El 31 de diciembre de 2025 es un embudo donde confluyen 10.000km de proyecto, cuatro meses en África de caminos de tierra, calores, gente sin agua, fronteras, casas de adobe y paja, niños hambrientos, proyectos a desarrollar cada etapa, humedad, escuelas rotas y por si fuera poco, un camión nos atropella y nos destroza las bicis a falta de 10km para llegar al hospital. En un día tratamos de digerir todo eso y el cansancio llega de golpe, a las 21:00 de la noche el cuerpo dice basta, se relaja y caemos rendidos. Estamos en Dschnag, hemos llegado al proyecto.En ese empacho de emociones y experiencias no caben festejos, ni siquiera las uvas de fin de año.
Despertamos el 1 de enero de 2026, temprano, a las 6:30 de la mañana. Nuestros horarios serán los de las monjas con las que haremos el proyecto. Al salir de casa cuatro niños juegan montados en una moto con las ruedas pinchadas a bajar la cuesta, ríen, nos saludan, se caen, ríen más, todo sigue igual y estamos vivos para contarlo. Empezamos de cero, nos olvidamos de las bicis rotas, ya gestionaremos su arreglo en el siguiente destino.Ahora toca algo realmente importante, dignificar la salud, la educación, el acceso a luz y agua, poner el foco de nuestras miradas donde realmente se necesita.
Por delante tenemos diez días para llevar a cabo nuestro proyecto estrella, el más completo hasta la fecha: dos pozos de agua, placas solares, incubadoras para neonatos, talleres y voluntariado. En la congregación las hermanas no descansan, no entienden de días festivos, es como un hormiguero. Nuestro referente es una monja española, María Pilar, camino de los 90 años y con una energía y cabeza privilegiadas. Somos el bote salvavidas que habla el mismo idioma y al que nos abrazamos porque nos da la vida. Todas las hermanas nos miman, pero Angela, la superiora, de sonrisa sempiterna, nos adopta bajo su paraguas. Me siento con ella y planificamos cada día al detalle.
El 3 de enero llega aire fresco, los benjamines de la ong, Lide y Andoni, para colaborar con el proyecto. Los montamos al todoterreno y bajamos por caminos de tierra pulverulenta hasta el orfanato. El polvo rojo tiñe las casas, las plantas, la ropa, todo, nada escapa a una nube que se mueve con los cientos de motos que suben y bajan sin parar, cargadas de tres, cuatro, cinco y hasta seis personas. Primera parada el orfanato Mia Mo´o. Un cartel oxidado anuncia el lugar, un recinto pequeño de muros pintados con personajes de dibujos animados. Nos esperan sentados en sillas y al pasar el umbral de la verga metálica, comienzan a cantar una canción de agradecimiento. Marie, la directora nos enseña orgullosa su centro y el nuevo pozo.Han venido Guy y Amadou, los constructores, y nos explican todo lo que han hecho para que ahora el agua salga transparente por un grifo que hay en la pared. Los niños lo abren, beben sin miedo. Para la foto el agua corre, el sonido del agua perdiéndose dueley nos damos prisa, hay que cerrarlo. En el orfanato hay cuatro literas para treinta y cinco niños y niñas. Si hacer la foto con ellos de pie en sus cuartos es difícil, no quiero imaginar dormir cuatro o cinco por cama. No ves malas caras, están felices y al terminar la visita nos dedican varios bailes que han preparado. La música es contagiosa y terminamos bailando con ellos, pero con mucho menos ritmo.
Siguiente parada el pozo deBanki. Nos separan catorce kilómetros, pero casi una hora de viaje. El camino está roto y en época de lluvias es casi impensable llegar. Después de muchos cruces, casas de jefes, secaderos de café, llegamos a una explanada que pertenece a las hermanas desde la que vemos siluetas de montañas que se pierden en el horizonte. Hay un pozo, pero no hay personas. Es época de recolección y aunque se les ha avisado, prima el sustento. Un hombre baja con su madre nonagenaria por los senderos, nos saluda y disculpa a sus paisanos. Entendemos la situación y nos citamos para dentro de una semana. En África no hay nada seguro y regresamos con nuestros cuellos bamboleando al son de los baches hasta Dschang.
La congregación vive delante del hospital y pegada a la escuela que gestionan. En una sala para formaciones cada lunes, el personal canta, reza y se anima para afrontar la semana de la mejor manera. Nos presentan y como si fuéramos cromos nos escogen para sus servicios. Sheila va a prenatal, Andoni a curas y Lide al centro de rehabilitación. El Hospital es sencillo, pero cuenta con todos los servicios. Llevar adelante cada día es costosísimo y el Gobierno no ayuda. En los pasillos hay personas sentadas, ves el peso de la vida en sus miradas. Delphine, la directora me presenta a los jefes y me da acceso para grabar todo, una puerta abierta a la realidad sanitaria.
