El pan forma parte de la cultura gastronómica y está muy presente en el día a día, pero desde el punto de vista nutricional no es un alimento imprescindible. Así lo explica el farmacéutico y nutricionista Javier Fernández Ligero (@nutriligero), quien recuerda que el pan no aporta ningún nutriente esencial que no pueda obtenerse a través de otros alimentos. Se trata fundamentalmente de una fuente de hidratos de carbono que puede sustituirse sin problema por verduras, frutas, tubérculos o legumbres, dependiendo del contexto y del estilo de vida de cada persona.
La cantidad depende del metabolismo y la actividad
Cuando se decide incluir pan en la alimentación, la clave no está tanto en la cantidad exacta como en el tipo de pan elegido y en el momento del día en el que se consume. Fernández Ligero insiste en que el pan suele consumirse en situaciones de baja actividad física, como desayunos sedentarios o comidas largas, lo que favorece picos de glucosa mal gestionados. Si se repiten de forma habitual, pueden generar un entorno inflamatorio de bajo grado que se traduce en hinchazón, digestiones pesadas y mayor facilidad para ganar peso.
Elegir harinas más complejas para reducir la inflamación
En los casos en los que se opta por consumir pan, el nutricionista recomienda priorizar aquellos elaborados con harinas más complejas, como el centeno, la espelta o el trigo sarraceno, ya que generan una respuesta glucémica más estable. También pueden ser una alternativa los panes sin gluten, especialmente en personas con digestiones sensibles o tendencia a la inflamación intestinal. Este tipo de opciones ayudan a reducir el impacto metabólico del pan y a evitar picos glucémicos excesivos.
Menos pan y mejor gestionado
El nutricionista subraya que, en general, el consumo de pan debería ser moderado y ajustado al estilo de vida de cada persona. Reducir su presencia diaria y aprender a integrarlo de forma estratégica, preferiblemente asociado a actividad física o en momentos de mayor demanda energética, permite disfrutarlo sin que se convierta en un factor que altere la glucosa o aumente la inflamación. La clave, una vez más, no está en eliminar alimentos de forma radical, sino en entender cómo y cuándo consumirlos para proteger la salud metabólica.