Ahí también vive gente: Los vecinos del Casco Viejo de Pamplona reivindican su identidad como barrio
Los residentes de este barrio denuncian que la gentrificación, el turismo masivo y el ocio nocturno están desplazando a las familias y rompiendo la vida comunitaria del centro de Iruña
Iruña se ha olvidado de que hubo un día en el que el Casco Viejo tuvo una identidad propia. Cuando en el barrio latía el pulso de algo parecido a un pueblo y no el nerviosismo de unos vecinos enclaustrados que no pueden entrar y salir de sus hogares cuando lo desean o que no pueden abrir las ventanas por las noches. Cuando las calles todavía no eran pasillos de tránsito turístico, sino plazas de encuentro en las que hacer mucha vida. Cuando nadie se veía forzado a dejar el lugar que llevan habitando desde que nacieron. Cuando las luces de la fiesta no cubrían la piel centenaria de sus calles y cuando todavía no habían bajado la persiana comercios históricos a cambio de colocar franquicias, tiendas de souvenirs o de alcohol. Como consecuencia de la gentrificación, el modelo de ocio basado en el consumo de alcohol y la fiesta le ha ganado la batalla a un vecindario que, tras ver que se ha roto el equilibrio, ya no puede más.
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Una de las principales causas de esto se relaciona con la idea generalizada de que “el Casco Viejo no es un barrio”. Ana Khadi Loum, vecina de 19 años de la calle Nabarreria, recuerda una vez que, de fiesta, varios jóvenes se acercaron a amonestar a un grupo de personas que se estaba dedicando a hacer una venta ilegal de bocadillos en la plaza. Les comentaron que estaban ocasionando molestias a los vecinos del barrio. Ellos les respondieron: “¿Qué barrio? Pero si esto es el centro de Pamplona”. Se trata de un mantra que empieza a expandirse, incluso, entre los propios vecinos de Alde Zaharra que se han visto obligados a abandonar sus hogares –de hecho, tres familias de la calle Estafeta número 61 se cambiaron de domicilio por el hartazgo–, en los que han crecido y criado a sus hijos y nietos, y renunciar a una vida que habían construido en el centro de Iruña. “Y eso es muy traumático para las familias porque es una manera de deslocalizar todo cuanto hemos creado aquí. Nosotros seguimos teniendo sentimiento de barrio y seguimos apostando por quedarnos, pero el precio que tenemos que pagar es muy alto”, comenta una vecina de la calle Nabarreria, madre de tres hijos de entre 10 y 15 años.
Problemas de accesibilidad
Esta vecina comenta que, entre semana, cualquiera de las calles del Casco Viejo simulan “las de un pueblo. Todo está tranquilo”. Sin embargo, desde jueves a las 19.00 horas y hasta el domingo por la tarde, su calle está impracticable. Por esta razón, tanto ella como su marido les han dado indicaciones a sus hijos de cómo salir a la calle. “No pueden andar solos porque debajo de casa hay una alfombra humana que, muchas veces, no tiene ningún respeto. Nos miran mal, nos hablan mal. Es muy hostil. Me parece que se están vulnerando los derechos de los críos porque no pueden descansar con el ruido, no pueden jugar y no cuentan con un espacio seguro que sí tendrían en cualquier otro lugar. Porque esto no pasa en otros barrios”, reconoce.
Esta situación se podría extrapolar al resto de vecinos y vecinas que lo entienden como una “condena”. No solo se relaciona con el acceso peatonal, sino también con la imposibilidad de estacionar los vehículos o transitar las calles hasta los domicilios. “Muchas veces tenemos que dejar el coche en la Rochapea porque es imposible encontrar sitio”, cuenta Ana Khadi, quien, sobre todo, critica que su madre tiene que estar supeditada a los horarios del vermú, el tardeo, los juevintxos o la fiesta. “Aprovecha cuando no hay gente para escaparse a comprar o a buscar a los aitonas, que no pueden moverse mucho por lo que hay que dejarles cerca del portal. Pero la gente te ve con el coche y les da igual”, se queja.
