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Un laberinto sanferminero sin igual en Navarra

Jaime Oroz, vecino de Eugi, lleva desde noviembre de 2021 construyendo en Urdániz un espacio intrincado de caminos de 6.000 metros2en el que se dibuja la figura de San Fermín que espera estrenar en 2027

Un laberinto sanferminero sin igual en NavarraPatxi Cascante

Correr delante de un toro requiere de mucho valor, buenas zapatillas y, sobre todo, no haber bebido demasiado la noche anterior. Perderse en un laberinto natural requiere, básicamente, de las mismas condiciones. Por eso, a la salida de Urdániz –a veinte minutos de Iruña– Jaime Oroz, vecino de Eugi, tuvo hace seis años la idea de plantar un laberinto circular y, para más inri, dibujar la figura de San Fermín, aprovechando los tonos rojizos de las hojas durante los meses de abril y mayo. La idea, como casi todas las cosas que merecen la pena, nació de una mente inquieta. Su padre le enseñó que las manos son para usarlas: para trabajar, para ensuciarse, para construir cosas que nadie ha pedido pero que, después, el mundo agradece. Y Jaime le hizo tanto caso que hoy en día dedica a sus plantas casi las mismas horas que a su trabajo. Aunque no le bastaba con cualquier laberinto porque, como buen navarro –muy cabezonico– quería hacer el más grande del Estado, con 86 metros de diámetro y 6.000 metros de recorrido. Se trata, en definitiva, de una forma diferente de honrar a las fiestas y al santo. Sin correr, sin estrés y sin que nadie te pise los talones. Como mucho, los amigos ante el laberinto y la duda existencial de si se llegará a la salida antes de que el hambre aparezca.

La semilla –nunca mejor dicho– de toda esta loca idea son los acebos. Desde que era niño, Jaime sentía una debilidad por esa planta protegida, lenta y cabezona que tarda diez o quince años en crecer y que él cultivaba con una paciencia que, en estos tiempos de inmediatez, resulta extraño que tenga alguien. Porque mientras el mundo pide el jardín por catálogo, él lleva décadas aprendiendo que las cosas buenas no se aceleran. Durante la pandemia, estuvo buscando la manera de vender setos ya formados –como se hace de forma habitual en países como Inglaterra, donde la gente tiene más prisa o menos vocación de sufrimiento–, topó con una fotografía del laberinto de Villapresente, en Cantabria. En ese momento sintió una vibración en el alma. "Solo pensaba que quería hacer eso", confiesa. Y así de sencillo –o de complicado– nació esa idea loca que, en el papel, resulta más sencilla.

Hecho con precisión quirúrgica

En primera instancia, creyó, porque se le metió entre ceja y ceja, que no habría problema con hacerlo más grande que el de Cantabria. Sin embargo, el problema llega cuando uno comienza a trasladar lo que plantea en papel sobre el terreno con una cuerda y muchos palos, "como los egipcios". En concreto, recuerda haber colocado "mil y pico palicos pintados" para marcar los puntos mientras que la gente que pasaba por la carretera y le miraban con extrañeza. "Seguro que pensaban '¿y este chalao?' porque era raro ver a un tío durante horas estar dando vueltas con una cuerda", cuenta. Pero, claro, ese chalao tardó seis años en hacer lo que él se había imaginado una vez en su cabeza. De hecho, el resultado no lo vio desde el aire hasta hace muy poco que, de casualidad, estuvo mirando mientras trabajaba una página de cartografía navarra y que quedó sin palabras: "Hostia, no me lo podía creer", exclama. La astilla de pino del primer año formaba un dibujo "blanco y verde" que parecía hecho con regla y compás. Aunque, en su caso, lo había hecho con mucha calma, gracia y talento. En lo que respecta a la imagen del santo, el diseño lo generó con un programa informático, pero tuvo que adaptarlo a mano porque ninguno le daba lo que quería: que se pudiera llegar al centro y salir. Pero, finalmente, encontró la fórmula perfecta con "diecinueve círculos concéntricos, 128 radios y todos convergiendo en un punto". Y encima, superpuesta sobre esa geometría, la silueta inconfundible de San Fermín: el sombrero –que, por cierto, fue clave para poder salir del laberinto cuando animó a esta periodista a probar el juego–, la muceta, ese gesto solemne que Jaime había dibujado mil veces antes en sus cuadros de acero inoxidable. La figura del santo la consiguió jugando con dos variedades de plantas: el prunus laurocerasus –o, dicho de otra manera, el falso laurel de toda la vida, que se mantiene verde y formal– y la fotinia Red Robin, que cuando brota de nuevo lo hace con un "rojo vino tan intenso que desde el aire parece que alguien le ha dado un brochazo. Es muy chulo", promete. El rojo aparece en primavera –abril, mayo–, aunque pelea por permanecer en los meses próximos, y si el otoño acompaña con algo de humedad, vuelve a salir en septiembre como una segunda oportunidad, una segunda primavera. "Como el cereal", explica él.

Vista del laberinto desde la carretera.

El oasis y el disfrute

El laberinto tiene río. "Es el único de todo el Estado que lo tiene", puntualiza Jaime, que sabe que es un punto muy bueno para que la gente opte por visitar el laberinto y disfrutar tanto en familia como en grupo. El Arga pasa por el lado, y con él llega toda la fauna que uno no esperaría encontrar tan cerca de la carretera: ciervos, corzos, jabalíes, castores, aves. "De noche es increíble", dice. En ese sentido, Jaime anuncia que tiene pensado aprovecharlo para visitas escolares, con un proyecto pedagógico que está pergeñando con la ayuda de una sobrina profesora. "Para que los críos vengan, aprendan algo de jardinería, se pierdan un rato entre los setos" y salgan con la certeza de que orientarse en la vida es, en el fondo, cuestión de práctica.

¿Cómo escapar del laberinto?

Porque hay un truco universal para salir de cualquier laberinto: ir siempre por la izquierda. Jaime lo conoce y lo cuenta con resignación porque "es como ir al cine sabiendo el final", apunta. "¿A qué vienes, si no es a perderte un poco y echarte cuatro risas?". Él, que lleva seis años construyendo uno de los laberintos más grandes del Estado con sus manos, entre papeleos administrativos, proyectos antiincendios, proyectos contra inundaciones y una burocracia que avanza más despacio que un acebo, sabe perfectamente de lo que habla. La apertura, si los plazos lo permiten, podría ser en Semana Santa de 2027. Mientras, Jaime sigue quitando hierbas, abonando, midiendo con cuerda y palo, y pasando entre los setos "como un jabalí", según sus propias palabras. Aunque con más método. Y bastante más paciencia. Porque todavía no conoce todos los caminos y, de vez en cuando, no encuentra la salida. Pero, dice, "la gracia está en perderse". Y qué mejor que entre txarangas o en el laberinto sanferminero que poco tiene que envidiar a las fiestas. Porque es un laberinto sin igual.