“En la calle se duerme con un ojo abierto y otro cerrado”. Un joven de Marruecos que vivió en el convento de Arantzadi hasta el pasado mes de diciembre cuenta que, aparte de las ratas, el sinhogarismo te obliga a convivir con cantidad de enfermedades, el miedo y la intranquilidad. Por suerte, su disciplina y su perseverancia por encontrar una vida mejor se toparon con los recursos que ofrece la capital navarra –que reconoce que le hace sentir “mucho mejor que otros sitios”– y ahora dispone de una vivienda transitoria en la que día a día labra su futuro, y donde disfruta de conocer la cultura que tan bien le está tratando.
Cuando llegó a Pamplona, “no tenía techo ni un lugar donde estar”, así que decidió instalarse en la antigua Ikastola Jaso, donde vivía aquel amigo que le recomendó acercarse a Pamplona. Tiempo después, “comenzó a haber muchos problemas y muchas cosas que no nos parecían bien, así que fuimos a Aranzadi”, cuenta. Afortunadamente, los servicios sociales dieron con él a finales de 2025 y, gracias a su nivel de castellano y a todos los requisitos que cumplía, pudo acceder a un hogar que le salvó de vivir el desalojo y en el que, por fin, puede “comer y dormir bien y estudiar tranquilo”.
Según cuenta, cuando estaba en Aranzadi “tenía que madrugar mucho para ir a clase” y, en ocasiones, las discrepancias de su proyecto vital con el de sus compañeros no le dejaban descansar. “Venían tarde, hacían ruido y me costaba dormir”, dice. Aun así, para él no había excusas. “Iba sin desayunar o como fuera, pero siempre iba, porque tengo una meta y quiero llegar a ella como sea”, insiste.
Ser inmigrante en Pamplona
Este joven llegó a Navarra por casualidad. Cuando emigró de su país, primero pasó un tiempo en Las Palmas y después, en Valladolid. Se planteó desplazarse a Francia, pero un amigo le insistió en pasar unos días en Pamplona antes de trasladarse al país vecino. “Me planteé irme, pero al final, preferí quedarme aquí tranquilo. Me gusta este lugar”, admite. Desde su punto de vista, esta tierra ofrece “muchas más oportunidades que otras comunidades” y además, “aquí me siento más aceptado”, agradece.
De su buena impresión con la ciudad también es responsable el equipo de trabajadoras y educadoras sociales que velan por su integración en la sociedad. “Cuando me encuentro con un obstáculo, les mando un mensaje a ellas y enseguida me ayudan a buscar una solución”, expone. Y no es por adularlas porque “si no fuera verdad, no lo diría”, dice entre risas.
En concreto, su intervención incluyó clases de castellano en el Centro Público de Educación de Personas Adultas José María Iribarren –un idioma que también aprendió en la calle, conversando con sus amigos latinos–, la adjudicación de una persona de apoyo que gestionó su padrón, la asistencia de la trabajadora social que le visitaba en la unidad de barrio y finalmente, la presentación de su situación al Ayuntamiento de Pamplona para acceder al programa Etxe Bat, facilitador de la vivienda transitoria.
En cuanto a su formación, este joven está estudiando un Certificado de Profesionalidad de energías renovables en Imárcoain. A corto plazo, su meta es encontrar empleo; un objetivo que se podrá materializar cuando su situación se regularice y obtenga su permiso de residencia. “Esa era mi meta antes de llegar aquí, buscar un trabajo para mejorar mi vida”, explica. Pese a que su idea principal es conseguir algo de lo suyo, también le ilusiona la opción de trabajar como conductor de camión internacional.
Esta persona “llena de inquietudes”, según sus educadoras sociales, vive con ilusión y agradecimiento cada una de las oportunidades que Pamplona le está brindando. “Me gusta conocer a gente nueva aquí y también la cultura, para no cometer errores”, detalla. Al hablar del cambio que Etxe Bat ha supuesto para él, su rostro y su respeto al tratar con las educadoras hablan por sí solos. En el piso, este joven marroquí ha encontrado un lugar donde descansar de verdad, una habitación donde pensar en su futuro sin la incertidumbre de que alguien invada su espacio, y una cama en la que dormir, por fin, con los dos ojos cerrados.