Los niños y niñas con discapacidad motora se enfrentan a múltiples desafíos para llevar a cabo su día a día con normalidad. Además de mantener sesiones de terapia que requieren esfuerzo y perseverancia, están inmersos en los ritmos y expectativas de un sistema educativo ordinario que no espera ni se adapta en la medida que ellos y ellas necesitan. La inclusión supone todo un reto, en un sistema que discapacita y que no garantiza el acceso a una atención temprana integral. Por eso, cuando existe un recurso público que realmente funciona, este constituye un apoyo esencial para nuestras criaturas y también para sus familias.

Durante este curso, 30 menores con discapacidad motora han participado en la actividad de piscina adaptada organizada por el CREENA. Para la mayoría, no era solo una extraescolar: las sesiones de piscina ofrecían a nuestros niños y niñas un espacio de respiro, donde poder ser, moverse y fluir, sin el peso de la gravedad o la coacción de una ortesis. Un espacio que fomentaba su autoestima, con una persona que se adapta a ellos y ellas, a sus ritmos y necesidades. Además, para muchas familias, era la única posibilidad de ofrecer a nuestros hijos e hijas este contacto con el agua y todos los beneficios que conlleva.

Esta actividad era especialmente valiosa porque estaba guiada por un profesional que supo generar algo imprescindible para nuestros hijos e hijas: confianza y seguridad. Quienes convivimos con la discapacidad sabemos que no cualquier persona tiene las competencias para acompañar estos procesos. Hace falta formación, sí, pero también sensibilidad, estabilidad y vínculo.

Sin embargo, a finales de marzo la actividad dejó de prestarse debido a la baja de paternidad del monitor. Una situación totalmente legítima y además, previsible, ya que, según se nos informó, había sido comunicada con meses de antelación. Lo difícil de entender es que no se hubiera previsto una sustitución ni que hubiera una mínima comunicación con las familias. Durante semanas, hemos tenido que llamar una y otra vez para saber si la actividad continuaba, sin recibir información clara. Finalmente, nuestros hijos e hijas se han quedado sin un recurso fundamental durante meses.

No reclamamos privilegios. Reclamamos planificación, comunicación y compromiso con servicios públicos que favorecen la inclusión. Porque para nuestras criaturas la piscina no era solo una actividad más. Era un espacio de bienestar y de felicidad.

Esperamos que el próximo curso esta actividad se retome sin demora y que las familias no volvamos a sentir que se nos abandona y que se improvisa con derechos fundamentales para nuestras criaturas, como son la atención temprana y la inclusión.