Entre las temporadas 1934/35 y 79/80, Osasuna jugó en una categoría dominante, la Segunda División. Más cerca de la Tercera que de la Primera, de hecho en los años setenta jugó cuatro temporadas en Tercera y seis en Segunda. La campaña 80/81 aparece así como un punto de inflexión milimétrico en la historia del club, 44 temporadas antes y las mismas después la convierten en un auténtico eje central de la historia del club que nació en 1920.
A partir de entonces, la categoría típica de Osasuna (medida a través de la mediana) cambia y pasa a ser la Primera División. No se trata de una lectura simbólica, la mediana ofrece un criterio estadístico robusto para identificar la categoría central de cada etapa y confirma, con números, lo que ya nos adelantaba la intuición. Aquel ascenso no fue el primero en la trayectoria del club, pero sí fue el definitivo. Marcó un antes y un después, no solo en lo competitivo, sino en la forma de entender el juego.
Sentó las bases de un estilo que, con el paso del tiempo, acabaría definiendo lo que hoy se conoce como el juego de los Indios. Detrás de ese cambio estuvo la figura de Pepe Alzate, un entrenador estudioso y adelantado a su tiempo, que apostó por la presión como seña de identidad décadas antes de que se convirtiera en un estándar del fútbol de élite. Aquella propuesta no solo tuvo impacto en los resultados sino que también facilitó una identificación entre el equipo y la sociedad navarra, apoyada en valores reconocibles como el esfuerzo colectivo, la intensidad y el compromiso.
A ese proceso se sumó otro elemento clave, el nacimiento y desarrollo de Tajonar, cuyos terrenos se compraron en el mismo año del ascenso. La apuesta por la formación propia aportó al club identidad, continuidad y sostenibilidad, y reforzó la transformación iniciada en los primeros años ochenta. De forma natural, Osasuna ahora vuelve a asomarse a otro momento de reflexión. En los últimos años ha mejorado su rendimiento en Primera División y la lucha por puestos europeos se ha instalado de manera recurrente en el debate.
Incluso dentro del vestuario se percibe una mayor ambición y el deseo de dar un paso más. Sin embargo, del mismo modo que lo sucedido a partir del año 1980 no fue un hecho aislado, sino la culminación de cambios profundos, cualquier intento de consolidar ese nuevo impulso exige algo más que buenos resultados puntuales. La posición típica del club en Primera División en esta segunda etapa (la mediana está en el puesto 11) sigue marcando una barrera para hablar de subir las exigencias.
El reto pasa por dar un nuevo salto cualitativo, equiparable a lo que supusieron en su día Tajonar o la implantación de un estilo propio. Un cambio que permita sostener de forma realista y duradera la aspiración europea y que resulte diferencial respecto a la situación actual. Alcanzar ese nuevo escenario probablemente exija una evolución diferencial del club, alineada con modelos modernos y eficientes ya contrastados en otros entornos. No sería una novedad en la historia de Osasuna; hoy, aspirar a subir un par de puestos en la tabla y hablar de Europa sin complejos debería interpretarse como un reto comparable al que se afrontó en los años ochenta.
*El autor es exfutbolista y profesor de la UPNA