Recorría la plaza del Castillo y Joaquín se detuvo. Resonaba en su cabeza el augurio de aquella gitana: “No corras este año. Pasa algo. Te cogerá un toro”. Pensativo, Joaquín se quitó el pañuelo y lo observó.

Estaba recién estrenado; era diferente, muy raro: tenía en el borde una raya gruesa, verde, el color de la bandera de Pamplona. Al finalizar los anteriores Sanfermines, su madre tiró el otro, ya viejo, y, en el mismo cajón, debajo de la medalla de san Fermín, le puso este.

Observando el pañuelo, Joaquín tomó la decisión: correría sin él. Lo dejó en un banco y siguió adelante.

Al embocar la Chapitela miró hacia atrás y vio que un hombre lo cogía. Cuando se lo anudó al cuello, Joaquín estuvo por volver sobre sus pasos y advertirle, pero no dio un paso atrás. ¿Por qué a él tenía que darle mala suerte?

Siguió caminando hacia Mercaderes y, al cruzar el vallado, se mezcló con otros corredores. Había mucha gente aquel 7 de julio, y aguardó muy nervioso. Escuchó por fin el cohete de Santo Domingo, esperó unos segundos más… y corrió.

No hizo una buena carrera. No cogió toro. Y salió ileso.

Mientras se dirigía al bar donde almorzaba con su cuadrilla, Joaquín oyó comentarios y sospechó algo. Pensó en su pañuelo, tan original y rojo, cómo no, rojo con la raya verde.

Se cruzó con un amigo. “Han cogido a una chica —le dijo—. Parece grave”. Joaquín aceleró el paso. Los toros habían cogido a una chica. A una chica, no a un hombre. No al hombre que se había puesto su pañuelo.

Llegó al bar y se encontró con un montón de gente que se agolpaba en torno al televisor. Las cámaras mostraban a la chica, que yacía semiinconsciente en el suelo, rodeada por socorristas. Era rubia, estaba pálida, llevaba un pañuelo rojo. Cerca de la entrada del bar, Joaquín vio claramente el pañuelo rojo con la raya verde.