No fue una buena noche para Catena. Tampoco para Osasuna. Hay partidos en los que un defensa central termina con la frente con mas marcas que la chapa de un coche de rallys y los brazos tatuados con arañazos profundos como surcos. Ese día sale airoso en la pelea cuerpo a cuerpo con el delantero, pero su aportación queda muda en un segundo plano y a la sombra del compañero que haga gol. El espectador acostumbra a valorar más a quien fabrica un gol que a quien lo evita. Porque, ¿qué sería del fútbol sin los goles? El central osasunista empañó en Mendizorroza en dos desafortunadas intervenciones el protagonismo que hoy tendrían Rosier y Budimir, o Kike Barja, o Lisci por la propuesta escénica que realizó de un juego de dos velocidades.
Lo del entrenador italiano fue una maniobra propia de reptiles; primero trató de hipnotizar al rival con aburridos pases de balón entre sus dos centrales y el portero; y cuando veían la oportunidad, rompían por el dentro Moncayola y Oroz, y por las bandas Galán, Barja y Rosier. Aunque pueda resultar una exposición un poco desesperante para quienes asociamos a Osasuna con un juego rápido y nada especulativo (primitivo lo llamarían algunos), lo cierto es que el equipo del italiano pudo dejar su tarea muy avanzada en la primera parte si Sivera no evita el 0-2 en un espectacular remate de cabeza de Rubén García. Pero ahí es cuando llegó el primer borrón de Catena: Rosier le dejó mano a mano con Toni Martínez, el defensa rojillo no fue contundente en el cuerpeo y el atacante acabó marcando un bonito gol… de churro, porque si golpea bien la pelota no la coloca ni entre los tres palos. Para él la gloria; para su marcador, la censura. En ese empate con el que los dos equipos se retiraron al vestuario no son pocos los que vieron un fracaso de ese juego pausado y controlador ordenado por el entrenador, carente de falta de ambición para torturar a un Alavés que, jugándose la permanencia, arrancó el partido con un gol en contra. Personalmente no me desagradó el plan de Lisci: en los movimientos de sus futbolistas hay mucho trabajo de entresemana, mucha involucración de la plantilla (basta observar cómo se corrigen unos a otros), y el proyecto inequívoco de aplicar un sello personal. Porque para el fútbol a desplegar a toque de corneta siempre hay tiempo.
Escuchaba la pasada semana a un estudioso de la historia del Alavés desgranar algunos episodios curiosos en los enfrentamientos entre ambos equipos. Ponía el acento en una amistosa relación gracias a la cual los dos conjuntos se habrían ayudado en momentos en los que los puntos de final de temporada eran más urgentes para unos que para otros. Ayer, sin embargo, la victoria era una necesidad imperiosa para Osasuna y Alavés; y llevado a ese extremo, no hay ni amigos ni conocidos, y si no que se lo pregunten a Pablo Ibáñez. Así que tras una primera parte más versallesca, el segundo acto recuperó el fútbol del barro. Hubo mucha falta, mucho choque, un amago de trifulca y una tregua en la fiesta de buena vecindad por motivos, ya digo, de fuerza mayor.
Como reconoció Rubén García, los futbolistas también encuentran disfrute en esa propuesta tosca de balones divididos y colisión de huesos. Entiendo que Catena no pensará lo mismo que su compañero, porque por una vez que se pasó de frenada atropelló el pie de Toni Martínez y el chivato del VAR llamó a capítulo al árbitro para deleitarle con varios pases del penalti. Penalti, segundo y definitivo empate y fin de partido. Cuando el árbitro se llevó el silbato a la boca para clausurar la velada, Catena oteaba el horizonte con el balón en los pies. Posiblemente fue un gesto de generosidad del colegiado.