A la tarde en la sala multiusos montamos y enseñamos el manejo de las incubadoras. Sandrine, la jefa está feliz, tienen unos 1.000 nacimientos al año y serán muy útiles. Esa misma noche estrenan una y al día siguiente el niño recibe fototerapia con su madre observándolo tranquila. Dos pisos más arriba el doctor Lamere me da paso al quirófano, va a practicar una cesárea a una niña de catorce años, probablemente por violación. La niña tiembla sobre la camilla, los nervios, el aire acondicionado, el anestesista en prácticas que no atina con la epidural, la vida que va a traer y la suya que va a cambiar radicalmente. Llora, la enfermera le limpia los mocos y tengo ganas de abrazarla, pero no puedo, todo está estéril. Conforme la operan, su mirada se pierde en el techo, sus lágrimas en la camilla. La niña nace sana, la enfermera se la enseña, pero rápidamente la llevan a maternidad, la pesan, la miden, la visten y la dejan en una cuna llorando, una vida más.
Oftalmología se hace eco del vídeo que he hecho en el quirófano, quiere el suyo y me abren la puerta a una cirugía ocular de un niño de doce años. Mientras tanto Sheila acompaña a Margerite, la matrona que canta canciones sobre la lactancia y da consejos bailando a cientos de madres en la sala multiusos. Andoni asiste circuncisiones a niños de semanas de vida, curas a quemaduras, accesos, heridas y todo sin anestesia. El enfermero le dice al niño “si sigues llorando, te aprieto más fuerte”, el niño para de llorar, su padre no. Nacen sufriendo y son fuertes por obligación. Dos calles más abajo Lide atiende a niños con necesidades especiales. En este contexto son afortunados, tienen un lugar donde alguien los vigila, donde nadie los rechaza. La pena es que con unos pocos cuidados y ejercicios podrían salir adelante, pero no será así, y su futuro se complica por falta de recursos y profesionales.
Son las 14:30 de la tarde, niños y niñas de varias escuelas bajan caminando por los caminos de polvo, cruzan la puerta del centro de la esperanza. Ahí hay una cantina donde todos los días comen decenas de niños sin recursos. Hoy, tres de los niños que tienen plaza han traído a Gloria, su hermana pequeña, sus padres no están en casa y no pueden dejarla sola. Tiene hambre, pero no tiene plaza. María Pilar nunca les deja sin comida, pero les riñe para que no se acostumbren a traer a más personas. “Si falla alguien, te saco plato”, Gloria llora, pero acepta, espera sentada y por suerte un niño falla y engulle el arroz con crema de cacahuete que le saca Nadia, la cocinera.
Cuando los niños terminan de comer vienen todas las monjas, bajamos al cuarto donde están las baterías de las placas solares que les hemos instalado y nos hacemos la foto de inauguración. Con ellas darán luz al centro de rehabilitación y a las neveras de la cantina. Todos los días hay cortes y mucha comida que se puede perder. Les ahorramos la factura y sobre todo, el gasto extra de los alimentos que se pierdan. Deberíamos tener una asignatura obligatoria en la escuela: vivir un día a la semana sin luz. Manejarte de noche con una linterna por la casa, no poder cocinar porque no van los fuegos, no tener agua caliente porque la caldera no funciona, ni poder conservar alimentos, no poder cargar el móvil. Ahí seríamos conscientes de la realidad que viven casi 700 millones de personas en el mundo sin acceso a electricidad, la mayoría en el África subsahariana.
Cuando te asientas en un lugar para realizar un proyecto, el primer día que sales, ves el último muy lejano, pero entras en una especie de día de la marmota donde las horas se van por el desagüe y sin darte cuenta estás regresando al orfanato para despedirte. Los niños y niñas esta vez nos han preparado bailes tradicionales, al igual que en el Alto de Bimbi en Angola, visten sonajeros en sus tibias, faldas y palos. Un niño toca en el centro un instrumento de percusión y el resto danza alrededor mientras canta. Un regalo cultural inesperado que nos llevamos como recuerdo. Marie se despide dando las gracias, pero también pidiendo, ya que siguen teniendo muchas necesidades. Es normal que aprovechen la oportunidad cada vez que se presenta, su día a día es muy duro.
Subimos por el camino tortuoso el día y la hora acordada y de nuevo el pozo está vacío. Hoy hay funeral. El hombre de la semana anterior hace una llamada, no quiere que las personas que han construido el pozo se vayan con mal sabor de boca. Poco a poco comienzan a llegar personas, hasta 16 entre adultos y niños. “Nos habéis cambiado la vida, ya no tenemos que bajar hasta el río y sin agua no podemos vivir”, están super agradecidos y lamentan el funeral para haber llenado el lugar de beneficiarios contentos con la aportación. A día de hoy el 25% de la población no tiene acceso a servicios de agua gestionados de forma segura y se estima que en 2050 el 40% sufra estrés hídrico. Son cifras alarmantes de las que nos tenemos que hacer eco. Abrir el grifo y tener agua potable es magia y lo hemos normalizado.
Han sido diez días intensos que nos han dado una perspectiva de la salud, la educación, los problemas de acceso a agua y luz. Una orquesta de reflexiones, con mucho esfuerzo hemos conseguido que armonicen y este barrio de Dschang ha tenido la suerte de que la sinfonía hoy suena positivamente, pero otros muchos millones de personas no corren la misma suerte y ahí es donde todos debemos aplicarnos. Rumbos tiene ese objetivo, recaudar 100.000€ para llevar un poco de esperanza y sobre todo mostrar una instantánea del mundo para que no nos olvidemos.