El día en el que Franco quiso duplicar el tamaño del Polígono de Tiro de Bardenas (y no pudo hacerlo)
En 1966, el régimen planteó recrecer el actual campo de tiro hasta lo inverosímil: un extremo entraría en Zaragoza y el otro dejaba el simbólico Castildetierra dentro del terreno de los bombardeos. Una negativa vecinal sin precedentes lo impidió
El Polígono de Tiro de las Bardenas es un trozo de desierto muy valioso. Lo ha sido siempre, desde 1951, año en el que entró en funcionamiento. Si hoy el Ministerio de Defensa de España paga unos 16 millones anuales por usarlo no es por capricho.
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Actualmente es prácticamente el único campo de tiro aire-tierra de Europa –desde luego, el que mejores condiciones tiene a este lado del planeta–. Una serie de factores, geográficos y también políticos, lo hizo prometedor hace 75 años, cuando se puso en marcha; el nuevo mundo surgido tras el desastre europeo lo convirtió en apetitoso para EEUU; y entre 1970 y 1990 lo hizo directamente indispensable para quienes le hacían la guerra fría a la Unión Soviética.
Tan apetitoso era que el franquismo ideó en 1966 un proyecto que planteaba duplicar las actuales dimensiones, invadir el mítico Castildetierra y llegar hasta Zaragoza, para sacarle todavía más rendimiento. Una revuelta campesina sin precedentes en la Ribera tumbó un proyecto que la alta jerarquía franquista terminó por desechar para evitar un “problema político-social” con posibles ramificaciones en todo el Estado. Todo esto lo contaremos este fin de semana.
Por de pronto, esta publicación acumula en un mapa actual tres dimensiones: la del actual campo, la del campo tal y como estaba dibujado en los planos de los años 60, y la de la ampliación proyectada. Está todo explicado en el pie de mapa.
La ampliación no era un capricho. Respondía a necesidades del momento –disponer de más espacio para nuevos aviones, más potentes, justificaba el Ministerio– y trataba de anticiparse a posibles intercambios futuros.
En los años 50, cuando el ejército construyó el polígono, el generalato franquista estaba obsesionado con recuperar el tiempo perdido –entre la guerra, la dura posguerra y el aislamiento internacional– de la aviación militar española, escasa y mal entrenada.
Un campo deseado
Por aquel entonces, la guerra aérea era el último grito, la última moda y lo que clasificaba a un ejército como puntero o de cola. Hoy sucede algo similar con los drones o la inteligencia artificial. Bardenas fue, de largo, el mejor campo de tiro aire-tierra de su generación. Porque hubo otros –el de Caude, en Teruel, donde ahora hay un enorme taller de aviones–, pero no daban lo que da Bardenas: visibilidad buenísima a 5 kilómetros, un cierzo que barre las nubes y las deja a 3.000 pies, una distancia idónea para volar con seguridad y maniobrar con garantías; y una superficie de desierto, sin vegetación ni mucha vida alrededor.
La guinda geográfica fue la cercanía a Zaragoza, donde Franco dejó a los norteamericanos tener una base aérea durante muchos años. Los militares americanos nunca entendieron Zaragoza sin Bardenas, un campo a las afueras de la base a vista de jet. Sobre todo a partir de mediados de los sesenta –cuando se proyecta la ampliación–, época en la que EEUU empezó a sospechar que su gran campo de tiro aire-tierra para Europa y Oriente Próximo, situado en El Uotia, Libia, corría cierto peligro. Ahí fue cuando Bardenas pasó a ser estratégico, irrenunciable. La implicación en todo esto de un tal Muamar el Gadafi, el gran dictador norteafricano que pasó de ser agasajado por Berlusconi y Sarkozy –a quien sus tratos con el dictador le han costado la cárcel– a ser linchado hasta la muerte, queda para otro especial.
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