En un mundo revuelto, la política no aporta soluciones estables a los problemas sociales, por lo que atraviesa por un cierto desprestigio, lo que conlleva una preocupante desafección ciudadana. La corrupción, que salpica a los partidos más importantes, incrementa el descrédito y aumenta el alejamiento del electorado que, o bien no acude a las urnas a votar, o bien decepcionado apuesta por los partidos más radicales y populistas, que lejos de afianzar la democracia, la ponen en serio peligro. Este acercamiento ciudadano a los partidos políticos extremistas es más visceral que racional, pues se sustenta en emociones como la frustración y el desquite, o sea, en una especie de ajuste de cuentas con los partidos clásicos. Hoy día la política infravalora la ideología, que es la que debe orientar su praxis y descuida los principios y valores que son los que la deben presidir. Ha optado, en cambio, por una práctica que enfatiza el relato, la habilidad comunicativa, los titulares llamativos, la estrategia utilitarista y la estética publicitaria, lo que merma su contenido. Los partidos políticos se han convertido en empresas que concurren en pública subasta para gestionar los recursos públicos sin más pretensiones que un posibilismo utilitarista, ante un electorado incrédulo y desorientado que no sabe muy bien a qué atenerse. En definitiva se ha dejado a un lado el contenido para centrarse en la forma o en el envoltorio, lo que provoca que la política haya perdido credibilidad y, por lo tanto, los políticos ya no sean los referentes que aporten soluciones a los problemas. El enfrentamiento extremo, la polarización y la crispación agravan la cuestión, pues la ciudadanía da muestras de agotamiento. Y a esto hay que sumar la desinformación, los bulos que circulan por las redes sociales, los insultos personales que deshumanizan a los adversarios y el irresponsable descrédito que pesa sobre las instituciones democráticas. En los debates políticos prima la contundencia y la descalificación del adversario en detrimento del rigor intelectual y del entendimiento en cuestiones de interés general que deben facilitar la cohesión social. Sin embargo, es necesario que se vayan despejando estos recelos en la medida en que se vislumbren las grandes ventajas de un mal acuerdo respecto a los graves inconvenientes de un radical disenso. La búsqueda incesante del consenso para acabar con la desigualdad entre hombres y mujeres, con el problema de la vivienda o con la degradación del medio ambiente debe ser el nuevo paradigma que presida este siglo, aunque la radical oposición de la ultraderecha nos está deslizando por una arriesgada pendiente que pone en peligro a la mismísima democracia. Una cuestión muy preocupante en la actual deriva política es la xenofobia, bajo la cual subyace una concepción maniquea y primitiva del mundo en la que existen dos partes: los autóctonos, esto es, los buenos que custodian los valores y tradiciones propias; y los inmigrantes o invasores, o sea, los malos que pretenden subvertir o viciar la cultura propia. No se trata de oponer la patria real y tradicional frente a una en la que se extiende la idea del reemplazo cultural, pues es totalmente falso, como lo es también que los foráneos vayan a privar de empleo a los autóctonos. En realidad, lo que realmente existe es una representación del conflicto de clases. Siendo los xenófobos la clase dominante, y los inmigrantes la prole dominada. En este sentido, el papa León XIV considera que la migración es una cuestión moral que afecta la dignidad humana. Chomsky ha descrito con alarmante claridad la actual situación de la política que opera inmersa en un mundo globalizado y neoliberal que impone las líneas rojas que las políticas de izquierdas no deben ni pueden rebasar. El fracaso del comunismo ha contribuido a que la derecha gobierne cada vez con políticas liberales mucho más duras e injustas mientras la socialdemocracia, cuando alcanza el poder, asfixiada por los imperativos del mercado financiero y empresarial, apenas puede profundizar en el avance de las políticas sociales, aplicando medidas paliativas. De hecho, Fukuyama decretó la muerte de las ideologías, el anacronismo de la lucha de clases y de cualquier discurso que remita a aquellos ideales de la Ilustración que abrazaban la emancipación de los seres humanos. Sin embargo, las clases sociales, máximo exponente de una sociedad injusta y desigual, subsisten. Asistimos así a un mundo global gobernado por el poder financiero, empresarial y por el panóptico digital y sus algoritmos, que están zahiriendo gravemente la política, sustituyéndola por un pragmático que tiende a desmantelar o privatizar los servicios públicos y a generar graves desigualdades. En fin, aunque son muy necesarios los acuerdos, hay que valorar los riesgos que implica la reedición de una componenda fáustica como la de Goethe.
El autor es médico psiquiatra