBI en centros residenciales. Y tras esa reflexión surgen preguntas inevitables: ¿realmente no hay personas LGTBI en nuestras residencias? ¿O no las vemos? ¿No nos lo dicen… o no sabemos escuchar?
Desde mi experiencia como director de un centro residencial y como hombre homosexual que vive su orientación con libertad, considero que gran parte del problema radica en lo que algunos expertos denominan “presunción de heterosexualidad”: dar por hecho que todas las personas responden a una orientación normativa. Este sesgo, aparentemente inofensivo, invisibiliza una parte esencial de la identidad de las personas y dificulta una atención verdaderamente integral.
Negar esta realidad es, en el fondo, una forma de aplazar lo inevitable. Las generaciones que hoy tienen entre 70 y 80 años crecieron en contextos profundamente hostiles hacia la diversidad sexual. Muchas vivieron el fenómeno del sexilio, viéndose obligadas a abandonar sus entornos para poder vivir con cierta libertad en grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia. Otras, en cambio, optaron por el silencio, condicionadas por leyes represivas como la de vagos y maleantes o la de peligrosidad social.
Por eso, no resulta extraño que muchas personas mayores LGTBI no hayan expresado abiertamente su identidad en los centros residenciales. No porque no exista, sino porque durante décadas aprendieron que hacerlo podía tener consecuencias graves.
La experiencia demuestra que, cuando se crean espacios seguros, las realidades emergen. La experiencia nos ha permitido vivir situaciones muy positivas, como la llegada a una residencia de un hombre abiertamente homosexual que generó inicialmente desconcierto, pero también abrió la puerta a que otras personas comenzaran a expresar aspectos de su identidad que hasta entonces habían permanecido ocultos.
Y el futuro nos plantea un reto aún mayor. Las generaciones que están por llegar –personas nacidas en los años 50 y 60– han vivido su sexualidad con mayor apertura. Ya no cargan, al menos en la misma medida, con el peso del silencio. Esto obligará a los centros residenciales a adaptarse, a cuestionarse y a prepararse para situaciones que pueden generar dilemas éticos y profesionales hasta ahora poco explorados.
¿Cómo vamos a abordar estas realidades? ¿Estamos preparados para hacerlo con respeto, conocimiento y sensibilidad? ¿Sabemos cómo implicar a familias, equipos profesionales y al conjunto de residentes en este proceso?
No hay respuestas fáciles, pero sí una certeza: es imprescindible empezar a hablar de ello. Abrir foros de debate, formar a los equipos y generar entornos donde la diversidad sea reconocida y respetada. Del mismo modo que los centros han incorporado en sus programaciones fechas como el Día Internacional de la Mujer o el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, quizá ha llegado el momento de integrar también el Día del Orgullo LGTBI como una oportunidad para visibilizar y normalizar esta realidad.
Porque cuando una persona percibe que está en un espacio seguro, es más probable que confíe. Y esa confianza es la base de cualquier intervención de calidad.
En última instancia, el objetivo no debería ser otro que garantizar una atención verdaderamente integral, basada en el respeto absoluto a la identidad de cada persona. Ignorar la orientación sexual o la identidad de género no es una neutralidad inocente; es una omisión que puede comprometer seriamente la eficacia de la intervención. Y, desde una perspectiva terapéutica y asistencial, eso supone un fracaso que no deberíamos permitirnos.
El autor es director Patronato Municipal Residencia San Bartolomé de Marcilla