Juez de línea

Nos echaban de menos

10.02.2020 | 01:49
Chimy Ávila exhibe su poderoso salto ante Carles Pérez.

ahora mismo, después de este espectacular partido, no entiendo cómo el fútbol de Primera ha podido sobrevivir dos años sin Osasuna. ¿A que nos echaban de menos? Porque las crisis del Madrid, las arengas semanales de Simeone, los debates casi siempre forzados en torno al Barça, dan para lo que dan y quienes son ajenos a esos equipos acaban aburridos cuando no hastiados del mismo guión en radios y televisiones. No, la Primera no era la misma sin Osasuna y buena prueba de ello eran las opiniones (aplaudiendo o desdeñando) vertidas en las redes sociales después del ascenso: unos quieren a Osasuna en la élite y otros hacen votos por el descenso a Tercera. Osasuna y el osasunismo no dejan insensibles a los seguidores del fútbol. Sí, esta liga patrocinada por un banco necesitaba a un club de economía de resistencia como Osasuna para darse un baño de épica con un partido como el de ayer que desafía el clasismo imperante. El rugido con el que el estadio recibió la salida de los dos equipos anunciaba, por fin y después de las dos jornadas de toma de contacto, un partido de Primera con mayúsculas, un clásico a la manera de aquí. Y fue así, porque rememoramos un duelo estilo años ochenta, cargado de pasión, mirando a la cara al gigante, sin encogerse, exprimiendo los recursos al límite y levantándose cuando el marcador le daba por muerto. Pegando y encajando, como un boxeador valiente para quien el éxito no consiste en ganar tanto como en mantenerse en pie durante los quince asaltos esperando una oportunidad, un descuido, que le permita dar el golpe definitivo. Y Osasuna lo dio. Aunque este empate a dos no es un KO, ha sido recibido como una victoria a los puntos. Sobre todo por el esfuerzo que lleva detrás, la buena planificación del partido por parte del entrenador, el correcto y pundonoroso despliegue de los jugadores. Un 0-0 hubiera tenido el mismo valor en puntos, pero el 2-2 habla de la codicia de un equipo que no lo fió todo a su sistema defensivo sino que rentabilizó el arreón de los primeros minutos (esa salida en tromba tan marca de la casa) para colocarse con ventaja pero que, cuando lo daban por sentenciado, tuvo el coraje de irse al ataque hasta provocar un penalti gratificante y redentor. Que el Barcelona le haga dos goles a Osasuna no es extraordinario, sí lo es que los reciba de los rojillos cuando el porcentaje de posesión de balón de estos era exiguo. Este es el valor que Osasuna aporta a la Primera división: la reivindicación de los modestos, los partidos abiertos, la pasión de sus jugadores, la leyenda de su estadio inexpugnable... No siempre es así, claro, y los ciclos naturales llevan a veces al olvido; pero este Osasuna recordó ayer al de los ochenta, cuando año a año, hazaña tras hazaña, conquistó un hueco entre los grandes. Hasta resultar imprescindible.

Así es la personalidad del equipo y la de su afición. No creo que sea un cumplido barato cuando los rivales elogian el ambiente de El Sadar. Escuchar ayer el clamor de la grada, las canciones de ánimo con el 1-2, cómo vive la afición un partido de este calibre, da valor a la Liga. La hinchada presiona y empuja, defiende con sus pitos cuando el rival tiene la posesión y lanza los contragolpes con un murmullo al unísono. La afición también pita el penalti por la mano de Piqué, hace trompicar a Carlos Pérez cuando se masca el 2-3 y da oxígeno a Chimy para una última carrera. Esto solo pasa aquí y ahora la Primera división tiene la suerte de disfrutarlo. Que sea por muchos años.