Más de 200 kilómetros de agua sin pausa, entre canales del siglo XVIII y uno de los ríos más emblemáticos de Europa. Ese es el escenario de la Devizes to Westminster International Canoe Race, una de las pruebas más exigentes del piragüismo de maratón, que el navarro Aritz Martiartu Orta ha completado junto al británico Tom Dawson tras 18 horas, 41 minutos y 56 segundos de esfuerzo ininterrumpido que les ha situado en un meritorio quinto puesto.

El recorrido arranca en Devizes, en plena campiña inglesa, donde el canal Kennet and Avon serpentea entre campos abiertos y pequeñas localidades que parecen detenidas en el tiempo. El avance es lento, condicionado por un elemento que define la carrera desde el inicio: las esclusas. Cada una obliga a detenerse, bajar de la embarcación, cargarla al hombro y correr unos metros antes de volver al agua. Así, hasta completar 77 porteos. Una rutina que rompe el ritmo y añade una dificultad constante a una prueba ya de por sí extrema. “Es una locura”, admite.

Martiartu reconoce que aceptar el reto no fue una decisión inmediata. La propuesta llegó en noviembre, tras coincidir con Dawson en una regata en Francia. “Nunca había hecho algo así”, recuerda. Durante meses, el trabajo se centró en entrenamientos diarios –de lunes a sábado– de resistencia, controlando el pulso y acumulando kilómetros sin buscar la velocidad. A esa preparación se sumaron sesiones de carrera y gimnasio, además de un invierno condicionado por las crecidas del Arga que le obligaron a desplazarse al pantano de Alloz para completar los entrenamientos en solitario.

Pero si el cuerpo es importante, la cabeza lo es aún más. La carrera se disputa en formato contrarreloj y obliga a los participantes a gestionar no solo el esfuerzo, sino también el tiempo. El punto clave es Teddington, último control antes de meta, a 26 kilómetros de Londres. Allí, los palistas deben pasar en una franja horaria concreta –entre las 5.00 y las 7.00 horas– marcada por las mareas del río Támesis. “Si llegas antes debes esperar y pierdes tiempo, pero si llegas más tarde no te dejan continuar”, explica.

Los peligros del río

Hasta ese momento, el recorrido discurre por el canal, donde el paisaje ofrece una falsa sensación de calma. Tramos solitarios, silencio, animales en la orilla y una luz que, al caer la tarde, transforma el entorno en un escenario “idílico, de cuento”. Sin embargo, todo cambia al desembocar en el Támesis. El río se abre, el caudal aumenta junto a la corriente y el viento irrumpe con fuerza. “Ahí te das cuenta de lo pequeño que eres”, resume Martiartu.

Por la noche, las temperaturas descienden hasta los seis grados y el viento multiplica la sensación de frío, mientras el agua golpea la proa y el avance se convierte en una lucha constante. Es en ese momento cuando la carrera pasa de ser física para convertirse en mental. “Hubo momentos críticos, sobre todo alrededor del kilómetro 100, cuando llevas una matada y todavía queda la mitad, y empiezas a darle vueltas a todo’”, explica. El desgaste se acumula kilómetro a kilómetro. “Hay tramos de silencio absoluto, donde solo se escucha el golpe de las palas y la respiración”, relata. Otros momentos de la travesía, sin embargo, rompen la monotonía: canciones improvisadas e incluso situaciones inesperadas, como el ataque de un cisne.

La logística es otro de los pilares de la prueba. Cada porteo se convierte en un punto de asistencia, con un equipo de apoyo que suministra comida, bebida y ropa. “Es como la Fórmula 1”, describe Martiartu. Sushi, patata cocida, geles y bebidas con sales forman parte de una estrategia diseñada para mantener la energía y evitar el colapso físico. El apoyo emocional también resulta clave: su pareja Lara, su padre Fernando y su tío Lolo, junto a compañeros del equipo, animan en los porteos, proporcionando un impulso decisivo en los momentos más críticos: “Esto ha sido un trabajo en equipo. Sin ellos no hubiésemos conseguido el objetivo”.

Un encuentro casual

La historia entre Martiartu y Dawson añade un matiz especial al logro. Se conocieron de manera casual en el Descenso Internacional del Sella, donde surgió una relación que, con el tiempo, se transformó en proyecto deportivo. Sin embargo, su preparación conjunta ha sido mínima: apenas nueve días remando juntos antes de afrontar una de las pruebas más duras del calendario internacional.

El tramo final ofrece un contraste radical. Tras horas de oscuridad y esfuerzo, el amanecer abre paso a un paisaje completamente distinto. El río atraviesa enclaves emblemáticos como el castillo de Windsor, residencia de la corona británica, y, poco a poco, se adentra en el corazón de Londres. La esperada meta llega en Westminster, con el Parlamento británico y el Big Ben como telón de fondo: “Es un subidón difícil de explicar”, reconoce Martiartu. Después de casi 19 horas remando, la recompensa no es solo simbólica: la pareja logró la quinta posición frente a algunos de los mejores equipos internacionales.