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Colaboración

La pedagogía no necesita mausoleos

La pedagogía no necesita mausoleosPatxi Cascante

No queremos que el foco de atención de esta respuesta a R. Contreras peque por las formas –“el tono áspero”, lo llama él–, ni validar nuestra postura convocando a siete expertos –como hace él–, sino recordarle que no ha respondido a nuestro planteamiento: “Si son monumentos incómodos, ¿por qué mantenerlos en pie?”.

Nuestra premisa era cuestionar que el monumento se convirtiera en una herramienta pedagógica útil, pero, al parecer, nuestro tono le ha impedido a Contreras tomarnos en serio. Así que repetiremos que un monumento fascista no es un libro de texto; es una arquitectura diseñada para el sometimiento simbólico de la ciudad. La ubicación y la estética de los Caídos de Pamplona se idearon para generar una sensación de triunfo aplastante.

Su contrarréplica es débil por creer que una placa explicativa, una lección didáctica o una performance artística pueda “neutralizar” o contraponer la carga significativa de miles de toneladas de piedra diseñadas para glorificar un genocidio. No diremos que creerlo así sea ingenuo, porque eso sería entrar en el ataque personal. Pero pensamos que quien así lo piensa, ignora o subestima que el mensaje del edificio es estructural, intrínseco, que no lo borra ningún Ariel democrático por muy potente que este sea.

Que el autor se refugie en el victimismo para no responder a nuestras objeciones es asunto personal, pero hay algo en su respuesta que no cuadra. Calificar de áspero –tono y contenido– de quienes exigimos el derribo del monumento, no parece que sea propio de quien busca un “debate sin trincheras”. Sabe bien que apelar al tono es muy propio del pensamiento autoritario, una sutil forma de silenciamiento del “enemigo”. Ha sido el habitual mecanismo de la Inquisición y de la censura.

Y nos preguntamos por qué su propuesta es superior a la que plantea la eliminación de este símbolo de la humillación. ¿Qué deberíamos decirle cuando sugiere que quienes optan por el derribo “solo miran al pasado”, mientras él mira... ¿a dónde? ¿Al futuro? ¿Qué futuro, el que quiere imponer el neofascismo actual, dada la actitud laxa de la democracia ante sus manifestaciones públicas?

Resulta contradictorio definirse como ‘antifascista’ y, al mismo tiempo, afanarse para que el mayor hito arquitectónico del fascismo en nuestra tierra siga en pie. Solo decimos que es incongruente, no que Contreras sea fascista. Por favor, conocemos su pasado trotskista. Sabe, por tanto, que el antifascismo no es una etiqueta estética ni un ejercicio de equilibrismo teórico; es el compromiso activo por la erradicación de los símbolos de la opresión. Presentar el derribo como una opción ‘simplista’ o de ‘mirada al pasado’ no es inteligente, menos de alguien que se autotitula antifascista. El derribo es una acción de futuro. Mantener el edificio bajo el eufemismo de ‘anti-monumento’ no es subvertir su sentido, es concederle la victoria de la permanencia. Precisamente, porque el fascismo está en auge, mantener en pie el mayor hito arquitectónico en la ciudad es una muestra de su victoria.

Sabemos que es duro, no de decirlo, pero sí de comprender, pero nuestra tesis es que el derribo en sí mismo sí es un acto pedagógico. Enseña sin tapujos que las sociedades democráticas no están dispuestas a convivir con los símbolos de la tiranía y que la llamada a la “resignificación” es una conservación encubierta.

En defensa de su actitud conservacionista, el autor despliega generosa nómina de expertos como escudo frente a la crítica. Cualquiera pudiera pensar que la memoria democrática depende de la academia, de un seminario universitario o de un laboratorio de estética urbana.

La memoria democrática es una cuestión de justicia reparadora. Invocar a ‘expertos’ para validar la permanencia de un mausoleo fascista frente al clamor de los colectivos de víctimas es incurrir en ¿elitismo intelectual? Lo parece. Y su efecto colateral más preciso es que pretende tutelar el dolor ajeno mediante discursos provenientes de la academia. Y no se necesita que esta explique cómo ‘mirar críticamente’ un símbolo de la barbarie. Lo que necesitamos y queremos es que el espacio público deje de rendir pleitesía, por omisión o por ‘resignificación’, a quienes aniquilaron la libertad.

La memoria histórica no es una disciplina abstracta. Es un derecho de las víctimas. Dejamos a nuestro interlocutor para que considere si deslegitimar el “dolor heredado” como criterio político no es un intento de desahuciar a las víctimas de su propio conflicto para dejarlo en manos de “expertos”. Debería, también, revisar la contradicción en la que cae. Reclamar “procesos colectivos” y “derecho a la ciudad” mientras se tacha de pobre, intelectualmente hablando, el sentimiento de quienes sufrieron directamente la represión que ese edificio celebra.

Nos gusta su metáfora cuando asegura que “derribar el monumento es como prescindir del paraguas porque no para la lluvia”, aunque, en la praxis, es poco real. Ese paraguas solo protege la piedra, nunca la memoria de quienes fueron borrados por lo que esa piedra representa. Y podríamos añadir que un monumento fascista no es un paraguas que proteja contra el fascismo; sino que, más bien, es un pararrayos que lo legitima, espantando o paralizando a quienes piensan lo contrario.

Y, dado que parece gustarle hacer comparaciones para comprender mejor su posición, veamos qué le parece la nuestra: si tienes un nido de avispas en la persiana de una de las ventanas de tu casa, ¿te limitarías a colocar un cartel explicando que las avispas pican? Seguro que quitarás el nido para entrar en casa sin miedo. Es lo más razonable y pragmático, ¿no? No pedimos sacar conclusiones de este ejemplo –como pretende Contreras con la lluvia y el paraguas–, pero debería quedar avisado de que asociar la poética con un mamotreto de piedra no es que chirríe. No lo haría si eres León Felipe, pero no es el caso, ¿verdad?

Ateneo Basilio Lacort