Entre la oleada de mensajes de felicitación que lleva recibiendo desde que el domingo por la tarde hizo crujir las paredes del Navarra Arena, Jon Ander Albisu, mejor pelotari de la final del Parejas, rescató la alegría que le había hecho recibir la enhorabuena de Pablo Berasaluze. "Me ha hecho mucha ilusión su mensaje por aquella final que no pudimos acabar, y me he acordado mucho de él”.

El zaguero de Ataún, a punto de cumplir 36 años, se coronó con su primera txapela en el inmaculado frontón pamplonés, pero ya había pisado dos veces antes la final del Parejas, semejante escenario de aúpa. Y en la primera ocasión que lo hizo fue en un partido antesala de la gloria en el Bizkaia Arena disputado el 28 de abril de 2013 y que conquistaron Martínez de Irujo y Zabaleta por una desgracia repleta de dolor. La pegada majestuosa de Albisu había acompañado durante todo el campeonato a un Berasaluze finísimo y alcanzaron una final que se prometía entretenida, disputada y con un buen bombardeo en la zaga.

El encuentro alumbró igualado, con un 4-5 en el marcador y el delantero de Berriz empezando a carburar, Irujo alcanzó una dejada y quiso devolver el golpe arrimando la pelota a la pared. En la arrancada por alcanzar cuanto antes el cuero, Berasaluze hizo crack y se rompió. Su tendón de Aquiles estalló, cayó al suelo, se quedó en el sitio roto de dolor, con lágrimas por la oportunidad perdida y la gravísima lesión que le tuvo muchos meses apartado de los frontones.

Ninguna final se había llorado tanto por la parte derrotada y se había celebrado con amargor por los txapeldunes, Irujo y Zabaleta, que se habían marcado un torneo tremendo y que sin embargo ganaron la txapela en un duelo con final dramático.

Para rematar aquella tarde se decidió que Xala supliera a Berasaluze y al menos jugaran un partido de exhibición ante los campeones. En la entrega de los trofeos, Berasaluze saltó al frontón con muletas y el pie vendado y su nombre fue coreado al unísono. Albisu lo recordaba desde entonces como una espina clavada y este domingo tuvo ocasión de arrancarse aquel dolor y hacer feliz a un amigo.