Se cumplen 50 años del golpe militar que instauró la dictadura en Argentina, uno de los más terribles por sus consecuencias. El golpe de Estado es la vía más común de acceso al poder sin pasar por las urnas. A veces no es por iniciativa de los militares… Recordemos el siglo XIX, cuando las constituciones políticas a este lado del charco atlántico eran programas partidistas que bloqueaban la alternancia de gobierno mediante elecciones. La mayoría parlamentaria era la que debía adecuarse al gobierno, y no al revés, lo cual provocaba que hasta los progresistas de entonces –a la izquierda del liberalismo– trataran de llegar al poder con ayuda del ejército.

Lo frecuente, sin embargo, ha sido la iniciativa militar violentando la realidad democrática por intereses varios. Es el caso de América Central y del Sur, se dio un paso más cuando los instigadores del golpe de Estado vivían a miles de kilómetros. Ocurrió con la decisión estadounidense de colocar gobernantes golpistas afines para sus intereses geoestratégicos y económicos en los países del centro y sur americano. Su actor principal fue Henri Kissinger, premiado con el Nobel de La Paz, eso que tanto ansía Donald Trump: dictadores como Bordaberry, Banzer, Pinochet, Somoza, Noriega… o Videla, hicieron una triste y cruel historia. Ahora recordamos el 50 aniversario de la dictadura argentina, porque la memoria forma parte de la resistencia y advertencia a las nuevas generaciones.

La razón de Estados Unidos para provocar aquella pandemia autoritaria tan salvaje se debió en gran medida a la Guerra Fría que mantenía con el siniestro Bloque soviético, y viendo los países latinoamericanos como el “jardín trasero” apto para la siembra de dictaduras de corte comunista, tal como ocurrió en Cuba (1959). Entonces decidieron sufragar levantamientos militares por toda América Latina llevando a sus países a épocas de oscuridad y terror, tanto o más que en la Cuba de Fidel Castro. Videla ha pasado a la historia como el responsable de una de las etapas más oscuras de la historia argentina, marcada por la desaparición de 30.000 personas, la represión sistemática ante cualquier oposición mediante el terror en forma de secuestros, torturas y ejecuciones extrajudiciales. El resultado se completó con la desigualdad y la pobreza, consecuencia de sus políticas económicas al dictado estadounidense.

La historia nos deja la foto de una sociedad militarizada mediante un control estricto sobre la vida cotidiana y las instituciones, y un estado de vigilancia constante en el que los derechos civiles y políticos dejaron de tener importancia.

Los golpes de Estado ya no son tan necesarios porque les ha salido un competidor muy sofisticado: la globalización económica y financiera bajo la influencia brutal de un espacio asocial como son las redes a-sociales, cada vez más efectivas a la hora de manipular la opinión pública hacia una posverdad diseñada para lograr el poder integral –económico y político– sin necesidad de intervenciones militares. Si la extrema derecha tiene una característica hoy es que no apela al ejército para conquistar el poder; no es su estrategia actual. Lo que hacen, por una parte, es erosionar el legado histórico manipulando la historia y la realidad (los obispos argentinos apelan a Milei para que no se “mutile la historia”). Pero a la vez, participan de una estrategia más sutil gracias a la enorme concentración de poder real que supone la globalización económica y financiera controlada por Trump y sus aliados de las grandes multinacionales, cada vez en menos manos. China, India, la Unión Europea… y sus correspondientes satélites. Ahora mismo no existe una alternativa sistémica –ni ética– al neoliberalismo depredador mundial que ha logrado desactivar contrapesos tan necesarios para la convivencia como la ONU.

El problema es que la codicia en grandes dosis acarrea consecuencias letales. Recordemos la vulnerabilidad de este modelo, que impacta en todos: endeudamiento masivo, bimillonario; fragilidad financiera; desigualdades crecientes; cambio climático, inteligencia artificial sin límites ni controles...

Los políticos populistas como Trump, Milei, Bukele… cada uno en su puesto, tienen un peligroso efecto polarizador capaz de convertir la política en campo de batalla mediático y económico. Un tipo como Trump puede romper los consensos que un país necesita para convivir en paz y devaluar la democracia hasta el punto de convertirla en una mera etiqueta. Y gana las elecciones.

Vienen tiempos difíciles con Vox y un PP arrastrado al populismo para recuperar la Moncloa. Eso sí, con las urnas y sin militares de por medio. ¡Pero nos quedan las urnas!