La sensación general es la de estar “enclaustrados” y a expensas del ocio de los demás. Y no se sienten cómodos. “No puedo ni siquiera ver la televisión porque escucho más el ruido de la fiesta que los programas”, expresa Félix Rodríguez, vecino de 63 años de la calle Calderería. Asimismo, la seguridad también se ve truncada por las noches, cuando la gente les rompe las puertas de sus portales, se las mean o “algún gracioso” les toca el timbre, tal y como relata Txus Casado, vecina de 80 años de la misma calle.
Centro de Salud
El centro de salud del Casco Viejo de Pamplona sigue "inaccesible", denuncian los vecinos
Por otro lado, además de las dificultades para desplazarse por el barrio o para entrar o salir de sus viviendas –por ejemplo, Félix Rodríguez y una vecina de 79 años de la calle Estafeta mencionan que han visto a personas tener que sacar a sus perros cogidos en brazos para evitar que pisen cristales o transportar las bicicletas a pulso–, otro de los grandes problemas que afectan a la accesibilidad es el Centro de Salud, ya que solo cuenta con una única puerta de entrada a pesar de que lleven desde 2021 solicitando acceso desde la calle Calderería. “La única forma de entrar son unas escaleras peligrosas que muchas veces están inundadas y que imposibilitan que las personas mayores, la gente que va con muletas o está en silla de ruedas pueda ir a que le atiendan en el centro”, indica Félix. Esto también se ve reflejado en los pisos. “Vivo en un cuarto piso que tiene 71 escalones sin ascensor. Hubo una vez que me tuvieron que sacar los médicos a pulso porque las camillas no entran por la escalera. Me parece que es una forma de obligar a que la gente mayor se vaya del barrio, como mi madre que tuvo que irse porque estaba en casa confinada”, opina.
Ruidos por la noche
“Se me caería la cara de vergüenza si le quitara el sueño a alguien”, asegura Ana Khadi Loum, quien, a pesar de que le “gusta mucho la fiesta”, siempre procura no hacer ruido por aquellas zonas donde sabe que hay vecinos durmiendo o descansando. No obstante, no todo el mundo empatiza de la misma manera. O, quizás, no quieren ver que a los alrededores de los bares hay también casas. “Como no hay conciencia de que el Casco Viejo es un barrio, la gente se olvida de que hay vecinos que se despiertan a las 6.00 horas para trabajar o para estudiar y que no merecen aguantar hasta las 3.00 o 4.00 horas sin dormir por el bullicio de la calle”, apunta.
Eso también ha provocado que estos vecinos y vecinas tengan que colocar una doble ventana en sus casas para evitar los ruidos. Sin embargo, eso también les limita –en especial, en verano–, ya que no pueden abrirlas para que entre algo de aire porque “se escucha a toda la gente de fiesta, a los de los bares gritando las comandas, tirando los cristales o los botellones que se hacen cuando los establecimientos cierran, pero permanecen abiertas las tiendas de alimentación que, además, venden bebidas alcohólicas.
Pero detrás de esta circunstancia se percibe una sociedad que está cambiando y un modelo de ocio asociado al consumo de alcohol que provoca grandes dificultades para razonar. “Estamos desprotegidos. No podemos decirles mucho porque podemos generar un conflicto con el que nos quedamos completamente expuestos porque saben dónde vivimos”, señala la vecina de Nabarreria. En ese sentido, Txus recuerda que una vez vio cómo un chico, borracho, estaba meando en su puerta. Se acercó y le dijo: “¿Por qué no meas en la puerta de tu madre?” Y le respondió de forma soez y violenta. “Nos rompen las puertas, entran a nuestros portales. No creo que sea tan difícil de resolver esta problemática, pero necesitamos que la gente se responsabilice, se preocupe y nos ayude”, sentencia.
