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Figuras de caramelo, roscos y dulces en el Día de San Blas

Distintas pastelerías ofrecen sus productos en la plaza San Nicolás, en el día de San Blas, y los clientes acuden para comprar dulces y bendecirlos

Fotos de la celebración de San Blas 2026 en PamplonaUnai Beroiz

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Las campanas sonaban y, a las puertas de la iglesia de San Nicolás, en Pamplona, una multitud aguardaba, con bolsas en la mano, a que San Blas bendijera sus dulces. La lluvia y el frío no dan tregua en la comunidad, así que muchos navarros se han negado a dejar pasar la oportunidad de que el patrono de las gargantas protegiera la suya de resfriados e infecciones para el resto del año. 

La tradición atribuye al santo el milagro de la curación de un niño que tenía una espina de pescado clavada en la garganta y desde hace años, quienes disfrutan del Día de San Blas, sean o no religiosos, se acercan a los puestos para hacerse con algunos dulces bendecidos. Nerea González de Garay, de Casa Urrutia (Ujué), aunque reconoce no ser muy creyente, asegura que siempre se guarda una bolsa para ella cuando pasa el santo. “Todo lo que nos pueda proteger de enfermar... Bienvenido sea”, dice.

Según relata la pastelera, los postres más típicos de este día son los roscos de San Blas –“que son iguales que los de Reyes, pero sin relleno”– y los míticos caramelos rojos en forma de martillo, gallo, chupete o piruleta. Igualmente, apunta Nerea, “mucha gente aprovecha la festividad como excusa para comprar otros distintos, como las rosquillas de anís o las tortas de txantxigorri”.

Yolanda Goñi contaba haberse acercado esta mañana a los puestos a por un encargo para su hijo, “que tiene 21 años y ahora le ha dado por comer miel”. Sin embargo, la vecina de Pamplona ha terminado llevándose a casa unas garrapiñadas y un rosco. “Es que no me puedo resistir”, señalaba entre risas.

Dulces para sobrevivir

Mientras que la bollería es, al parecer, el dulce favorito de los adultos, los niños, quizás debido a su forma divertida o su color vistoso, suelen preferir los caramelos. Nagore e Iratxe pertenecen a la quinta generación de confiteros artesanos de Garrarte y sus bisabuelos fueron –ni más ni menos– que quienes comenzaron con la tradición de este confite rojo, motivados por la necesidad de sacar adelante a una familia. 

Chupetes de caramelo colgados del techo de uno de los puestos de San Nicolás.

Estas figuras de azúcar, cuenta Iratxe, “se hacen exclusivamente para este día” y los moldes de hierro fundido que les dan forma “tienen alrededor de 90 años porque son los mismos que se usaban en los inicios”. Por aquel entonces, el bisabuelo de Iratxe y Nagore era heladero. “Cuando le fusilaron”, relata la hermana menor, “su mujer tuvo que hacerse cargo de siete hijos”

Entonces, empezó a ampliar el negocio y a hacer garrapiñadas para poder alimentar a todos los miembros de la familia. De hecho, añade la bisnieta, “mi bisabuela montaba en el tren a su hijo, mi abuelo, desde Tafalla hasta Pamplona para que vendiera dulces”. A raíz de esa necesidad de supervivencia, la familia se vio obligada a reinventarse y terminó creando una golosina que, hoy en día, constituye uno de los dulces protagonistas de los recuerdos de la infancia de multitud de navarros.

Javier Monreal y Rosario Azcárate han acudido por la mañana, como cada año, a la plaza San Nicolás. “Cuando era pequeña, venía con mi tía y traíamos un montón de alimentos para que los bendijeran. Recuerdo que nos santificaban la sal para que, cuando la echáramos a la comida, esta quedase también bendecida”, narraba Rosario. Ahora, el matrimonio acude a primera hora para comprar sus caprichos y vuelve por la tarde a por caramelos para los nietos, “aunque los críos, muchas veces, solo los chupan un rato y luego se aburren”. 

Este dulce, pese a su fama, es en realidad muy sencillo de elaborar. Como explica Nagore, “solo hay que calentar agua y azúcar hasta que hierva, añadirle colorante rojo y ponerlo en el molde”. A lo largo de sus casi cien años de historia, “incluso el sabor se ha mantenido original”. 

El imprevisible clima de Pamplona ha respetado las celebraciones de San Blas, a diferencia de años anteriores, en los que, según recuerda Iratxe, “hacía tanto frío que los bollos se congelaban”. Después de haberse criado en el puesto y haber vivido “toda una vida rodeada de dulces”, la pastelera sostiene que la tradición no se perderá, sino que “seguirá transmitiéndose de generación en generación, como nuestros padres han ido haciendo con nosotros”.