“Jugar al ajedrez desarrolla la inteligencia... para jugar al ajedrez”. Con esta broma, que tiene bastante más mala idea de lo que parece, ha tenido que convivir el ajedrez, considerado durante muchos años como poco más que un juego de mesa como el parchís y el mus, o, aún peor, como un pasatiempo excéntrico para gente con escasa vida social.
Sin embargo, una infinidad de estudios y la experiencia acumulada en diversos países ha demostrado que el ajedrez es mucho más que un juego y se ha revelado además como una excelente herramienta educativa, que desarrolla:
- El pensamiento creativo.
- La memoria visual.
- Las aptitudes verbales.
- El rendimiento en la lectura.
- El intelecto en general.
- La autoestima.
- El pensamiento crítico.
- La concentración.
- El rendimiento académico.
La evidencia científica es tal que en 1995 la UNESCO animó a todos sus países miembros a incluir el ajedrez en sus los currículos escolares de Primaria y Secundaria, y desde entonces más de treinta le han hecho caso. También el Parlamento Europeo ha hecho esa recomendación a los países comunitarios. Y el pasado mes de febrero este asunto llegó al Congreso español, que aprobó -con una llamativa unanimidad- una propuesta del Grupo Socialista que consta de dos puntos:
1) Implantar el programa Ajedrez en la Escuela en el Sistema Educativo Español, en colaboración con las comunidades autónomas, en el ejercicio de las competencias que le son propias, y desde el respeto a la autonomía de los centros educativos.
2) Continuar promocionando el ajedrez como deporte, fomentando su práctica a través de la necesaria colaboración entre el sector público y privado.
El argumento principal es aprovechar el indudable y demostrado beneficio del ajedrez en la educación en general y, más en concreto, en matemáticas y lectura, los ámbitos donde más fallan los niños españoles en el Informe Pisa.
gorostidi y ablanedo En suma, se trata de generalizar en los centros escolares lo que -por iniciativa propia- ya realizan unos 300 en toda España. Y lo más curioso es que el primero de esos 300 fue la ikastola Paz de Ziganda, hace ya más de 25 años.
José Luis Gorostidi, que dirigía Paz de Ziganda en los años 80 y era un entusiasta ajedrecista, con licencia federativa incluida, tuvo la idea de introducir este deporte en la ikastola, al estilo de lo que ya se hacía en otros países, especialmente los que componían la Unión Soviética, dominadora hasta entonces de los Campeonatos del Mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial, con el único paréntesis, de tres años (1972-1975), del chiflado genio estadounidense Bobby Fisher.
En busca de ayuda para sacar adelante su proyecto, José Luis Gorostidi se dirigió a la Federación Navarra de Ajedrez, y allí tuvo la fortuna de encontrar a Álvaro Ablanedo, que daba clases de ajedrez y que aceptó la curiosa oferta de Gorostidi: “Si aprendes euskera en un año, el puesto es tuyo”.
Durante tres años, el ajedrez fue actividad extraescolar en la ikastola y, al irse comprobando el buen resultado, el ajedrez entró en el horario lectivo, en el programa de talleres, junto a otras actividades como la danza, el teatro o las manualidades.
La clave de la consolidación del ajedrez en Paz de Ziganda estuvo, sin duda, en el planteamiento educativo que desde el primer momento aplicó Ablanedo, mucho menos preocupado por el nivel de juego de sus alumnos que por inocularles el placer de jugar.
“A niños de 7 a 12 años hay que ofrecerles la parte lúdica del ajedrez, partiendo de los aspectos más básicos”, explica Ablanedo. “Enseñarles a mover las piezas, ponerles problemas sencillos que les hagan pensar, intentar que les guste jugar. Su reacción es como con las asignaturas: a algunos no les gusta, pero la mayoría acepta el ajedrez porque es un juego. Y a esas edades también es importante que no pierdan siempre, porque es malo para su autoestima y porque les puede hacer aborrecer el ajedrez”.
Después de 24 años ejerciendo esta labor, Ablanedo, que ya se ha jubilado, ve claras las ventajas de que el ajedrez sea lectivo: “Les sirve para muchas cosas. Para empezar, les obliga a estar sentados y centrados en algo, lo cual no es fácil a esas edades, y, a partir de ahí... El ajedrez mejora la concentración, que en los niños suele ser dispersa. Les obliga a pensar con lógica. A tomar decisiones, y a comprobar que esas decisiones tienen consecuencias en el juego...”.
Los buenos resultados de la implantación del ajedrez en Paz de Ziganda provocó que a Ablanedo le llamaran a menudo de los colegios que estudiaban llevarlo al horario lectivo. “Sí. Hasta de las Canarias nos llamaron, interesados en ver cómo lo habíamos planteado. Y a todos les digo lo mismo: no hay que pensar en la competición, sino en la ayuda pedagógica. No hace falta que los monitores tengan mucho nivel, pero es fundamental que sepan tratar a los niños”.