Cuatro autobuses en fila, gente agolpada contra la puerta pegando codazos para lograr entrar los primeros. La gente accede al autobús como puede, de uno en uno, tal y como exige el chófer para poder comprobar los billetes. Las ansias por llegar a casa, después de una noche de juerga, queman la paciencia de los juerguistas que pelean e intentan colarse los primeros en el autobús.
“Si nos han vendido el ticket es porque hay plazas”, dice una mujer, que por su ropa demuestra que ha madrugado y no ha trasnochado.
Son las ocho de la mañana en Estella, el pasado sábado, y una de las revisoras informa de que en ese autobús solo quedan 16 plazas, esperando a entrar hay más de 40. Intenta tranquilizarlos diciendo que en cuanto estos autobuses salgan vendrán otros dos. Los jóvenes se impacientan. Quizá para la próxima los autobuses deberían estar numerados y no se producirían aglomeraciones tan peligrosas.
Llega un autobús y la gente sale corriendo tras él, intentando adivinar dónde parará y abrirá la puerta. Muchos corren a la par de la puerta, el autobús para, pero la gente está tan agolpada contra la puerta que ésta no se abre. La conductora pide por favor que se alejen un poco para que el sistema funcione sin fallos. Mientras, mochilas vuelan por la cabeza de la gente, las intentan llevar hasta el maletero, esto provoca aún más sensación de agobio. Una persona tropieza y por el amontonamiento muchos otros caen a la par suya, provocando peleas. Finalmente la puerta se abre y la gente lucha por alcanzar la plaza. La conductora intenta imponer orden entre empujones y gritos, aunque esto no siempre es así, depende de la intensidad de la fiesta.
Muy diferente fue la ida, a las nueve de la noche, donde el chófer revisaba los billetes de forma calmada mientras se oía el tintineo de las botellas en las bolsas. Los viajeros esperaban su turno en fila india tranquilos y charlando con sus compañeros. Algunos dejaban la bebida en el maletero, tal y como el conductor había indicado. El viaje hasta el pueblo transcurrió como un viaje normal, sin ningún acontecimiento destacable.
En cambio el viaje de vuelta fue muy diferente. Un minuto después de haber entrado surgió una pelea que se resolvió sin percances. Cuando el autobús arrancó el ambiente era muy bueno y festivo, sin ningún problema, algunas cuadrillas cantaban y despertaban a los amigos que se habían dormido, otros reían y hablaban, algunos conocían a sus compañeros de autobús, cantaban a la conductora que le pedían que volviera al pueblo o les dejara en la misma puerta de casa, se respiraba un ambiente de fiesta sano y amigable, que invitaba a unirse.
Fiesteros Muchos son los jóvenes que cada fin de semana se decantan por ir en Voy y vengo a las fiestas de los pueblos, en vez de coger el coche. La satisfacción con este servicio es general entre los jóvenes.
Leyre Monreal, Pamplonesa de 19 años dice que le parece “estupendo que exista este servicio porque así los jóvenes tienen un medio con el que ir seguros a fiestas de los pueblos, sin miedo a coger el coche para volver a casa”.
Irene Joao, pamplonesa de 19 años, también, coincide con Leyre en que “este servicio está muy bien porque es una manera de comunicar los pueblos de Navarra para poder ir a fiestas de una forma segura”.
Leo Escalonada, Venezolano de 20 años residente en Pamplona, afirma que “esta medida es excelente para que no haya accidentes por culpa del alcohol y la conducción en fiestas”.
David Gutiérrez de Rozas, de 21 años, también coindice en que “es un servicio que merece mucho la pena”. Pero añade que “tendría que haber una regulación en cuanto al acceso de menores al autobús”.
Menores Este debate se ha abierto este año ya que, el sistema de Voy y vengos comenzó para que los jóvenes mayores de 18 años pudieran acudir a las fiestas de los pueblos navarros sin sufrir el riesgo de tener un accidente con el coche, no para facilitar a menores el acceso a las fiestas.
En algunos pueblos como Lerín, Tudela y la zona de Sakana ya se ha establecido un control que consiste en que los adolescentes entre 16 y 18 años deberán llevar una autorización de sus padres, mientras que los menores de 16 años no podrán acceder de ningún modo a este servicio.
En este tema hay diversas opiniones. Rodolfo Martínez, conductor de la Estellesa, opina que “yo a los menores de edad no les dejaría entrar en el autobús porque algunas veces sueles traerlos borrachos”.
También María, conductora desde hace seis años de la Estellesa, dijo que “no me parece bien que suban menores al autobús”.
En cambio muchos jóvenes creen que es necesario tomar medidas, pero no tan estrictas como la prohibición. Leyre expone que le parece mal “que no dejen subir al Voy y vengo a los menores de 16 años”.
“No me parece bien que a los menores de 16 no les dejen entrar porque ellos también tienen derecho a disfrutar de la fiesta. Además puede que en una cuadrilla haya gente de muchas edades y por culpa de esta medida los menores de 16 años se verían excluidos de su grupo de amigos por no poder acudir a las fiestas. Donde no los tienen que dejar entrar es en los bares, que es donde se vende alcohol”, explica Irene.
Leo cree que tendría que haber un control con respecto a los menores de edad porque “no me parece bien que un chaval de 15 años pase toda la noche en fiestas de un pueblo”.
En cambio, Dina no cree que “puedan controlar la entrada de menores a los Voy y vengo. No tienen razones para decirles que no entren, coger un autobús no tiene nada que ver con el alcohol”.
En algunas zonas ya se han tomado medidas y Saioa dice que “en Estella han tomado medidas para que los menores no puedan acceder a este servicio, los padres tienen que firmarles una autorización”.
Aurkene, estellesa de 21 años visita los pueblos en fiestas desde los 16 años y dice que “no me parece mal que puedan ir menores porque yo he ido, pero entiendo que pidan autorización, los padres tienen que saber dónde están sus hijos”.
A pesar del debate tanto jóvenes como adultos están de acuerdo en que es un servicio indispensable para los navarros, que evita riesgos mayores como los accidentes de tráfico.