Alcohólicos Anónimos en Navarra: "De borracheras sabía mucho, pero de alcoholismo nada"
Alcohólicos Anónimos celebra hoy el 91º aniversario de su fundación y dos usuarios que llevan 14 y 16 años sin beber relatan su testimonio como historia de superación
"Hola, soy alcohólico y estoy aquí por esta condición", confesó P.E. –ahora de 56 años– hace 12 años, cuando pisó por primera vez una de las reuniones de Alcohólicos Anónimos. En ese instante, lo dijo con miedo, vergüenza y una desesperanza de la que, por suerte, ya no queda nada en su cuerpo. Pero también lo dijo con determinación porque dos años atrás ya había pedido ayuda y, sin embargo, él –que es tímido y se pone nervioso al hablar– no había tenido tanto valor como para expresar todas las aristas de su enfermedad. De hecho, no fue hasta que apareció por la asociación y escuchó al resto de sus compañeros cuando se dio cuenta de que "estaba enfermo por culpa del alcohol. Estaba obsesionado, estaba perdiendo la razón y mi vida se estaba descomponiendo", reconoce.
Alcohólicos Anónimos | Vivir sin beber: del abismo a la esperanza en Navarra
Al principio, entendía el alcohol como un juego porque, con 14 años, le servía para socializar con sus amigos porque, según cuenta, siempre le había costado interactuar con los demás y se sentía "apartado". Pero cuando cogía "el punto" estaba mucho más sociable. Una noche, durante un botellón, jugaron a ver quién se echaba el trago más grande y él se bebió una botella de dos litros con kalimotxo. "Me sentí aceptado, me lo pasé bien, se me fue la timidez y la gente empezó a entender que yo también formaba parte del grupo", relata. Por eso, no dudó en seguir bebiendo cada fin de semana. "Como me quitaba la vergüenza, sentía que me ayudaba más de lo que me perjudicaba", declara. Con todo, hubo un momento en que todas esas risas y toda esa verborrea se convirtieron en silencios, dolores de cabeza, discusiones y espacios en blanco. "Pasé aquella línea que separa al bebedor social del bebedor con problemas", se sincera.
Por su parte, la historia de M.A. –de 79 años, que lleva 16 sin probar alcohol– empezó a esbozarse cuando tenía también 14 años y se escapó de casa para irse "a echar unos bailes" y a beber kalimotxo. "Se me pasó la sed, pero empezó un problema", dice. Su madre, acto seguido, le prohibió salir hasta el año siguiente. Entonces, la mezcla fue de anís y pacharán. Y, de alguna manera, esa fue la dinámica que empezó a mantener –la de deseo, culpa y prohibición– con la bebida. En especial, cuando empezó a trabajar, a ostentar altos cargos y tener reuniones de trabajo con proveedores, comidas de empresa, ferias, etc. "Te vas acostumbrando poco a poco al alcohol. Pero después me negaba a beber y empecé a tener muy mal genio. Luego, en Alcohólicos Anónimos empecé a comprender que, en realidad, me estaba dominando la ira", señala. En parte, porque tenía la sensación de que era incapaz de gobernar su vida. "El alcohol se apodera de ti y haces cosas que, de otra manera, no harías. El alcohólico miente y todo son excusas, pero nosotros debemos reconocer que tenemos un problema con la bebida y que nuestra vida se ha vuelto ingobernable". De ahí que cobrara especial sentido la relación con uno mismo. "Tenemos que conocernos, ser honestos y humildes, que algo que nos cuesta bastante. En especial, porque no pensaba en nada más que en la bebida y sé que he fallado mucho a mi familia", expresa. En definitiva, cambiar la forma de ser y no probar una gota de alcohol porque "no se puede dejar de beber bebiendo".
"El alcohol daña el alma"
Saber que el alcoholismo era una enfermedad calmó el malestar general de P.E., ya que "de borracheras sabía mucho, pero de alcoholismo no tenía ni idea". Pudo hablar con otros compañeros, contar su historia y detectar que todos –aunque cada uno con su relato vital– padecían una sintomatología muy similar, como "la pérdida de la familia, de los buenos sentimientos o de la dignidad. Y, en algunos casos, los problemas con la bebida pueden llevar a una muerte prematura, ya sea por suicidios, accidentes o enfermedades mortales", apunta. Por otro lado, también le dijeron que el alcoholismo es algo incurable, pero que "se podía parar decidiendo no tomar esa primera copa". De esta forma, tal y como hacen todos los usuarios –y, al igual que M.A.– renueva todos los días su compromiso de no beber durante las 24 horas del día. Y, de pronto, ambos empezaron a sentirse mucho más "tolerantes" con el entorno. "Porque donde más duele el alcohol es en el alma. No sabes cómo sacarlo, quieres dejar de beber, pero no puedes", expresa M.A. Y es que después de varios vaivenes con la bebida pasó por una depresión con la que "me quise quitar la vida porque estaba destrozado por dentro. El alcoholismo es una locura", asegura. Hasta que reaccionó y pudo seguir adelante con la ayuda de un programa y mucha disciplina. "La bebida, más allá de los fallos en el organismo, te provoca que tengas lagunas mentales que son terribles. Llega un punto en el que no te acuerdas qué hiciste ayer, con quién reñiste o por qué estoy así", se lamenta.
Perdonarse a uno mismo
El primer paso es reconocer el problema y exteriorizarlo; el siguiente, perdonarse a uno mismo. Y quizás es lo más difícil. "A mí me cuesta mucho porque pienso en mi familia y me duele porque les he hecho mucho daño", confiesa M.A. En cambio, P.E. mira hacia atrás con mucho más optimismo. Porque logró zafarse del alcohol antes de que no pudiera ser un referente para sus hijos. "Pasé por desajustes emocionales, deseos descabellados, tenía alucinaciones y no era capaz de discernir. Sin embargo, luché mucho para dejar de pensar en beber y empezar a pensar en no beber. O de creer que no servía para nada para ahora sentir que sirvo para vivir", dice. Sobre todo, porque desde la asociación le enseñaron que haciendo, precisamente, lo que antes le daba miedo –hablar– podría ayudar a otras personas "aportando experiencia, fortaleza y esperanza y, de alguna manera, haciendo consciente a la sociedad de lo grave que es padecer un problema con el alcohol", puntualiza. "Hay compañeros que han fallecido en un cajero automático, en el coche o gente que no se han recuperado de las borracheras y han perdido la vida", añade M.A. Aunque, por otro lado, también reconocen que los de alrededor también sufren las consecuencias de la enfermedad. "No se merecen que seamos un puto desastre, sino que vivamos, disfrutemos, compartamos y enseñemos", comenta P.E. Y ahora que ya no beben, lo que queda es seguir alertando de que "el alcohol espera y, como le dejes un mínimo resquicio... regresa cada vez más fuerte. Cuando estés débil, excitado o enfadado", dice M.A. Porque, si de alguna manera, cuando relaten su historia, algo resuena en sus interlocutores y dejan el alcohol, "ya ha merecido la pena. Eso ayuda a que mantengamos viva la sobriedad".
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