El empate ante el Athletic deja un regusto extraño, de esos que no sabes si guardar en el cajón de las buenas sensaciones o en el de las oportunidades perdidas. Probablemente en ambos. Porque Osasuna fue Osasuna, pero faltó ponerle la guinda con una victoria para que estuviésemos hablando del mejor partido de la era Lisci.

El equipo compitió, se sostuvo y mandó en muchos momentos, especialmente en la primera miad. Volvió a ser reconocible, sólido atrás y con intención arriba. Y eso ante un rival incómodo, intenso y con colmillo. El 1-1 final hace justicia a lo visto sobre el césped de El Sadar, donde los rojillos ofrecieron una versión convincente, especialmente en el plano defensivo, pero también el rival tuvo un buen rato por encima de los navarros.

Ahí emergen dos nombres propios que ya no sorprenden, pero sí confirman: Herrando y Catena. La pareja de centrales firmó un partido muy serio, de jerarquía y lectura, ganando duelos y transmitiendo seguridad. Herrando, además, parece haber dado ese paso definitivo que se le llevaba tiempo pidiendo: personalidad, liderazgo y un punto de mando que contagia al de al lado. Catena, en su línea, volvió a ser el sostén silencioso.

Y si la zaga fue fiable, la gran noticia llegó por la izquierda. Javi Galán debutó como si llevara media vida en Tajonar. Profundo, valiente, con ritmo y criterio. Un jugador que suma desde el primer minuto y que encaja como anillo al dedo en lo que este Osasuna necesita. No es fácil llegar y rendir así. Galán lo hizo.

Pero Osasuna no solo se sostuvo atrás. Aimar y Moncayola tejieron un partido de mucha inteligencia, equilibrio y compromiso. Aimar volvió a ofrecer ese talento natural que ordena el juego sin estridencias, apareciendo entre líneas y dándole sentido a cada posesión. Moncayola, mientras tanto, fue el sostén físico y táctico, siempre bien colocado, atento a las ayudas y al ritmo del partido. Juntos dieron al equipo pausa cuando la necesitó y energía cuando tocaba apretar. A un costado, Rubén García demostró por qué es necesario aún para el equipo y se sacó un zapatazo que, con un poco de ayuda de Simón, se convirtió en el gol de Osasuna.

Con todo eso sobre la mesa, el sentimiento que queda es el de cierta pena. Porque el partido estaba para algo más. Porque el Athletic acusaba el desgaste y Osasuna pedía a gritos un empujón final. Y ahí es donde el reloj jugó en contra. Los cambios llegaron tarde, cuando el contexto reclamaba piernas frescas y colmillo. No se trata de señalar, sino de constatar que quizá el equipo tuvo margen para ir a por el partido y no terminó de hacerlo.

Aun así, conviene quedarse con lo positivo. Este Osasuna transmite. Compite. Da señales de vida y de crecimiento. No es poco. El empate no entusiasma, pero las sensaciones invitan a creer. Y eso, en El Sadar, siempre acaba siendo un buen punto de partida.