De hecho, muchos de sus inquilinos están a punto de perder la paciencia después de contemplar cómo se han venido incumpliendo los plazos de las obras sistemáticamente. Entre los cerca de 300 habitantes de las 100 viviendas del barrio hablan de "abandono" y "situación tercermundista". No obstante, son los pocos comercios que quedan en la zona los que peor lo llevan, con una perdida de las ventas de entre un 40% y un 75% en los últimos años.

Cuesta encontrar en Pamplona un contraste tan grande como el que existe entre el Soto de Lezkairu y su entorno. En principio, se espera que esta situación empiece a revertir a medida que avance la urbanización de la zona y se instalen en el barrio 5.000 nuevos vecinos a los que acompañarán nuevas dotaciones. Entre los actuales inquilinos, sin embargo, pesa sobre todo la resignación y el pesimismo. En la tienda de alimentación del barrio tres vecinos se afanan en enumerar, uno tras otro los perjuicios, que vienen padeciendo.

"No ha habido ninguna consideración con los vecinos, estamos abandonados, es una situación tercermundista. Aquí hay mucha gente mayor que ha tenido que andar entre barro y los camiones cualquier día se llevan un niño por delante. Se supone que las cosas comenzarán a mejorar, pero yo empiezo a dudar que vaya a ver con mis propios ojos todo lo que han proyectado", explica Ana Pérez. Esta pesadumbre se explica sobre todo por la tardanza de las obras en el barrio y la falta de información a los vecinos. Éstas comenzaron con la construcción del vial de la zona de Monjardín hace cinco años y con ellas llegaron los retrasos. Con estas obras empezaron también los cambios en los accesos, que han hecho especialmente daño a los pocos comercios que aguantan.

"Antes por aquí pasaba mucha gente, era un sitio de paso para muchísimas personas. Ahora no pasa nadie, fue un cambio muy brusco. La situación, además, se ha agravado desde agosto. El problema es que no ha habido ninguna información y cuando hemos pedido plazos se han incumplido de manera flagrante. Si llegamos a conocer la magnitud de la obra y los verdaderos plazos habríamos pensado en otras soluciones para los negocios. Ahora vendo una cuarta parte de lo que vendía en 2006, un 70% menos. En toda la mañana de hoy ha venido una persona y la semana pasada ni abrí", explica Roncesvalles Gorraiz, de la Cestería Garralda.

En la bajera de al lado, Xabigo González, un histórico fabricante de bicicletas -Induráin o Ciapucci han probado sus cuadros-, suscribe todo lo que comenta Gorraiz. En su caso habla de un 40% menos de facturación. Su enfado por la situación que vienen padeciendo, sin embargo, es parejo al de su vecina comercial. La pasada semana su indignación alcanzó el súmun. "Parecía que estábamos en la guerra, estaba todo lleno de zanjas como si no viviese nadie aquí", explica mientras muestra unas fotos de la pasada semana en las que se ve todo el suelo levantado. De paso, enseña una lista en la que se aprecia el inicio de cada una de las fases de las obras y su final. Los retrasos superan los 12 meses.

Tras quejarse durante meses y llamar a diario al Ayuntamiento, los vecinos lograron que el pasado 31 de enero varios representantes municipales visitasen el barrio. Entonces les dijeron que las aceras estarían a punto en dos semanas. Ayer seguían levantadas. El concejal Valentín Alzina reconoce que las cosas se podían haber hecho mejor. "Se han enfilado nuevos frentes de la obra sin acabar los anteriores y se han provocado muchas molestias. Además, hay que mejorar la señalización. Es verdad que hay comercios en una situación extrema y es cierto que muchas de las quejas están justificadas", explica. Alzina confía en que el resultado final de las obras acabe haciendo olvidar este trance ya demasiado largo. Ahora mismo, aún en caliente, los vecinos tienen sus dudas.