Seddam Dilmi, inmigrante argelino en Navarra: “Pude ver en sus ojos que me tenían miedo”
Seddam Dilmi, un argelino de 35 años; y Nezhea Chedad, una saharaui de 36, relatan sus experiencias como migrantes y la forma en la que el racismo condiciona su día a día, a través de una iniciativa de la fundación Koine Aequalitas
Emigrar a otro país supone dejar atrás a la familia, los amigos, las costumbres y, en general, la vida tal y como se conocía. Pero cuando se abandona un hogar, no solo se pierde lo que habitaba en él, sino que surgen nuevos problemas a los que, hasta el momento, no había sido necesario enfrentarse. El idioma, la cultura, los prejuicios y el racismo se convierten en lastres que los migrantes cargan a sus espaldas, junto al peso de tener que construir una nueva vida sin documentación, dinero ni contactos. En la actualidad, el 40% de las víctimas de discursos de odio son, precisamente, personas migrantes y, por el momento, la cifra no muestra indicios de disminuir.
Nezhea Chedad y Seddam Dilmi han conocido de cerca todas las caras de la moneda de la migración: desde la crueldad, el estigma y la xenofobia, hasta la acogida, la empatía y las oportunidades. Seddam llegó a España hace tan solo dos años y medio. Abandonó Argelia en busca de una vida mejor, oportunidades y estabilidad, a sabiendas de que su elección significaría empezar de cero. “No fue una decisión fácil”, admite. Durante los primeros meses, cuenta, “viví en la calle y, como todos, luchaba cada día por buscarme la comida”. A sus 35 años, Seddam celebra que su situación es ahora “mucho más estable”.
Trabaja como hostelero en el bar Amatxo, en el número 20 de la calle Calderería, pero continúa formándose en gastronomía y repostería porque su sueño es llegar a emprender su propio restaurante de comida tradicional argelina. No obstante, en los dos años y medio que lleva viviendo lejos de su país, ha tenido tiempo de sobra para sufrir en su propia piel la crueldad del racismo. “Un día, cuando estaba esperando al ascensor del Casco Viejo, unos señores no quisieron montarse conmigo. Pude ver en sus ojos que me tenían miedo”, relata con frustración. “También he visto a chicas agarrarse el bolso cuando paso cerca”, añade. Sin embargo, la barrera lingüística ha superado cualquier otra dificultad que Seddam haya tenido que afrontar. De hecho, comenta, “recomiendo a cualquier migrante que, antes de marchar, se asegure de conocer el idioma. Si no, te sientes muy perdido y vulnerable”.
Del Sáhara occidental a Navarra
Nezhea Chedad tuvo menos dificultades que Seddam para desenvolverse con el castellano porque ella procede del Sáhara Occidental, así que esta es su segunda lengua. Pasó varios veranos en Valencia cuando era pequeña, gracias al programa Vacaciones en Paz, y en 2007, cuando tenía unos 17 años –ahora tiene 36–, se trasladó allí de forma definitiva junto a su madre. “Como cualquier otro refugiado, mi sueño era salir de allí y tener un país, pertenecer a alguna parte”, expone, y además, “necesitaba tratamiento para una grave anemia que sufría”.
Su madre se puso a trabajar como interna para poder garantizarle a Nezhea una educación y la regularización de sus papeles. Estudió en un colegio de monjas “en el que aprendí mucho y con el que estoy muy agradecida”, trabajó en una asociación y después, hace alrededor de diez años, vino a Navarra para formarse como Auxiliar de Enfermería. Ejerció su profesión tanto en la Residencia Beloso Alto como a domicilio, y trabajó en otros tantos oficios. A pesar de la inmensa gratitud que siente hacia los navarros –“que me han acogido muy bien”– Nezhea también ha sido víctima de actitudes racistas.
Cuando estaba buscando piso, cuenta, “hablé por teléfono con una casera de Huarte y, en principio, no había ningún problema”. Sin embargo, en el momento de verse en persona, la arrendadora “se echó para atrás”. “Me dijo que por teléfono parecía española, pero que ya no quería alquilarme la casa”, recuerda con indignación. Del mismo modo, en algunos viajes en villavesa, Nezhea nota cómo la observan con incomodidad. Hace un tiempo, relata, “tres señoras estaban en el autobús criticando mi aspecto y mi forma de vestir”. Cuando llegó a su parada, Nezhea les interrumpió: “Bueno, que paséis un buen día”. Tal y como cuenta, se trata de una reflexión interesante porque “aunque alguien tenga una apariencia distinta, es muy probable que esté entendiendo a la perfección lo que hablas sobre ella”.
Los discursos de odio, en auge
Las historias de Seddam y Nezhea están recogidas, junto a las de otras personas migrantes, en el proyecto Voces que cuentan, que la Fundación Koine Aequalitas presentó a lo largo de la mañana del jueves en el Salón Pinaquy. Durante el acto, Carmen Remón, directora del Servicio Ayllu de Convivencia Intercultural y Lucha contra el Racismo y la Xenofobia, mencionó que los discursos de odio, lejos de disminuir, están aumentando “en parte, por culpa de las redes sociales”. Según explicó, “la delincuencia, las prestaciones económicas y los favores administrativos están fuertemente asociados a la población inmigrante”, lo que perpetúa la discriminación racial.
En este sentido, "tenemos que saber diferenciar entre la libertad de expresión y los discursos de odio”, apuntó Raquel Fuentes, que trabaja en la Dirección General de Gestión Migratoria, quien además, insistió en ”buscar soluciones administrativas", ya que la convivencia intercultural “es una realidad que ha venido para quedarse”, según expuso Miguel Aguirre, alcalde de Fitero. Finalmente, insistió Fuentes, “no hay que escuchar tanto lo que nos cuentan, sino ver lo que pasa, y lo que pasa es que hay más jóvenes migrantes que nacionales trabajando ahora mismo”. Como dice Seddam, la gente debe tener en cuenta que “no todos somos iguales y que gente mala hay en todas partes y de todas las nacionalidades”.
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