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Dormir mal, no comer sano y el exceso de pantallas se asocian a una peor salud mental

Adriana Goñi, psicóloga clínica de Osasunbidea, defiende que un cribado precoz de experiencias traumáticas y síntomas depresivos en adolescentes podría ayudar a prevenir suicidios

Dormir mal, no comer sano y el exceso de pantallas se asocian a una peor salud mentalOskar Montero

El congreso de AEPNYA (Asociación Española de Psicología de Niños y Adolescentes) celebrado en el Museo de la Universidad de Navarra ha acogido un simposio centrado en la relación entre los estilos de vida, los determinantes sociales y la salud mental en niños y adolescentes.

La sesión reunió a tres investigadoras que presentaron resultados procedentes de dos grandes cohortes: el proyecto SESSAMO, centrado en adolescentes, y el proyecto SENDO, enfocado en población infantil.

Las ponentes fueron Adriana Goñi Sarries, psicóloga clínica del Servicio Navarro de Salud-Osasunbidea; Almudena Sánchez Villegas, Decana de la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Pública de Navarra (UPNA) y catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública de la UPNA, y Nerea Martín, pediatra y profesora titular en la Universidad de Navarra.

Experiencias adversas y suicidio

Adriana Goñi Sarries centró su intervención en analizar cómo los determinantes sociales influyen en la aparición de autolesiones y conductas relacionadas con el suicidio en adolescentes. Su exposición partió de una idea fundamental: el suicidio constituye un importante problema de salud pública y, en la adolescencia, se ha convertido en la segunda causa de mortalidad. Asimismo, recordó que las autolesiones representan un fenómeno cada vez más frecuente en población juvenil.

Goñi presentó resultados obtenidos a partir de la cohorte SESSAMO, un estudio multicéntrico desarrollado en Navarra, Gran Canaria y Vitoria que reunió a 2.049 adolescentes de entre 14 y 16 años. El objetivo principal de su trabajo fue determinar si las experiencias adversas vividas durante la infancia y los acontecimientos vitales estresantes se asociaban con la presencia de autolesiones y con el riesgo de suicidio. Para ello se analizaron trece tipos distintos de experiencias adversas, entre ellas el abuso emocional y físico, la negligencia parental, las dificultades económicas, el acoso escolar y la convivencia con familiares que presentaban trastornos mentales.

Los resultados mostraron una prevalencia de autolesiones del 13,5% en la muestra estudiada y una prevalencia de riesgo de suicidio del 9,6%. En ambos casos se observó una clara diferencia por sexo, con cifras más elevadas entre las chicas.

Entre las experiencias adversas más frecuentes aparecieron la separación o divorcio de los progenitores, el abuso emocional, las dificultades económicas en el hogar y el acoso escolar.

El abuso emocional ejercido por padres o convivientes, haber sido víctima de acoso escolar y convivir con progenitores con trastornos mentales mostraron asociaciones muy significativas con las autolesiones. También destacó el impacto emocional de los acontecimientos vitales estresantes y si este era muy elevado, la probabilidad de presentar autolesiones se multiplicaba por siete.

Participantes en el simposio del congreso de AEPNYA en el Museo de la Universidad de Navarra.

La investigadora subrayó asimismo la existencia de una relación acumulativa. Cuantas más experiencias adversas había vivido un adolescente, mayor era la probabilidad de presentar conductas autolesivas. Más de cinco multiplicaban por siete la probabilidad de autolesionarse.

En relación con el riesgo de suicidio, los resultados siguieron un patrón muy similar. El abuso emocional por parte de los progenitores, acoso escolar, el abuso físico, la negligencia parental y las dificultades económicas en el hogar aparecieron como factores especialmente asociados a una mayor probabilidad de riesgo suicida. También aquí el impacto psicológico de los acontecimientos estresantes mostró una fuerte relación con la presencia de conductas o pensamientos vinculados al suicidio. De nuevo se observó un efecto acumulativo: con más de cinco experiencias adversas podían multiplicar por más de seis el riesgo suicida.

Uno de los aspectos más interesantes de la exposición fue el análisis del papel de la depresión como mecanismo explicativo. Los resultados mostraron que una parte importante del efecto de la adversidad sobre las conductas lesivas o suicidas parece producirse a través del desarrollo de síntomas depresivos.

Como conclusión, Goñi defendió la conveniencia de incorporar de forma rutinaria el cribado de experiencias traumáticas, acontecimientos vitales estresantes y síntomas depresivos en los entornos comunitarios. A su juicio, esta estrategia podría facilitar una identificación más precoz de adolescentes vulnerables y contribuir a la prevención de las autolesiones y del suicidio.

Nerea Martín (d), junto a Almudena Sánchez Villegas, durante su intervención en la charla.

Sueño y salud mental

La profesora Almudena Sánchez Villegas centró su análisis en la relación entre el sueño y la salud mental en adolescentes. Recordó que se recomienda dormir entre ocho y diez horas diarias, cifra que no alcanza entre el 40% y el 80% de los jóvenes debido a horarios escolares, uso de pantallas o consumo de estimulantes. Los análisis mostraron además una relación significativa entre la mala calidad del sueño, la somnolencia diurna o dormir menos horas y mayores niveles de depresión, ansiedad y estrés. Asimismo, los adolescentes con peor calidad de sueño o más somnolencia presentaban una mayor probabilidad de autolesiones y riesgo de suicidio. Otro hallazgo relevante fue que la depresión parecía mediar entre los problemas de sueño y estas conductas, algo que no ocurrió con la ansiedad ni con el estrés.

Ultraprocesados y pantallas

La tercera intervención corrió a cargo de Nerea Martín, quien presentó resultados procedentes de la cohorte SENDO. Su trabajo analizó la relación entre el consumo de alimentos ultraprocesados y el tiempo de exposición a pantallas con diferentes indicadores relacionados con la atención, la impulsividad y la hiperactividad.

Los resultados mostraron que los niños que más consumían ultraprocesados obtenían peor puntuación en la evaluación de problemas conductuales y neuropsiquiátricos. En cuanto a las pantallas, los niños expuestos durante más tiempo presentaban puntuaciones más altas en síntomas compatibles con TDAH. Con más de dos horas diarias, duplicaban la probabilidad de cumplir criterios de cribado compatibles con este trastorno.

La investigadora concluyó que estos hallazgos refuerzan la importancia de promover estilos de vida saludables desde la infancia, fomentando una alimentación basada en productos frescos y limitando la exposición a pantallas. Asimismo, defendió la necesidad de abordar estos factores desde una perspectiva integral que incluya tanto al niño como a su entorno familiar y escolar.