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Pensiones "injustas" en Navarra por unos trabajos que no cotizaron

Mujeres jubiladas del centro Convive Santesteban de Fundación Caja Navarra denuncian que no se valoraban las labores del hogar

Pensiones "injustas" en Navarra por unos trabajos que no cotizaronJavier Bergasa

En el confín de las vidas que construyeron hogares, criaron hijas e hijos y sostuvieron silencios y trabajos invisibles, se esconden hoy las cifras más duras de nuestro sistema de pensiones. En Navarra, una comunidad con un tejido social orgulloso de su cohesión, las pensiones siguen siendo un espejo desigual: según los últimos datos, las mujeres perciben, de media, un 35% menos que los varones. Esto se debe a que el sistema de pensiones se rige por un principio simple y férreo, del que muchas mujeres no tuvieron conocimiento en aquel entonces: cuanto mayor fue la cotización durante la vida laboral, mayor es la prestación.

Pero hay muchas personas que no quedaron recogidas en ese sistema y, ahora, las desigualdades afectan; en especial, a quienes quedaron atrapados –y sin conocimiento– en trabajos precarios, interrumpidos o sin cotización –cuidando familiares, soportando periodos sin un mercado laboral formal o encadenando contratos a tiempo parcial–, y ahora ven sus ingresos caer por debajo de la línea de la dignidad económica. Y con el problema de tener que hacer frente a las necesidades de la vejez: “Recibimos pensiones bajas, pero necesitamos de herramientas, como los andadores, sillas, audífonos...”, resume Jeru, una mujer jubilada de laTxantreaque, todos las semanas, mantiene un diálogo con otras compañeras del Centro Convive sobre diferentes temáticas para, después, publicar en el muro de Facebook.

Como ella, sus compañeras –Trini, Begoña, Mª Luisa, Celina, Mª Jesús, Charo, Feli y Vicki– sostuvieron que muchas personas mayores –sobre todo mujeres– “no pueden vivir” con esta circunstancia, aunque sí que valoran el sistema público de pensiones que funciona en el Estado. “En otros países esto no existe y en España lleva años funcionando. Que tiene sus cosas, pero no todo es malo”, apunta Mª Luisa.

Sin embargo, así como son capaces de reconocer estos aspectos “positivos”, también son más que conscientes de los fallos del sistema: “Hay personas que no llegan a cobrar lo mínimo en las pensiones no contributivas porque, a pesar de haber trabajado como esclavos, no cotizaron”, indica. En ese sentido, Begoña añade que no sabe “cómo hay gente que puede vivir con 600 o 700 euros con lo caro que está todo”. Pero todavía es peor, para Feli y Celina, las variaciones en las pensiones de viudedad porque –más allá de soportar el duelo– “te quitan el 50% de la economía que tenías con tu marido, pero los gastos siguen siendo los mismos y estás un poco más ahogada”.

Celina, Mª Jesús, Charo y Feli, durante la conversación.

No acceder al mercado laboral

De esta forma, parece que es algo que “castiga”, sobre todo, a las viudas que dedicaron su vida al cuidado del hogar y de la familia; es decir, mujeres que trabajaron “y lo hicieron de manera extraordinaria, pero no accedieron al mercado laboral” y ahora no pueden subsanar todo lo que no les contaron cuando estaban en edad de trabajar. “Que no formaran parte de ese mercado laboral no quiere decir que no trabajaran, porque lo han hecho siempre y mucho. Ahora, se ha impuesto la cotización obligatoria de las trabajadoras y parece que va a mejor, pero hay muchas mujeres que se han quedado viudas que están castigadas porque se les quita el 50% que corresponde con la pensión del marido. Si el marido se queda viudo, no pasa nada porque él ya ha cotizado. Es injusto que la sociedad no haya sabido valorar ese gran trabajo”, denuncia Mª Luisa.

Estructuras y desinformación

Así, surge la pregunta de si es un problema de las pensiones o de una estructura –machista– que no permitió que las mujeres tuvieran acceso a ser “reconocidas como amas de casa”. Y todo ello porque, como dice Celina, “antes no exigíamos que nos cotizaran”. Pero para hacerlo –tal y como apunta Vicki–, “primero había que saberlo”. En ese sentido, y más allá de un sistema con “fallos”, se revela otra perspectiva que tiene que ver con las tendencias de la sociedad de entonces, en la que no se les permitía decidir sobre sus propias vidas. “No podíamos hacer nada, todo lo tenían que decidir los maridos”, recuerda Mª Jesús.

Y, por esa misma razón, también se vieron silenciadas y desinformadas. Aunque esta última circunstancia parece que todavía sigue vigente: hay ayudas, pero o no se comunican o suponen muchos trámites burocráticos. “Si no es por las familias o por los centros de apoyo –como el centro Santesteban que gestiona Fundación Pauma–, las personas mayores se pueden morir del asco porque no saben a dónde acudir”, dice Feli.

Y entre silencios por parte de las administraciones, una desinformación institucional que persiste y un sistema del que no se quiso que formaran parte, ellas plantean una posible solución para aquellas mujeres con pensiones “injustas” porque no cotizaron durante su vida laboral: “Si una mujer no cotizó y su marido muere, se debe mantener la cotización de él para que ella pueda mantener el mismo nivel de vida que antes y, de esta manera, no dejar a nadie en una situación de indefensión económica”, sentencia Mª Luisa.

Porque después de tantos años de trabajo –quizá el más importante– no puede haber una generación de mujeres que se encuentren ante una situación de vulnerabilidad económica en la vejez –un vacío– porque nadie les contó –o nadie quiso hacerlo– cómo iba a funcionar la estructura social y económica de un país, por cierto, sostenido por su trabajo.