Hola personas, ¿Qué tal vamos? ¿encarando el final de este verano 25? Ya veis, tempus fugit, el tiempo vuela, ayer estábamos planchando el traje blanco y sacando faja y pañuelico de su cajón, y hoy estamos ya guardando el bañador y las chancletas. Se acabaron los paseos mañaneros por la playa y los vespertinos por el paseo marítimo, bien acicalados y tomando un helado, se acabaron las veladas a la fresca en la plaza del pueblo, en esas noches templadas en las que un rico olor a tortilla de patata invade calles y plazas. En nada la normalidad se impondrá en nuestro día a día y viviremos soñando con el puente foral o con el de la constitución. Hasta entonces vivamos nuestra cotidianeidad pamplonesa lo más felices que podamos. Si nos dejan.

Yo esta semana he recurrido a un clásico y me he ido a ver que tal estaba mi camino favorito, el serpentín que de Beloso lleva al río, tras las obras que se han llevado a cabo en todo ese entorno.

Vamos a verlo. Salí de casa el lunes de par de mañana, con el fresquito que estos días hemos disfrutado, y todo recto, por mi calle Gorriti, llegué a terrenos de la Media Luna y tomé a mi derecha. Antes de seguir me asomé unos minutos a la barandilla para disfrutar de esa maravillosa vega que tenemos y que llamamos Magdalena, en honor de la santa enfermera, auténtico filón de oro verde que da las mejores lechugas del mundo. Escrutado el terreno cercano y el lejano, seguí ruta para llegar a mi destino y en nada llegué. En primer lugar, he de decir que la cuesta grande, la que comunica Pamplona con Burlada, la que es comienzo de viaje para quien se dirige a Baztán, a Ulzama, o a Francia, creo que ha quedado de lujo, ha sido un buen trabajo.

En cuanto a mi camino no tengo la misma opinión. Llegué y vi una entrada lujosa, no me lo podía creer, un nuevo y reluciente tramo de barandilla “verde Pamplona” ha sido instalado en la parte derecha del comienzo de la bajada, lo cual le da cierta entidad, cierta importancia de camino oficial, pero, ya metidos en gastos, podían haber ennoblecido ese pequeño tramo con un escudo con su león pasante que, en este caso, sería león paseante y que, estando allí presente, nos invitaría a tomar con él tan deliciosa vereda. Sin embargo, poco duró mi alegría. Yo no sé como funcionan estas cosas y quizá el presupuesto de las máquinas desbrozadoras era exclusivamente para lo contemplado en el proyecto grande y fuera de él no puede cortar ni una rama de ligarza para hacerse un cigarro, ¿recordáis?, pero ya que estaban metidos en jaleo por la zona, digo yo que bien podían haber adecentado la parte superior del camino, la de la primera curva en su lado izquierdo, es chocante ver hecha un primor la parte derecha y sin embargo la izquierda está totalmente asilvestrada. Sin embargo, cuando ya entras en el camino propiamente dicho, la cosa se pone a la par, ya no hay un lateral cuidado y otro descuidado, no, ahora están las dos en la segunda de las opciones, es decir, echas una pena, es todo yesca, hay tramos en lo que es pura rama seca amontonada, nos tiraremos de los pelos el día que esa ladera, tan querida por muchos, arda. Digo yo que no será tan trabajoso limpiarla de maleza, que no es la selva del Irati, que en dos mañanas se puede dejar impecable. Los árboles que crecen sanos que sigan su vida y lo que esta muerto y seco, al txirrión, no es tan difícil, es cuestión de querer. Seguí bajando y, a pesar de todo, disfrutando. No disfrutaban tanto dos señoras, ya entraditas en calendarios, que, en vez de bajar, subían e iban arrastrando la lengua por el cemento. Antes de llegar al final, dos pelirrojas ardillas me hicieron parar para verlas disfrutar, juguetonas, subiendo y bajando por el tronco de un árbol. Me encantan. Por fin llegué a la pasarela cantarina y paré un rato para ver el lecho del río, masa verde que descansa calma y aquietada y que se convertirá en blanca y rumorosa cuando caiga por el azud del molino de Caparroso. Atravesado el río, llegué a los terrenos de los caballos de Goñi, en esta ocasión con gran número de población equina, tres grandes grupos se arracimaban entorno a los pesebres. Estos caballos no suelen llamar la atención por su belleza, pero los del otro día eran ciertamente bonitos, los había de varios pelajes, tordos, bayos, palominos etc.

Seguí mi paseo y llegué al maravilloso puente de la Magdalena. Lo atravesé para meterme entre murallas y subir hasta el portal de Zumalacárregui, que me dio entrada a la ciudad. Lo hice por la calle del Carmen y a poco de entrar llegué a la librería de viejo de mi amigo Kike Abárzuza en donde entré a echar una parrafada con él. Un bibliófilo y un librero, lógicamente, siempre tendrán de qué hablar. Salí del culto templo y seguí hasta la plaza del Castillo que me enfiló hacia mis terrenos.

No ha sido este el único paseo de esta semana, no, ha habido más y de ellos solo voy a referir tres cosas que sumaremos a esas pequeñeces que sufrimos los ciudadanos porque quienes han de arreglarlas no lo hacen.

En primer lugar, me voy a referir, por una cuestión estética, a las aceras de ciertas manzanas del ensanche, como, por ejemplo, entre otras muchas, las manzanas de Paulino Caballero en su parte alta, no es que no sean unas aceras uniformes, es que son aceras auténtico muestrario de baldosas urbanas, de todo tipo, color y condición. Barcelona tiene su famosa baldosa con su circulo con cuatro orejas, Donosti tiene su baldosa hexagonal, Pamplona tiene un totum revolutum que no hay por donde cogerlo. Que si losetas grandes, que si pequeñas, que si baldosa lisa, que si rayada, que si adoquín. En fin, de locos.

Otra cuestión que me tiene harto son los patinetes a mil por hora por las aceras, estamos en una situación que hace necesario, antes de salir de un portal, de un bar o de una tienda, mirar concienzudamente a derecha e izquierda para que un mamón de esos no te lleve por delante. Cuando la policía municipal agarre a un par de docenas y les casque mil pavos de multa, el resto ya se lo pensarán dos veces antes de tomar las aceras pamplonesas por el circuito de Los Arcos. El siguiente motivo de queja se refiere a un punto muy concreto: resulta que, a alguien, de forma accidental o intencionada, lo desconozco, se le cayó un bote de pintura blanca en la acera de la fachada principal de la Delegación del Gobierno, lugar, por tanto, céntrico y principal. Pues bien, ahí está el gran manchón de pintura con todos sus salpicones rodeándolo y nadie mueve un dedo por limpiarlo, que vaya alguien con un bote de decapante y una pistola de agua a presión y que lo deje limpio, que tampoco cuesta tanto y el aspecto que ofrece ahora es de ciudad guarrindonga.

Y hasta aquí mi escrito de hoy, reconozco que soy un poco Pepito Grillo, pero es lo que hay.

Besos pa tos.