Las imágenes de la destrucción, las cifras de muertos y heridos y los testimonios de quienes han perdido a personas allegadas o su vivienda tocan la fibra sensible y mueven a la lástima y la compasión. Más cuando se difunden de forma masiva y sensacionalista por parte de muchos medios, buscando alimentar emociones que aumenten la audiencia.

De forma paralela, desde medios y vocerías de gobiernos se canalizan profusamente ciertos mensajes y se ocultan deliberadamente otros. Por un lado, se traslada la idea de que Venezuela es un país atrasado, que no tiene recursos para hacer frente a las consecuencias del terremoto. Un país sin apenas medios para rescatar a las personas atrapadas bajo los escombros, con un sistema sanitario colapsado y con unas frágiles infraestructuras y servicios públicos que han quedado ampliamente desbordados. Un Estado débil, incapaz.

En esencia, el Estado venezolano sería un Estado fallido, tal y como presentan al Estado cubano desde el gobierno de EEUU. Un Estado fallido debido a un gobierno chavista que durante años ha llevado al país a esta situación. Es más, desde algún medio reaccionario se enfatiza que “las viviendas sociales de Hugo Chávez se desploman“... Esta tragedia de origen natural también da pié a seguir presentando al chavismo como el origen de los males en Venezuela.

Frente a ese chavismo incapaz emerge la ayuda de los Estados “solidarios“. Gobiernos de derecha y ultraderecha, enemigos acérrimos de cualquier proceso de transformación popular, envían equipos de rescate y ayuda humanitaria para mostrar su altruismo para con el pueblo venezolano, doblemente castigado: bajo el chavismo y bajo un terremoto. Los gobiernos de Chile, Argentina o El Salvador se posicionan en primera línea para la foto. También la Unión Europea: 5 millones de euros frente a los 90.000 millones de ayuda aprobada para 2026/27 para Ucrania...

No podían faltar los “samariOTANos“ de EEUU, que también envían sus medios en forma de marines y demás personal, entre el cual cabe esperar agentes de inteligencia camuflados de asistencia humanitaria. La DEA y diversas ONGs han sido históricamente una vía para obtener información e influencia in situ en diversas regiones de interés aunque, en el caso de Venezuela, últimamente ni siquiera necesiten disimular su descarado intervencionismo.

Por otro lado, está la realidad que se oculta. La realidad de un pueblo organizado desde abajo que intenta responder a una situación trágica. Un pueblo organizado históricamente desde diversas estructuras de izquierda pero al que la llegada del chavismo posibilitó e impulsó a tejer multitud de redes organizativas en barrios, centros de trabajo, comunidades campesinas y pueblos originarios.

La conceptualización y desarrollo del poder popular mediante el sistema comunal es la máxima expresión de esta compleja organización, la cual está siendo uno de los soportes para atender a las personas afectadas y reorganizar la vida social.

Mientras siguen estrangulando la economía venezolana, estados y gobiernos criminales envían donaciones simbólicas para presentar una cara bondadosa cuando la situación lo requiere

La otra realidad que se oculta es la de la agresión imperialista que, de forma implacable, erosiona Venezuela desde hace dos décadas y media y, especialmente, desde la partida física del comandante Chávez y la llegada a la presidencia de Maduro. Desde 2014 han implementado 1.081 medidas coercitivas que han supuesto la pérdida de más de 230.000 millones de dólares y han lastrado gravemente el desarrollo económico y social.

Medidas diseñadas para hacer el mayor daño posible, para crear una crisis económica, social y humanitaria que llevara al gobierno y al proyecto chavista en su conjunto al colapso. Esos fondos hubiesen permitido que Venezuela dispusiese hoy de más y mejores hospitales, ambulancias, servicios de emergencia, infraestructuras...

La guerra híbrida contra Venezuela también incluye una maquiavélica estrategia para vaciar el país de profesionales cualificadas en los ámbitos de la salud, construcción, ingeniería, asistencia... imprescindibles para el desarrollo de cualquier país y especialmente necesarias en estos momentos.

Todos esos recursos materiales y humanos cercenados hubiesen paliado en cierta medida las consecuencias del terremoto. Una parte de los muertos y heridas y de la destrucción causada es directamente achacable a esa política criminal practicada activamente por unos, aplaudida por otras, silenciada por la mayoría y denunciada por unas pocas a lo largo de estos años.

A Venezuela se le retienen más de 5.000 millones de dólares en el extranjero y 31 toneladas de oro valoradas en más de 4.000 millones en el Banco de Inglaterra. Mientras siguen estrangulando la economía venezolana, Estados y gobiernos criminales envían donaciones simbólicas para presentar su cara bondadosa cuando la situación lo requiere.

Desde el 3 de enero, además, la paradoja se vuelve grotesca: el imperialismo yanqui roba, a punta de secuestro de presidente y de tutela bajo amenaza militar, toneladas de petróleo a diario mientras se envían donativos a ese mismo país para escenificar una ayuda hipócrita.

De nuevo, la escena de los pueblos que quieren construir su propio camino y son desangrados por el imperialismo que, en un alarde de magnanimidad propagandística, acude con una tirita después de degollar a la oveja negra.

Las cifras de fallecidos por el terremoto hay que sumarlas a la larga lista de muertas en silencio durante la última década por no disponer de medicamentos o atención sanitaria suficiente como resultado de una política de asfixia de la población por hambre y enfermedades (especialmente de los sectores más humildes, base del chavismo). Victimas que se estiman entre 40.000 y 100.000 personas; bastantes más que las de este terremoto.

Esa es la realidad que no puede quedar oculta bajo los escombros. Esa es la realidad que no puede quedar oculta bajo donaciones. Esa es la realidad que ayer, hoy y mañana, debemos seguir sacando a la luz. Esa realidad que, a diario, más allá de los momentos en que tiembla la tierra, debemos rescatar de entre los cascotes de la ignominia.

Esa realidad que, con la vista puesta en los demás pueblos pero con esa misma vista y los pies puestos en Euskal Herria, debemos luchar por cambiar desde el internacionalismo.