Síguenos en redes sociales:

¿Qué ha supuesto la infrarrepresentación de las mujeres en los ensayos clínicos?

El sesgo por sexo en la investigación biomédica ha dejado un hueco insalvable que debe ir poco a poco rellenándose

¿Qué ha supuesto la infrarrepresentación de las mujeres en los ensayos clínicos?Freepik

En una década en la que se celebra el día de la mujer y la niña en la ciencia, en que cada vez hay más mujeres ocupando puestos de responsabilidad en grandes corporaciones y en que se savanza en corresponsabilidad, la evidencia indica que aún queda mucho trabajo por hacer en investigación científica. Y es que, si bien la investigación biomédica moderna se fundamenta en principios de objetividad, universalidad y rigor metodológico, durante décadas el sesgo por sexo fue tal que durante gran parte del siglo XX, el modelo biológico sobre el que se construyó la evidencia clínica fue predominantemente el del sexo masculino. 

Maider López De Jesús, profesora de farmacología de la Universidad del País Vasco, nos invita en un viaje en el tiempo para tratar de entender todo lo que ha ocurrido en los últimos años en materia de ensayos clínicos e investigación biomédica. El primer destino de nuestro viaje es la década de 1950, cuando se produjo la que se conoce como crisis de la talidomida. A finales de los cincuenta y principios de los sesenta, este fármaco se prescribió a mujeres embarazadas “sin que se hubieran realizado estudios adecuados de efectos teratógenos en modelos animales, lo que dio lugar a miles de malformaciones congénitas en distintos países”, rememora. A raíz de este trágico suceso, las agencias reguladoras reforzaron las exigencias de seguridad en el desarrollo farmacológico y, en este contexto, “la Food and Drug Administration (FDA) emitió en 1977 una guía que recomendaba excluir de las fases tempranas de ensayos clínicos a mujeres en edad fértil que no utilizaran métodos anticonceptivos eficaces. El objetivo declarado era minimizar el riesgo de exposición fetal a fármacos experimentales”, explica.

Lo que no se preveía era que, al restringirse sistemáticamente la inclusión de mujeres en estudios clínicos iniciales, “la evidencia generada durante décadas se basó predominantemente en sujetos de sexo masculino. Además, esta exclusión se vio reforzada por una justificación metodológica: la homogeneización de muestras se considera deseable para reducir variabilidad, y el ciclo hormonal femenino era percibido como un factor ‘confusor”.

El resultado de estas medidas fue, en definitiva, que la simplificación metodológica se convirtió en un patrón estructural. “En la década de 1990, comenzaron a publicarse estudios que demostraban la infrarrepresentación del sexo femenino en ensayos clínicos”, añade. 

Infartos

Esto ha llevado a que, en el caso de los infartos sin ir más lejos, que se usa como uno de los ejemplos más habituales, las mujeres tarden hasta 16 minutos más en saber que están sufriendo un paro cardiaco. Y es que siempre se han asociado los síntomas en los hombres (dolor en el pecho, sensación de asfixia, dolor en el brazo...) también a las mujeres. Sin embargo, estos son más complejos. Se presentan las náuseas, el mareo, dolor en la espalda, el cuello, la mandíbula o el estómago, sudor frío... Síntomas a los que hay que prestar atención y que hasta hace poco para la mayor parte de las mujeres eran totalmente desconocidos. Sin embargo, y siendo las enfermedades cardiovasculares la primera causa de muerte en mujeres en todo el mundo, al haberse definido el infarto según el patrón masculino, “muchas mujeres fueron infradiagnosticadas o tratadas más tarde cuando su cuadro no encajaba con el modelo considerado típico. En 1991, la cardióloga Bernardine Healy denominó esta situación síndrome de Yentl: las mujeres recibían el mismo reconocimiento y tratamiento que los hombres solo cuando su enfermedad se parecía a la descrita en ellos”, detalla López De Jesús. 

Otros ejemplos son algunas formas de dolor crónico, como la migraña o la fibromialgia, que afectan mayoritariamente a las mujeres. Parte de esta disparidad puede explicarse por diferencias biológicas en los sistemas de modulación del dolor, la respuesta inflamatoria o la modulación de los sistemas de neurotransmisión por las hormonas sexuales, entre otros. “Durante mucho tiempo, estas diferencias se interpretaron como variaciones psicológicas más que biológicas”, afirma. Y lo mismo en el caso de las infecciones virales, en las que las mujeres suelen activar respuestas inmunes más intensas. Fundación la Caixa asegura además que solo el 7% de la inversión mundial en investigación se destina a dolencias que afectan a la salud femenina.

Menor atención

Y es que, un aspecto relevante es la prioridad investigadora asignada a las enfermedades según su distribución por sexo. “Numerosas patologías exclusivas o mayoritariamente femeninas han estado históricamente infrarrepresentadas en la investigación biomédica, lo que ha condicionado un desarrollo terapéutico específico más limitado”, señala. Una percepción con la que coinciden las autoras del número de diciembre de 2022 de Monografías Feministas creado por el Instituto de las mujeres. En un artículo detallan que “la ciencia médica nació sesgada porque nació androcéntrica”, y que “hembras y machos -hombres y mujeres- pueden diferir significativamente en la susceptibilidad a las enfermedades, en la respuesta a los tratamientos y en la eficacia de los mismos y sus efectos secundarios”. Reconocen que “la actual práctica médica investigadora y asistencial está todavía muy lejos de ser sensible al sexo, por lo que ni mucho menos es sensible al género”. Ahora, la clave pasa por, según López De Jesús, incorporar el sexo como variable biológica: “No es solo una cuestión de justicia social, es un requisito metodológico fundamental para garantizar mayor rigor científico y desarrollar terapias más eficaces”.