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La carta del día

La importancia del trato humano

La luz que transformó nuestro miedo en esperanza

La importancia del trato humanoD.N.

Deseo compartir una experiencia vivida recientemente en el Hospital Universitario de Navarra, con la esperanza de que sirva para reflexionar sobre la importancia del trato humano en momentos especialmente delicados.

El lunes 16 ingresé junto a mi marido en el servicio de urgencias tras sufrir este varias crisis convulsivas. La situación fue grave desde el inicio: tuvieron que sedarle y mantenerle en reanimación hasta la realización de un escáner que permitiera esclarecer el origen del problema. Fueron horas de incertidumbre, miedo y espera.

Una vez identificada la lesión, fue trasladado a una planta intermedia situada sobre urgencias. Allí, en medio de la fragilidad y el desconcierto, tuvimos la suerte de encontrarnos con profesionales que encarnan lo mejor de la sanidad pública. Las enfermeras Amaya e Idoya no solo realizaron su trabajo con una impecable profesionalidad, sino que lo hicieron con una calidez y una humanidad que difícilmente se pueden describir sin recurrir a lo emocional: manos pacientes, miradas atentas, palabras suaves que lograban, por momentos, aliviar el sufrimiento de mi marido en su estado postcrítico, con fiebre alta y gran malestar. En un entorno clínico, ellas fueron refugio.

Tras diversas pruebas encaminadas a alcanzar un diagnóstico, el martes por la tarde fuimos trasladados a la planta de neurocirugía. La incertidumbre se prolongó hasta la mañana del miércoles, cuando finalmente se nos comunicaría el diagnóstico.

Fue entonces cuando se produjo la situación que motiva esta carta. Cuatro profesionales accedieron a la habitación para informar sobre un diagnóstico que, sabíamos, iba a cambiar nuestras vidas de forma radical. Ante ese momento, solicité permanecer junto a mi marido. Él mismo también expresó su deseo de que estuviéramos juntos. Sin embargo, se nos negó esa posibilidad.

Considero profundamente inadecuado que, en un instante de tal trascendencia emocional y vital, se prive a un paciente y a su acompañante de la posibilidad de afrontarlo unidos. La medicina no es únicamente diagnóstico y tratamiento; también es acompañamiento, empatía y respeto por la dimensión humana del sufrimiento.

Mi intención no es cuestionar la labor médica en su conjunto, que en muchos aspectos fue ejemplar, sino poner de manifiesto una práctica que, en mi opinión, debería revisarse. Porque hay momentos en los que la presencia de un ser querido no es un lujo, sino una necesidad.

Tras aquella situación tan oscura, en la que la incertidumbre y la dureza del momento lo impregnaban todo, llegó la luz. Y lo hizo en la 1ª planta del pabellón N del Hospital de Navarra. Esa luz tiene nombre: Mónica.

Apareció como un rayo cálido en medio de la tormenta. Quizá vestida con su uniforme azul, quizá con una apariencia en un primer instante algo firme, pero sostenida por un corazón inmenso, generoso y profundamente humano. No tardó ni un segundo en percibir nuestra tristeza. Se acercó a mi marido y, sin dudarlo, le ofreció lo que en ese momento más necesitábamos: un abrazo sincero, un gesto lleno de verdad, acompañado de un beso que rompía cualquier distancia entre lo profesional y lo humano. Conmigo hizo lo mismo, y sus palabras –cercanas, reconfortantes, llenas de luz– lograron algo que parecía imposible: devolvernos el aliento.

Su presencia transformó por completo nuestra experiencia. Donde antes había miedo, empezó a haber calma; donde reinaba la angustia, comenzó a abrirse paso la esperanza. Gracias a ella fuimos capaces de mirar el diagnóstico desde otro lugar, de sostenerlo con más serenidad y de empezar a afrontarlo con una fuerza que hasta entonces no sentíamos. El resto del ingreso, apenas un día más, fue radicalmente distinto. Mónica no solo cuidó: humanizó cada instante.

Una semana después, mi marido ha sido operado y, afortunadamente, todo ha salido muy bien. Hemos tenido la suerte de volver a encontrarnos con ella, de repetir ese abrazo que tanto significó y que tanto sigue significando.

Desde aquí quiero expresar mi más profundo agradecimiento a Mónica, ejemplo vivo de lo que significa cuidar con alma. Pero también quiero hacerlo extensivo a todas las enfermeras y, en general, a todas las personas que forman parte del Servicio Navarro de Salud. Su labor es imprescindible y, en la mayoría de los casos, admirable.

Entendemos también las dificultades que atraviesan, el cansancio acumulado y las condiciones laborales que muchas veces no están a la altura de su entrega. Ojalá sus reivindicaciones sean escuchadas y atendidas, porque cuidar a quienes cuidan es una responsabilidad de todos.

A todos ellos, gracias. Gracias por cada gesto, por cada palabra, por cada momento en el que, más allá de la técnica, ofrecéis humanidad.

Ahora nos queda por delante una segunda batalla, que afrontamos con más fuerza gracias a todo lo vivido y a quienes han estado a nuestro lado.

Y, de manera especial: gracias, Mónica. Eres, sencillamente, la mejor.