Una cuadrilla llamada San Fermín
A Marta Garatea le emocionó comprobar que el mundo que había imaginado para su cartel sanferminero también existía fuera del papel. Cómo -foto de portada- cada persona elegía qué personaje quería ser dentro de esa estampa coral y que el escenario elegido para reunir a todos los protagonistas fuera el que ella imaginó: la Taconera. Esa imagen, la de un cartel de carne y hueso que cobra vida y respira en nuestras calles, es la metáfora perfecta de lo que San Fermín representa y el auténtico leitmotiv de este suplemento.
Un lienzo vivo, una cuadrilla infinita. El tópico de que las cuadrillas navarras se forman en el colegio y permanecen inalterables toda la vida se rompe cuando los Sanfermines demuestran cada año que esa imagen se queda corta. La cuadrilla sanferminera es un conjunto abierto y en constante evolución. Se ensancha.
La vemos en esos grupos de jóvenes vinculados a peñas como el Muthiko Alaiak o la veterana Irrintzi, que planifican su almuerzo de inicio de fiestas en pleno mes de febrero y que se dejan la voz –y la suela de las zapatillas– persiguiendo a las incansables charangas.
La vemos también en esas cuadrillas que van cumpliendo años y que, con el paso del tiempo, han aprendido a saborear la luz del día, cambiando las noches interminables por el vermú pausado o por la emoción de escuchar la Jota a San Fermín en la Plaza del Consejo, que este año cumple medio siglo poniendo los vellos de punta.
Pero el paisaje humano de nuestra ciudad es hoy mucho más rico, más diverso, más plural, y eso ensancha nuestra forma de vivir la fiesta. Encontramos nuevos círculos mixtos nacidos de la pura casualidad, como la de profesores llegados de Andalucía y Madrid que llegaron a Navarra por trabajo y acabaron haciendo de Pamplona su hogar.
Y, de forma muy especial, cada vez son más las personas llegadas de otros rincones del mundo que viven y trabajan entre nosotras, y que se dan cita en Antoniutti. O proyectos como el de la asociación Fénix que han creado su propio núcleo para que personas migrantes y refugiadas de hasta trece nacionalidades encuentren en estos días un refugio de alegría; una tregua en la burocracia diaria que asesora al colectivo LGTBI para bailar al paso de la Giganta Indiana o el Rey Negro, demostrando que, cuando la comparsa gira, por un momento mágico nadie es de fuera ni invisible.
Junto a los de casa y los recién llegados, caminan también quienes nos visitan fielmente cada julio. Viajeros que regresan siguiendo la estela indeleble de Ernest Hemingway, justo ahora que celebramos los cien años de la publicación de Fiesta. Admiradores de nuestras tradiciones y de ese irrepetible espíritu de aventura, como el escritor Bill Hillmann, que encuentran en el adoquinado pamplonés y en sus tradiciones un lugar en el mundo.
En esencia, la base de esta fiesta es la gente. Es esa voluntad inmensa de compartir, de dejarse llevar, de fundirse en la multitud y conocer al otro. Como esas “cuadrillas eclécticas” que define Garatea; grupos de amigos y amigas que quizá no comparten el día a día el resto del año, pero que marcan los Sanfermines en el calendario como fechas sagradas para darlo todo.
