La elegancia con la que Aimar Oroz se mueve por el verde no pasa desapercibida. Tampoco para los defensores rivales, que partido tras partido han convertido al centrocampista de Osasuna en su objetivo prioritario. Las cifras no mienten: 2.2 faltas recibidas por encuentro colocan al navarro entre los jugadores que más palos reciben de toda la competición.
Para poner en perspectiva este dato, basta con compararlo con jugadores que acaparan titulares cada fin de semana. Lamine Yamal, la joven perla del Barcelona que deslumbra con sus regates, recibe menos castigo que Oroz. Y eso que el extremo azulgrana es precisamente el tipo de futbolista que suele provocar la desesperación en las defensas contrarias.
Pero hay algo que preocupa más allá de los números. La naturaleza de esas faltas ha cambiado. Si al principio de temporada eran entradas más o menos aceptables dentro de la dureza habitual del fútbol español, en las últimas jornadas han cruzado una línea invisible. Cada vez son más duras, más innecesarias, más orientadas a cortar su influencia por la vía rápida.
Esta escalada en la intensidad de las faltas plantea preguntas incómodas. Cualquiera que siga los encuentros rojillos se pregunta si los colegiados están siendo lo suficientemente contundentes para pararlo. En las dos últimas jornadas Aimar ha recibido varias entradas que mínimo merecían una revisión desde el VAR que no llegó. Nadie duda de que si el jugador vistiese la camiseta de uno de los dos transatlánticos ya se habría puesto el debate sobre la mesa de si necesita el futbolista una mayor protección arbitral. Lo cierto es que cuando un jugador se convierte en diana sistemática, este debate debería de plantearse dentro del CTA.
Los aficionados rojillos lo ven partido tras partido. Oroz recibe el balón, amaga, busca el espacio y llega la entrada. A veces por detrás, otras de frente, casi siempre fuera de tiempo. Incluso de lugar. Como contra el Oviedo, al lado del área propia. El colegiado pita, saca la cartulina amarilla en el mejor de los casos, a veces ni eso, pero el daño ya está hecho. El centrocampista ya ha salido tocado más de un día.
Mientras tanto, Osasuna observa con inquietud cómo su talismán acumula golpes. Porque Oroz no es simplemente un jugador más en la plantilla de Alessio Lisci; es el engranaje que hace funcionar el sistema, el futbolista diferencial capaz de desequilibrar con un pase o una conducción. Perderlo por una lesión derivada de tanto castigo sería un golpe durísimo para las aspiraciones del equipo.
El dato
Centrado en lo suyo. Pese a convertirse en el saco de boxeo de media LaLiga, Aimar Oroz no pierde el foco. El centrocampista navarro ha dejado claro sobre el césped que su mentalidad no cambia y solo piensa en seguir mejorando y aportando al equipo. Las patadas forman parte del oficio, viene a decir con esa naturalidad que le caracteriza. Mientras otros futbolistas podrían verse tentados a protestar más, a teatralizar las faltas o incluso a bajar el ritmo por precaución, Aimar solo piensa en ayudar a Osasuna.