Síguenos en redes sociales:

Tribunas

‘Habemus txupinera/o’

‘Habemus txupinera/o’PATXI CASCANTE

Para cuando este artículo se publique conoceremos ya la identidad del cohetero o cohetera que con mano temblorosa y voz emocionada dará comienzo a las fiestas mayores de nuestra ciudad. Discúlpenme por utilizar en el título el palabro txupinero/a, título a todas luces forzado y artificial puesto que nunca en la historia de Iruña el prender la mecha del petardo más famoso del mundo conllevó cargo o personaje festivo alguno, eso se lo dejamos a los del botxo. La realidad es que desde que en 1931 Juan Etxepare Aramendía prendiese el primer txupinazo en la plaza del Castillo protagonizando una de tantas iniciativas populares que dieron forma a los Sanfermines que hoy conocemos, a la plebe –siempre tan desagradecida, irreverente e irrespetuosa– se la trajo al pairo de quién era la mano que prendía la mecha, algo que ni siquiera cambió cuando en 1941 el txupinazo popular fue oficializado por la institución municipal y disparado desde la Casa Consistorial por Joaquín Ilundain a la sazón teniente alcalde de la ciudad. (Aunque imagino que a buena parte de la población ver a un criminal franquista como Manuel Fraga tirar el txupinazo en 1964 les habría retorcido las tripas). Curiosamente y por desgracia, la identidad de la persona encargada de disparar la pólvora festiva a los cielos de la capital del viejo Reyno comenzó a tener relevancia no por la identidad de quien lo tiraba sino por la identidad de quien no lo hacía, puesto que la lupa mediática se puso sobre la mano y no sobre el cohete cuando primero un fascista llamado Alfredo Jaime Irujo y después otra fascista, como Yolanda Barcina, consideraron que más de un tercio de los y las pamplonicas no tenían derecho a que sus representantes democráticamente elegidos pudiesen lanzar el cohete al igual que el resto. La necesidad de buscar coartadas para disimular la segregación política fue también el motivo que abrió la puerta a que algunos colectivos y clubes deportivos optasen a disparar el primer cohete de nuestras fiestas. De aquellos polvos estos lodos. Nadie duda de la buena voluntad y generosidad democrática del actual alcalde Joseba Asiron cuando en su primera legislatura, allá por 2015, decidió devolver al pueblo el lanzamiento del txupinazo poniendo en marcha un proceso participativo para que fuesen los ciudadanos y ciudadanas de Iruña quien eligiesen a la persona encargada de dar comienzo a nuestras fiestas. Lamentablemente la buena voluntad no es garantía de éxito de una iniciativa y no creo equivocarme si digo que somos muchos y muchas los que observamos con tristeza los derroteros que ha tomado el concurso público para tirar el txupinazo. Cierto es que en años anteriores habíamos visto de todo en la quiniela txupinera y hasta nos lo habíamos tomado con humor: desde un anciano peñero que aseguraba haber entonado el cantico del encierro cuatro años antes de que éste hubiese sido compuesto, hasta un conocido colectivo que se echó bastantes años de más para otorgarse una pátina de antigüedad ridícula e innecesaria puesto que sus méritos reales eran por sí mismos más que sobresalientes, pero lo de este año ha sido ya de vergüenza ajena: colectivos auto postulándose para el premio, otros reconociendo públicamente y sin tapujos que buscaron quien les propusiese en la Mesa de Sanfermines e incluso ha habido quien sin pudor alguno ha publicado cartas reafirmándose en que son ellos “quienes se lo merecen”… aunque hayan quedado fuera por no cumplir los requisitos, mis cojones y yo treinta y tres que decía mi abuelo. Solo falta que las casas de apuestas incluyan el certamen entre su oferta para que la originariamente buena idea se pudra del todo. Por desgracia, el bienintencionado proceso participativo se ha convertido en una competición absurda entre colectivos y asociaciones, todas ellas imprescindibles en el tejido social de nuestra ciudad, que no deberían pugnar entre sí por algo que hasta la llegada de los nefastos alcaldes antes citados nunca fue motivo de discordia sino de unidad y alegría. No me parece a mí que una dinámica basada en la competición directa con un resultado final en que unos colectivos son merecedores y otros merecedores pero no tanto (eufemismo de ganadores y perdedores) sea precisamente una buena manera de fortalecer el tejido asociativo, la cohesión social y hacer comunidad. Quizás el error fue convertir el txupinazo en un acto de reconocimiento social –para eso el Ayuntamiento ya dispone de otros recursos como el Pañuelo de Honor, instaurado en 1966 y concedido desde entonces a diferentes entidades y personas– y haberlo sobrexpuesto en lugar de conservarlo como tantos y tantos momenticos de nuestra fiesta, bajo un manto de discrecionalidad exento de protagonismos. Algo que hay que reconocer es ciertamente difícil en estos orwellianos tiempos de striptease mediático que vivimos. Quizás sea la falta de experiencia social en procesos participativos, referéndums, etcétera –los Alpes suizos nos quedan muy lejos– la causante de estas distorsiones democráticas y nos queden décadas para naturalizar y optimizar estas para nosotros y nosotras nuevas prácticas democráticas, (¿cuántas veces se nos ha preguntado sobre algo en casi cincuenta años de democracia?). Quizás sea por nuestro caliente y apasionado carácter navarro, férreo defensor de nuestras convicciones, pero resulta evidente el fracaso de estos primerizos y tardíos intentos. En el caso que nos ocupa, no sé si la solución es que el alcalde de turno tire el cohete toda la legislatura, que las Peñas se encierren en una bodega cual curia vaticana y no salgan de ahí hasta que el humo sanferminero salga por la chimenea, aunque lo hagan a cuatro patas, que el lanzamiento del txupin se sortee entre todos los ciudadanos y ciudadanas de Iruña o que el cohete lo tire un clon Etxepare equipado con IA y fabricado por alumnos y alumnas de la UPNA pero, visto lo visto, y a no ser que queramos seguir haciendo el ridículo año tras año, está más que claro que repensar el sistema de elección de la persona que tira el txupinazo es algo inaplazable y urgente. Mientras la reflexión y la prueba-error, prueba-acierto de sus frutos, un poco de humildad, mesura y sentido común por parte de los diferentes colectivos de la vieja Iruña vendría bien. ¡Ya falta menos! Gora Iruñeko jaiak!