Amaya Iriarte: "Vivo con un miedo a lo desconocido que ya no se me va”
Amaya Iriarte se contagió del virus que azotó la residencia de Artajona y le dejó secuelas que persisten hoy en día
La residencia Virgen de Jerusalén, ubicada en Artajona, fue uno de los espacios sociosanitarios más afectados durante la pandemia en Navarra. “Cuando empezamos a tener residentes con algo de fiebre todavía no sabíamos qué estaba pasando. Desde Salud, nos explicaban, pero no alcanzábamos a entender porque tampoco se conocía la gravedad del asunto”, reconoce Amaya Iriarte, trabajadora del centro de 60 años que en 2020 recibió la Medalla de Oro de la Comunidad Foral en homenaje a los servicios realizados por todas sus compañeras durante esta epidemia mundial. De pronto, el 12 de marzo dieron el aviso de que una de las residentes –Mari Cruz Aramendía– había dado positivo en covid. Amaya atendió esa llamada, le comentaron cuál era la sintomatología y comprobó que ella presentaba los mismos indicios. “Me encontraba muy mal, pero pensaba que era cansancio. En ese momento nos entró a todas el pánico general porque había varias compañeras y residentes que no nos encontrábamos bien. Yo dejé de trabajar inmediatamente. Según llegué a casa, me tomé la temperatura y tenía 39ºC de fiebre”, relata. Amaya tuvo que sufrir el martirio de lo que ocurría en su trabajo con la impotencia de no poder hacer nada para solucionarlo y con una enfermedad que le marcó para siempre.
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Todavía no comprende los motivos que propiciaron aquella catástrofe en el centro. “La residencia no tiene horario de visitas porque es un pueblo y nos conocemos entre todos. Es como una casa. Creemos que lo pudo llevar alguien de manera inconsciente, cuando todavía no había restricciones. Pero mis compañeras lucharon como jabatas en este tiempo”.
"Una guerra nuclear"
Amaya recuerda la pandemia como una “guerra nuclear. Todos los días había noticias de un nuevo caso, de un nuevo ingreso, de un nuevo fallecido... Yo todo esto lo sufría desde mi casa, mientras padecía las secuelas del virus”, expresa. Valora la pandemia como un antes y un después en su vida. Por un lado, sus primeros 55 años, en los que se encontraba bien, y los cinco de después, en los que “intentas hacer todo lo que puedes, pero cuesta mucho más. Estoy harta del dolor y me da pena porque no puedo hacer mi vida. No puedo trabajar, no duermo bien. Estamos marcados para siempre”, se lamenta.
Durante estos cinco años, Amaya ha oscilado entre el trabajo y la baja por las patologías que le ha dejado la covid. Y la pandemia también dejó sus heridas de guerra en la residencia de Artajona, en donde, desde entonces, cumplen con todos los protocolos de higiene y limpieza a la perfección. “Teníamos que encontrar la manera de que la pandemia no volviera a ocurrir. Las actuaciones son más rápidas porque tenemos mucho miedo de que la historia se repita. Ahora valoramos mucho más las pequeñas cosas, la libertad”. Pero Amaya convive con la angustia de que volverá a llegar algo desconocido.
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