si Ricardo López contara las historias como las relata Ignacio Eizaguirre, quizá comenzaría diciendo que "fui un niño que se crió y creció en el barrio de Campamento, en Madrid, en el distrito de La Latina. Era ésta una zona poblada por familias de trabajadores que llegaban a la capital en busca de un futuro mejor. Como mis padres. Yo fui un chico normal de barrio. Comencé jugando en el Santa Lucía y hoy, cuando veo el tiempo que ha transcurrido y todo lo que me ha pasado, nunca me hubiera imaginado llegar tan lejos. Sobre todo después de regresar de Inglaterra. Porque ya tenía 33 años...". Y parafraseando al guardameta de leyenda, también podría añadir: "Vine a Pamplona para dos años y el próximo será el séptimo...".

De Ricardo, los periodistas que cubren día a día el quehacer de Osasuna y de su plantilla dicen que es un hombre de ánimo mudable: que lo mismo les planta en una conferencia de prensa que tenían concertada porque debe "concentrarse" para el próximo partido, como les gasta bromas y es el tío más enrrollao. Ricardo es así, "un niño grande" en la versión de su actual entrenador, José Luis Mendilibar.

Todo lo anterior, de cualquier forma, es opinable y cuestionable; a veces, ni uno mismo llega a conocerse tan bien que no le sorprendan sus propias reacciones: así que cómo enjuiciar las de este tipo de 39 años que tiene licencia para pilotar ultraligeros...

En el caso de Ricardo, sin embargo, lo que no admite dudas es su afán de superación. No sólo por mantenerse fresco y en activo a una edad en la que otros profesionales llevan ya tiempo viendo el fútbol desde la grada o en el sofá de su casa, sino porque tiene asumido que lo suyo, su presencia más o menos larga en el balompié, es un reto personal. Un desafío que vale lo mismo para el chico de barrio humilde que "si no hubiera sido futbolista, sería ahora un trabajador, pero un trabajador emprendedor, porque soy una persona que si me propongo algo, lo hago".

Su prolongada carrera deportiva es el mejor ejemplo de constancia. Hasta los 30 años jugó muy poco en la máxima categoría y sin encontrar un destino definitivo y a su medida. Incluso su ilusionante aventura en Inglaterra, en el momento en el que por fin despuntaba, mejoró muy poco sus números. Quizá esos paréntesis de actividad le han acabado ayudando, porque han preservado su físico de golpes y le ayudaron a madurar para entender que el fútbol es un teatro de luces y sombras. Y ahora que es cabeza de cartel, se apunta a la función continua.

Es fácil imaginar a Ricardo dentro de 50 años. Presumido todavía, mirándose en los espejos y recomponiendo el último detalle de su indumentaria. Quizá entonces un periodista le visite y le informe de que su récord de longevidad está a punto de finiquitar. Ricardo se recostará en un sillón y comenzará su narración: "En aquel verano de 2005 yo tenía ofertas de varios equipos....".