La pedagogía no consiste en borrar
El artículo La pedagogía no necesita mausoleos defiende una tesis clara: los monumentos de origen fascista deben ser derribados como acto pedagógico y de justicia. Cualquier otra opción es, en el mejor de los casos, ingenua; en el peor, cómplice. Es una posición legítima, pero también discutible si se examinan algunos de sus supuestos.
El problema no es si esos monumentos incomodan. Incomodan, y mucho. La cuestión es qué hacemos con esa incomodidad. ¿La eliminamos o la convertimos en una herramienta crítica? Defender su derribo como única salida implica, en el fondo, una desconfianza profunda en la capacidad de la sociedad para enfrentarse a su propio pasado sin necesidad de borrarlo. Difícilmente encontraremos un símbolo más evidente del esclavismo, la dominación de unos pueblos sobre otros o la megalomanía de una élite que las pirámides de Egipto. ¿Se le ocurre a alguien defender hoy su derribo por el supuesto mal intrínseco que contienen?
Se repite que un monumento no es un libro de texto y que su significado es inmutable. Pero basta mirar cualquier ciudad para comprobar que eso no es cierto. Los símbolos no hablan solos: hablan a través de los marcos políticos y culturales que los rodean. Y esos marcos cambian. La pregunta, entonces, no es qué fue ese monumento, sino qué hacemos hoy con él.
Se me acusa de utilizar el tono como mecanismo de silenciamiento “propio del pensamiento autoritario”. Esta afirmación resulta desproporcionada. Señalar el tono no es censura; en mi caso, es una invitación a mejorar las condiciones del diálogo. Equiparar esta crítica con la Inquisición no fortalece el argumento, sino que lo debilita al recurrir a analogías extremas que desvían la discusión de fondo
El texto caricaturiza la intervención crítica como una simple “placa explicativa”. Sin embargo, las propuestas contemporáneas en espacios de memoria van mucho más allá: incluyen cambios de uso, programas culturales, intervenciones artísticas permanentes y, sobre todo, procesos participativos. No se trata de neutralizar el monumento, sino de tensionarlo, de exponer sus contradicciones, de convertirlo en un lugar incómodo que obligue a pensar. ¿Acaso no sería una inmejorable practica didáctica el reseñar la clara concomitancia ideológica entre afirmaciones recientes –como la de la máxima representante del llamado trumpismo en Madrid, cuando afirma que “A América llegamos los de la Cruz y pusimos un nuevo orden”– y las pinturas de la cúpula?
Frente a eso, el derribo significa una solución rápida. Limpia el paisaje, elimina el conflicto visible y permite una cierta tranquilidad moral. Pero también borra una oportunidad: la de confrontar, de manera cotidiana, aquello que no queremos volver a ser. Porque una memoria sin restos es, a menudo, una memoria más cómoda… y, en mi opinión, más débil. También resulta preocupante la idea de que no derribar equivale a legitimar el fascismo. Ese tipo de razonamiento no solo simplifica el debate: lo empobrece. El antifascismo no es una única estrategia ni una consigna cerrada. Es un campo de prácticas diversas. Convertir una opción en la única moralmente aceptable no fortalece la causa; la reduce.
El artículo critica el uso de expertos como “escudo” y lo presenta como una forma de elitismo frente al dolor de las víctimas. Esta oposición es problemática. Mi referencia a ciertas personas no fue en calidad de expertos –calificativo que, por cierto, podría atribuirse a cada uno de los firmantes del artículo de Basilio Lacort–, sino a activistas de la memoria que me han aportado puntos de vista diferentes y que menciono para explicar a los autores del artículo su interés por mi posicionamiento respecto al monumento. En cualquier caso, la memoria democrática no debería ser ni exclusivamente académica ni exclusivamente emocional: necesita del diálogo entre todas las partes. Descalificar a alguien con la etiqueta de “expertos” no fortalece la voz de las víctimas; simplemente pretende eliminar una parte del debate. La cuestión no es quién tiene derecho a opinar, sino cómo se construyen procesos inclusivos en los que todas las voces sean escuchadas.
El artículo parte de una preocupación legítima –la reparación de las víctimas y el rechazo a los símbolos de la opresión–, pero reduce el debate a una única solución posible: el derribo –adornado, eso sí, con contenido pedagógico y de justicia poética–. En ese camino, desestima otras estrategias igualmente orientadas a la justicia y la memoria. El derecho de las víctimas es plenamente compatible con el derecho a la memoria que tiene la sociedad en su conjunto, y eso exige verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición. Ninguna de estas dimensiones está hoy plenamente satisfecha.
Y, sobre todo, el artículo soslaya completamente lo referente a un proceso decisorio de la ciudadanía, al enfrentarlo a una toma de decisión mayoritaria de las asociaciones de la memoria a favor del derribo. Si no se parte de que toda esta discusión debe formar parte de un proceso ciudadano de toma de decisiones, es que estamos perdiendo el tiempo. La apelación a la memoria, a las víctimas y a la justicia es imprescindible, pero no puede sustituir un proceso democrático amplio. La memoria no puede gestionarse como un patrimonio exclusivo, por legítimo que sea el dolor que la sustenta. Si no hay una deliberación pública real, lo que hay es imposición, aunque se presente como justicia. En este sentido, conviene aclarar que el esfuerzo que hago no es, evidentemente, para convencer a los componentes de Basilio Lacort, sino para enriquecer el debate con el objetivo de que sea la ciudadanía la que, en un proceso democrático –incluyendo el derribo–, decida.
El derribo puede ser, en algunos casos, una decisión justa, pero convertirlo en un dogma es otra cosa: es cerrar el debate antes de tiempo y renunciar a explorar otras formas –más incómodas, más exigentes– de relacionarnos con el pasado. La pedagogía democrática no consiste en borrar lo que molesta; rara vez ha tenido que ver con la tranquilidad. Consiste, precisamente, en aprender a mirarlo de frente, sin garantías de comodidad. No necesita mausoleos glorificadores, desde luego, pero tampoco se fortalece eliminando sin más los restos incómodos del pasado. A veces, enfrentarse a ellos, reinterpretarlos y hacerlos hablar en contra de su propio origen puede ser una forma más exigente –y quizá más eficaz– de construir una ciudadanía crítica.
El autor forma parte del Colectivo Irauli