Tiendas 24 horas
Durante un tiempo, mantuvieron reuniones con los bares para llegar a un acuerdo en el que ambos salieran beneficiados. Pero, aunque consideran que tienen que solucionar algunas cosas –como no permitir que la calle se convierta en una terraza constante (es decir, que se aplique el Decreto Foral 202/2002), que sean responsables de la suciedad que generan sus clientes en la calle o que se adelante la hora de cierre–, los residentes del Casco Viejo empatizan con la hostelería y aseguran no estar en contra “de que la gente disfrute en la calle o de que los bares trabajen”, sino de que se haya roto el equilibrio social en detrimento de los vecinos y en favor del turismo.
Y de esto sí culpan más a aquellos locales que durante todo el día venden tanto productos de alimentación como alcohol. “Por mucho que los bares cierren, la fiesta continúa. Se forman botellones debajo de casa y el horror persiste”, dice Txus. Félix lo describe como una “pesadilla” parecida a “Sarajevo en tiempos de guerra. No podemos permitir que todos los días parezca que estamos en Sanfermines, que ahí aguantamos porque es especial, pero es que es insufrible”.
Sobre todo porque el alcohol desinhibe y provoca que la gente pierda la conciencia y, muchas veces, el respeto. “A partir de las 19.00 horas, el barrio se convierte en un lugar muy hostil. Los críos no pueden andar solos y muchas veces nos vamos a casa antes de tiempo porque el ambiente se vuelve muy incómodo”, ejemplifica la vecina de Nabarreria. Y Begoña Martínez, de 79 años y vecina de la calle Estafeta, añade que es una manera de “echar a la gente del barrio. Hay muchas familias que están angustiadas porque no saben cómo acceder a casa por la noche sin que les increpen o les miren mal”.
Después, cuando logran entrar, llega el segundo problema: ¿hasta qué hora tendrán que aguantar el ruido nocturno generado por la gente que ya se ha ido de los bares? “Creo que una posible solución sería que no vendieran alcohol o que también les pusieran un límite horario”, dice la madre de Nabarreria.
Gentrificación
Vecinos del Casco Viejo critican que usen sus portales como "baños públicos"
En definitiva, todas las problemáticas del Casco Viejo responden a un mismo argumento: la gentrificación. No solo es un fenómeno urbanístico, sino una transformación profunda del tejido social, cultural y afectivo del barrio. El desplazamiento de familias históricas, la presión del turismo masivo y un modelo de ocio basado en el consumo de alcohol han erosionado la vida comunitaria –que, por cierto, “hay mucho movimiento vecinal, aunque quieran creer que no”, apunta Ana Khadi– hasta dejarla al borde del colapso.
Las calles que antaño eran puntos de encuentro para los residentes se han convertido en escenarios de tránsito incesante, donde el descanso y la comodidad se ven comprometidos a diario. “Siento que estoy viviendo un infierno. Y pese a que llevo 52 años en la calle Calderería, estoy pensando en vender esta casa y buscarme un piso de alquiler en el que vivir hasta el final de mis días”, confiesa Félix. Pero también está el problema de la vivienda y las dificultades para encontrar otro lugar en el que habitar. “Somos cinco en casa y todo lo que encontramos supera los 400.000 euros. No queremos irnos del barrio, pero tampoco podríamos hacerlo porque no tenemos opciones; está todo disparado”, se lamenta la vecina de Nabarreria.
Y esto solo demuestra que, para quienes aún resisten, el Casco Viejo sigue siendo su barrio. Y los vecinos y vecinas defienden con firmeza su derecho a vivirlo sin tener que pagar el precio de la incomodidad, el aislamiento o el abandono institucional. Mientras no se recupere el equilibrio entre el disfrute social y el respeto a la vida cotidiana, la identidad del barrio penderá de un hilo porque muchas personas y familias se marcharán obligadas. Y no solo se vaciará una casa, sino que se apagará una parte de la memoria viva de Iruña. La de un Casco Viejo que clama para que el resto del mundo recuerde que “ahí también vive gente”.
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